“Las ciegas” es un cuento que le habría gustado a Roberto Bolaño. Esbozaré algunas razones. La primera: la literatura ofrece el juego de los libros que vuelven a escribirse en otros, anécdotas rotundas como remakes sin serlo, pero cuyo homenaje glosa la maravilla que hay en la belleza denunciatoria. Prodigio nunca a secas, sino ardiendo, puesLas ciegas”, de Santiago Vizcaíno, es un diálogo perturbador con Sobre héroes y tumbas de Ernesto Sábato, una obra que Bolaño reverenció. Hay sesenta y cuatro años de distancia entre esa novela toral del albiceleste y el cuento del ecuatoriano, pero la tradición que se versiona sigue intacta en la narrativa con peso, la que aún posee glóbulos rojos, en América Latina.

De personajes con ceguera podemos decir que Edipo se la busca porque el destino para los griegos es más grande que los hombres, porque hasta perder la vista se comienza a ver realmente como le ocurrió a Tiresias. Por otro lado, un Lazarillo de Tormes no tendría razón de ser sin alguien ciego. No olvidemos la epidemia de mar de leche en los ojos de Ensayo sobre la ceguera de Saramago y la obsesión con esta capacidad distinta de Sábato otra vez en El túnel, así como en Informe de los ciegos donde aparece una secta invidente dispuesta a tomar el mundo.

Las personajas (con “a· porque la merecen, líneas abajo se escribe el porqué) de Vizcaíno tampoco pueden ver, pero eso no les impide desear destruir la memoria de una ficción llamada país. Lésbicas, libres, militantes, combatientes, Marielys, Alexia, La Merca, Gloria y la voz que narra urden un plan para quemar el Archivo Nacional de Ecuador en medio de protestas prepandémicas, de la digna aparición indígena en las calles. Por ende, nadie sospecharía de unas “cieguitas” haciendo de las suyas.

Como suele ocurrir con la buena literatura, no hace falta explicar el móvil, la dinámica de ese grupo de amigas que practican sexo grupal, consumen mariguana y cocaína, de hecho, una de ellas es su leader; lo dice todo con una trama inteligente cuya tensión embriaga y crispa los nervios. Eso le habría fascinado a Bolaño, no lo digo por decir, sino como segunda razón, ya que el autor de Los detectives salvajes disfrutaba, vaya que sí, con elencos de personajes poco comunes como Rubén Darío los soñó en su libro Los raros convertido ahora en semilla de lo que iba a florecer en La literatura nazi en América y cae transformado en fruto en “Las ciegas”. He ahí otro rasgo de tradición o hilos que se trenzan para contar historias proponiendo una estética de notas altas desde otra manera de ver.

Eso ocurre en este cuento que bien podría usarse para ilustrar lo que Julio Cortázar llamó intensidad y tensión, dos aspectos fundamentales de un relato que se logran al eliminar lo superfluo, buscando la esencia de la anécdota para que irradie más allá de sí misma. La tensión se construye desde las primeras palabras para atrapar al lector en una pulsión que se siente como un «golpe de knock out«, mientras que la intensidad se manifiesta en un lenguaje cuidado y sin rodeos, donde cada elemento es esencial para profundizar en las capas psicológicas y subconscientes de quien lee.

Al comienzo de “Las ciegas” nos queda claro que quienes gozamos del privilegio de la vista no entendemos que hay otras realidades en el mundo: “Ella es ciega de nacimiento, es decir que no ha visto la realidad de los que vemos porque seguramente la realidad que ve, o que no ve, es otra cosa, que nosotros, pobres ingenuos, creemos que es sombra o nube u oscuridad completa”, apunta la narradora mientras va en camino junto a Marielys para ser iniciada en un grupo de jóvenes mujeres dentro de una casa cuyo decorado gótico establece guiños con Aura de Carlos Fuentes. Las ciegas, al inicio, parecen moverse como fantasmas que rápidamente adquieren carne de bruja, por aquello de lo que quemarán o las incendiará. La tensión se declara a priori incluso del asombro.

También la intensidad en cada escena del relato. El tono no baja porque como música in crescendo, lo que viven estas ciegas desde la discriminación y el alumbramiento de una nueva vida, resultan cráteres de existencia, justo esos lugares sagrados del cuento, las zonas donde debe moverse un narrador para acertar. No en balde este texto fue premiado en el cuarto Concurso Iberoamericano de Novela Ventosa-Arrufat y Fundación Elena Poniatowska Amor.

Sumemos el hecho de que quizá la historia misma nos deja a ciegas. Esa es mi hipótesis, que la lógica de estos posibles narrativos nos impiden ver lo de siempre para observar desde el ojo de un huracán de fuego la compleja realidad latinoamericana. No es sólo el juego por el juego que encontramos en La asesina Ilustrada de Enrique Vila-Matas por citar un caso metaliterario donde el autor se propone escribir una novela con la idea de que quien la lea, muera. No. Acá se inventa un nuevo braille que al cerrar los ojos nos conduce a mirar por dentro lo que es invisible para las córneas. O bien, lo que no podemos aceptar: nuestra indiferencia misógina o una cultura del odio necesaria para el enquistamiento del poder.

