

Laboratorio Contra/Narrativas (CIIHu-UAEM)
Ironía
Valeria Martínez Taboada
Es un doce de junio, y recibo una triste noticia. La mañana es fresca y nublada; decidí no ir al trabajo, hacer trámites para certificarme y desayunar por fin en casa. Pero hoy el tío B murió. Tenía poco más de 50 años, igual que H, mi otro tío, que falleció hace poco más de un año, y también que mi papá, quien murió hace ocho. Tres hombres de la familia, todos en sus cincuenta, muriendo en menos de diez años. Vivían solos, ni pareja ni hijos, salvo mi papá, obviamente, pero él llevaba bastante tiempo distanciado de sus cuatro hijos, dos de su primer matrimonio y dos del segundo. Pienso que había algo en común entre ellos: estaban, y se sentían solos. Pienso sobre la crisis de soledad masculina en la actualidad, en las cuotas de opresión y las de privilegio, en los dobles discursos que no vemos, pero que están ahí y operan a partir de lo que socialmente se espera que una persona haga según su género. Esto sucede en un contexto más urbano y amplio, aunque muchas de las veces también precario. Al tío H. no lo conocí más que en reuniones familiares. Por otro lado, tuve la (des)dicha de conocer las perspectivas de mi papá y el tío B. Ambos sufrieron abusos sistémicos por parte de sus padres ausentes, su núcleo familiar y el resto de la sociedad, como la gran mayoría de la población mexicana; creían que un vínculo significativo con una mujer les iba a cambiar o salvar sus vidas. Al tío B. dicen que nadie le conoció ni una novia: lo veían salir con servidoras sexuales, razón por la cual no quise tener mucho trato con él, aunque no nos tratábamos mal. Sin embargo, a mi parecer ninguno formó vínculos significativos ni horizontales con las mujeres que estaban a su alrededor. El tío B. trabajaba en Uber y lo que ganaba iba para pagar la casa de su madre y el mismo carro en el que trabajaba. Contaba que empezaba temprano sin desayunar y hasta en la noche que regresaba comía. Lo operaron a corazón abierto ayer en la mañana y esta madrugada no pudo soportarlo más y dejó de latir. Vivía estresado y deprimido, se veía cansado, le diagnosticaron una grave anemia y deshidratación. Le pasó lo mismo que a mi papá, sólo que este último era alcohólico: sus hijos ya habían crecido y su soledad se fue agrandando, lo que empeoró su situación anímica y de salud. Estos casos no son individuales ni coincidencias. Son un síntoma del sistema en el que estamos inmersxs y somos víctimas, porque nuestra cultura está llena de violencias en la que contribuimos muchas veces en contra de nuestra voluntad. Es triste ver cómo nunca dejaron de aferrarse al rol de la masculinidad hegemónica, ver que no supieron conectar con ellos mismos ni con sus emociones y entender que la misma los consumió y los llevó a formar parte de una cifra.

Fotografía cortesía de la autora.

