

Plegaria
¿Quiénes serán los valientes que se subirán a las rutas con una gorra, ropa y zapatos casuales, para experimentar al menos una vez en su vida lo que significa para los usuarios comunes viajar en los vehículos desatendidos por sus dueños y, por ende, desprestigiados por los pasajeros? Para recordar la experiencia, una cámara GoPro en la mano para filmar la aventura que seguramente no se repetirá nunca más. Acción, suspenso, peligro y demás opciones no programadas en cada viaje son el pan nuestro de cada día. ¿Toda esta aventura garantizada por diez pesos? Sí, señor. Adicionalmente, se le pueden sumar atracos, manoseos o simplemente música a todo volumen o llamados del chofer para conformar dos filas para que quepan más sardinas en la lata y nadie pueda bajar en la parada porque adentro, bien gracias, nadie se puede mover más que pisando o empujando al próximo. Lo anterior sin contar con algunas amenidades más. ¿Llegaremos al destino? Es una posibilidad entre otras.
¿Hasta aquí, algún voluntario apuntado para subirse sin escoltas ni medios de comunicación, sino en el anonimato? Nadie, ¿verdad? Eso me imaginaba, así que vayamos entrevistando a algunos usuarios.
Cabe aclarar que los poseedores de los testimonios recogidos para contar esta historia expresaron el deseo de mantener el anonimato por seguridad, por eso los llamaremos Aleida, Magdiel y Cecilia. Sean ustedes bienvenidos a bordo de la ruta 1, 4, 8, 9. El número del vehículo no importa, puesto que lo que sucederá a bordo será a grandes rasgos parecido. ¡Momento! ¿Cómo que ya se subieron? Aleida afirma que la ruta que aborda no siempre hace la parada. Si no le cae bien el checador en turno, no se detendrá; si tiene prisa por los mismos controles de tiempo, pasará por alto la parada. Según cuenta Magdiel, dejó de usar el servicio para comprar una motoneta hasta el día que fue impactado por una ruta y que la moto no tuvo remedio; por ende, volvió a tomar el transporte público, pidiendo poder volver a juntar el dinero suficiente para volver a adquirir un vehículo de dos ruedas. A Cecilia le robaron su coche hace ya tres años y no le alcanzan sus quincenas para pagar otro crédito. Si usa taxi, Didi o Uber a diario, se quedará sin ingresos para sufragar sus pagos de servicios, así que también queda descartada la opción. Desde que se sube a la ruta, dejó de ponerse faldas o vestidos y de vestir blusas ajustadas o con escote y sale una hora adicional antes para poder llegar a tiempo a su trabajo por aquello de los imprevistos. Esta es su realidad porque no existen otras opciones. Ellas tres, y cuántos más, sueñan con un transporte público digno donde alcancen a sentarse y, de ser el caso, no estén destruidos los asientos, con choferes que no juegan a las carreritas con otras unidades, arriesgando la integridad de los pasajeros, que respeten las paradas. El mantra del rutero cumplido podría ser: mantén tu unidad limpia y en estado óptimo, cumple con las obligaciones administrativas, respeta a los pasajeros y al reglamento de tránsito de manera a que la plegaria del pasajero en esta temporada festiva no tenga que ser: «¡Oh, Santos Reyes Magos, que desde el oriente supieron encontrar el camino de Belén, ¡rueguen por nosotros! para que lleguemos con bien a nuestro destino cotidiano.»
Nota: Los sucesos y personajes retratados en esta historia son ficticios. Cualquier parecido con personas vivas o muertas, o con hechos actuales, del pasado o del futuro es coincidencia, o tal vez no tanto. Lo único cierto es que no existe manera de saberlo y que además no tiene la menor importancia. Creer o no creer es responsabilidad de los lectores.
*Escritora, guionista y académica de la UAEM


