INSPIRACION

 

Mauricio bajó su gato del escritorio. El tiempo apremiaba; el gato Silvestre después de haber saciado hambre y sed, había elegido el teclado de su computadora para dormir una plácida y merecida siesta otoñal. No hay ni temporada buena o mala para descansar, pero al felino no le importó mucho la información. El hombre esperaba incansablemente encontrar un tema antes del anochecer… Durante la mañana calurosa pensó vagamente en abordar el tema de la emoción o del desencanto, sin mayor avance; en cuanto a la tarde invadida por una neblina espesa, se había dedicado a cazar los mejores paisajes transformados por el filtro blanquizco natural para retratarlos y compartirlos en Instagram. Ya entrada la noche, pidió aventón para regresar más pronto a casa, se dispuso a revisar la cotización del dólar, leer su horóscopo, buscar las fechas del concierto de Rod Stewart en México, puso una lavadora, cocinó un caldo de pollo para el alma, consultó las noticias relevantes del día, elaboró dos listas de palabras antinómicas con el fin de enfrentarlas: irrelevancia, insignificancia, trivialidad, frivolidad, superficialidad, futilidad, nimiedad, inanidad, vacuidad y bagatela contra importancia, relevancia, gravedad, magnitud y proyección. No trascendió nada más que aburrimiento de su parte, sentimiento reafirmado por su amiga Rocío, quien había llegado de improvisto para invitarlo al reestreno en versión restaurada de Amores Perros en el cine. Mauricio todavía conmovido por la reconciliación entre Arriaga y González Iñárritu consideró entonces escribir algo partiendo de un accidente automovilístico, pero pensó que no conseguiría muchos lectores por las recientes inundaciones que habían dejado más de un coche atascado, algunos en peor situación. Rocío, al verlo indeciso, se fue al cine sola o en compañía de alguien más. Cualquiera que haya sido la situación, Mauricio no se enteró. De vuelta en su escritorio con una taza de té chai, empezó a teclear en modo escritura automática, ejercicio que tampoco lo satisfizo por su contenido deshilado, terminando por ser algo provocador. No encontrando cómo resolver la escritura de su texto, intentó meditar durante veinte minutos, saltar a la cuerda, ponerse de cabeza contra la pared para acelerar el flujo sanguíneo, nada funcionó. Les llamó a dos de sus amigos, pidiéndoles contar sus últimas aventuras sentimentales. Escuchó con atención las anécdotas relatadas, pero tomó la decisión de no contarlas. La de Beto le parecía sin gracia, además de ser poco halagadora para su amigo. Con respecto a la de Pato, opinó que las cosas habían sucedido de manera completamente opuesta a la anécdota. Algo en el tono de su voz le pareció sospechoso. Sin embargo, les agradeció su valiosa ayuda, comentario sumado a más palabras de aprecio antes de colgar y suspirar ahora sí, con una preocupación real. Las doce de la noche, hora de la calabaza de Cenicienta, acababan de sonar en su alarma. Jamás había rebasado esa hora. Tomó una aspirina, una bocanada de aire en medio de la lluvia que no paraba afuera de su casa.

Mauricio volvió a subir a Silvestre al escritorio y le pidió caminar sobre el teclado, a ver si entre las letras marcadas en la pantalla un mensaje subliminal podía detonar el proceso creativo que a todas luces permanecía atrapado en la neblina de su mente sin inspiración el día de hoy.

Nota: Los sucesos y personajes retratados en esta historia son ficticios. Cualquier parecido con personas vivas o muertas, o con hechos actuales, del pasado o del futuro es coincidencia, o tal vez no tanto. Lo único cierto es que no existe manera de saberlo y que además no tiene la menor importancia. Creer o no creer es responsabilidad de los lectores.

*Escritora, guionista y académica de la UAEM

Hélène BLOCQUAUX