“Estás viendo y no ves”, reza un dicho en nuestra región. Las personajas de Vizcaíno no ven, pero miran de cerca, sin perder detalle, la injusticia social que las rodea, la mentira patriarcal que sostiene el abuso sistemático: “Cada vez que pienso en la identidad no se me ocurren más que cuentos para niños idiotas donde las mujeres estamos ocultas. La historia es una fotografía donde aparecemos en tercera fila. Nunca se nos enseñó a poner en entredicho los datos porque al poder no le interesa que se dude de ese relato, de los nombres, de las fechas, de los actos”, en efecto, la historia oficial fundante de nuestras naciones en el siglo XIX considera que las mujeres son propiedad del marido o ciudadanas de segunda sin voz ni voto.

Algunos avances como el derecho a decidir sobre nuestros cuerpos, educarnos, votar o ser votadas, no han significado una verdadera revolución feminista, pues la amenaza creciente con la pérdida de esos logros alimenta a un antifeminismo creciente en pleno siglo XXI. Hoy se sabe que la conversación misógina en México, Ecuador y Santo Domingo ha aumentado en las redes sociales un 30% en los últimos tres años. Por si fuera poco, aquellas protestas ciudadanas frente al aumento del precio de los combustibles que la pandemia se llevó y que hicieron temblar la tierra de Quito en 2019, parecen no haberse dado. Otras novedades como el avance demoledor de la Inteligencia Artificial impiden que el recordatorio del alza de feminicidios y/o mujeres desaparecidas siga siendo tema de nuestras charlas.

Por ello, si la denuncia de la normalización de emergencias sociales de este calibre entra en la literatura, cobra mayor sentido, contribuye a preservar la memoria de un horror que no debe repetirse. Pregúntele a Bolaño, a quien menciono de nuevo porque en 2666, la tierra que se traga a las mujeres desde la herida abierta de Ciudad Juárez está presente. ¿Ven cómo “Las Ciegas” sí lo hubiera fascinado?

Hasta a Susan Sontag, sospecho, encantada con el autor de Nocturno de Chile. Imagino a la ensayista estadounidense celebrando el intercambio sexual de las ciegas, aplaudiendo la desnudez de ese aquelarre que trae una nueva vida al sur global y tronándose los dedos una vez que las personajas entran en el edificio donde se encuentra el objetivo de su incendio: el acta de constitución del Estado libre e independiente del Ecuador, del 13 de mayo de 1830.

La argumentación de una de las protagonistas es irrebatible:

Quemaremos el Archivo Nacional. Y por qué no la Biblioteca Nacional, digo yo. Porque la Biblioteca Nacional no existe, dice Alexia. Y entonces me doy cuenta de que este es un país sin biblioteca, un país que guarda su memoria en bodegas o bibliotecas privadas, que no hay una institución pública y memoriosa que guarde lo que nos une. Si no existe una Biblioteca Nacional, no existe este país.

 

Agrego que no existe ningún país sin sus mujeres libres y a salvo, no sólo sin sus libros para todes. Esa lógica utópica impulsa este relato donde la resistencia civil y la contra-violencia organizada son las últimas alternativas. Si el Estado como se ha constituido hasta ahora no garantizó más que simulaciones como naves nodrizas de más crisis, bien vale la pena quemarlo todo, como dicen las feministas en sus marchas. Lo bello de “Las Ciegas” es que la consigna se convierte en acto y por un momento, al menos uno, es posible soñar y ver en la página esa concreción que en la realidad sigue lejos o da miedo ante un Robocop dispuesto a todo.

Voy con la “a” de personaja. Rosario Castellanos reflexionó desde la poesía que debe haber otro modo que no se llame Safo/ni Mesalina ni María Egipcíaca/ni Magdalena ni Clemencia Isaura./Otro modo de ser humano y libre./Otro modo de ser. Las mujeres que retrata Santiago Vizcaíno lo encuentran mientras operan juntas un golpe a la historia oficial para que la escrita con letra menuda desde verdaderos horizontes de espera o espacios de experiencia, cuente la verdad sobre su vida, se deje ver apagando la mirada que se alumbra con sed de igualdad y respeto a la diversidad y la inclusión de cualquier vocal. Esto sin podernos fugar aún del patriarcado, sin escapes que resulten en la realidad o en la ficción. Ese es el gran logro de este cuento, más allá de los autores finados que seguramente lo aplaudirían, pues lo que vale aquí es el lenguaje, la trama original que se sostiene con fraseo apasionado, carismático y agudo, con ritmo de lava llevándose a su paso lo que debe arder de una vez por todas.

Santiago Vizcaino. Imagen: Facebook

Alma Karla Sandoval