A/ Al día siguiente

la abuela sacó de los vasares de cedro los tesoros que la habían acompañado y montó la mesa más vistosa que nadie, jamás, en todos los días de su vida, hubiese visto. Los altos candelabros policromos, las jarras bruñidas, la variedad zoológica de los platos y las tazas, el esplendor frutal de los platones y las soperas, el brillo de las jarras espirales, los manteles deshilados…

Al final de la noche tomó el tibor de su boda y lo dejó caer en el piso de ladrillo y no permitió que nadie recogiera los pedazos ni protestara ni sollozara ni se moviera de su lugar. Brindó en silencio y se retiró sola, sin apoyarse casi en el bastón. Murió en la madrugada.

B/ Rinde la forma

de la greda el ángel que la habita. Pero nadie en un principio lo sabe. El material es húmedo y se adhiere a la piel con ansiedad de enamorado o de moribundo. Hay que olvidarlo. Olvidar las manos. Olvidar todo proyecto, todo camino, toda intención. Dejar que brote el espíritu que yace en el lodo.

C/ Respuesta

del encargado del Despacho de Quejas de Diversos: «A quien corresponda: Se comunica a los interesados que los propietarios de diversas vasijas, tinajas, vasos, candelabros y otras piezas de barro cocido que repetidamente han desaparecido y retornado con sus legítimos dueños, no están dispuestos a entregar ninguna recompensa más a quienes las devuelvan, en virtud de la rebeldía contumaz de las dichas piezas a permanecer en sus lugares, y de la facilidad con que cuentan, dada su agilidad, fuerza y astucia, para burlar la vigilancia de que sean objeto. Asimismo, los susodichos propietarios se declaran sin responsabilidad alguna en caso de los posibles destrozos y daños que causen las mencionadas piezas fuera de los límites de sus respectivas fincas». Sigue una rúbrica indescifrable.

*Doctor honoris causa por El Colegio de Morelos. Catedrático en la UNAM. Miembro de la Academia Mexicana de la Lengua.

Felipe Garrido