A/ Devoción

¿Hacía cuánto? ¡Años!, quién sabe cuántos. Si se ponía a averiguarlo se perdía haciendo cuentas. Con lo que tenía le bastaba. No quería más. Con eso le alcanzaba para comer —muy poco, no tenía mayor necesidad; a veces un bolillo alcanzaba para dos días—, para tomar el metro, para pagarse un baño casi cada semana —siempre había sido más bien catrín. Tenía su lugar frente a Catedral y pasaba las cuotas que tenía que pasar sin bronquearse con nadie, sin protestas, así era la cosa; él lo entendía. No le iba mal. En lo que gastaba era en veladoras. Una hoguera parecía el cuarto.

Encendidas toda la noche. Solamente una vez se había quedado a oscuras. Y entonces clarito las oyó cómo lo llamaban, cómo le pedían, cómo se acercaban, cómo se quejaban entre las llamas.

B/ Día de muertos

Así es la tradición —dijo el hombre y se alzó de hombros, frente al altar, en aquella última casa de San Gabriel.

Marita y yo habíamos caminado de una casa a otra, entre grupos de turistas, viendo las ofrendas, escuchando las explicaciones, hasta llegar a aquella callecita donde nos besamos. Y entonces las vimos, las huellas de luz.

—Los difuntos regresan esta noche a sus casas —dijo el hombre mientras cambiaba de lugar una botella, mientras tomaba la guitarra para acercarla a la fotografía que estaba en el centro del altar, entre la loza vidriada y las canastas de pan.

Era un cuarto pequeño, iluminado por las velas del monumento y por un foco pelón que colgaba en medio. Una mujer nos invitó a pasar, con un gesto, sin suspender sus oraciones. Otras personas, sentadas en una hilera de sillas contra el muro del fondo nos sonrieron y se arrodillaron para responder la letanía.

—A buscar su gusto, a recibir las ofrendas —dijo el hombre y luego se volvió hacia nosotros y nos señaló unas sillas. Pero no estábamos cansados. Yo abrí un limón real. Marita, siempre más atrevida, pulsó la guitarra.

—En ésa no salimos tan bien; parecemos dos ratitas mojadas —me dijo en voz baja, para no ofender a nadie, señalando con la barbilla hacia el centro del altar.

*Doctor honoris causa por El Colegio de Morelos. Catedrático en la UNAM. Miembro de la Academia Mexicana de la Lengua.

Felipe Garrido