

Pensándolo bien, y para eso En pana* es una inspiración: cualquiera que esté interesado en la escritura como un acto de prestidigitación memoriosa puede construir su autobiografía evocando sus viajes en auto, en todos los autos que desde nuestros tiempos remotos nos han transportado, a veces desde su inmovilidad. Pero no cualquiera puede hacerlo como lo hace Martín Cinzano en esta novela, que va rodando contra viento y marea, que no falla y que no está rota, sino más bien todo lo contrario, está bien viva en su recorrido por la memoria propia, por algunos momentos de la historia reciente de un país y a través de pequeños fragmentos literarios donde los autos encienden sus metáforas de la vida.
“En pana”, conviene decirlo ahora, es una locución que en Chile se usa para referirse a algo que está averiado, roto, especialmente en el caso de un vehículo, coche, carro, automóvil, carcacha.
En el principio de este relato novelesco, un muchacho confiesa su incapacidad para aprender a manejar, recordando el vano intento de su padre por enseñarle, que terminó con el auto varado en la playa grande de Tongoy. De allí en adelante, el muchacho sólo podrá actuar como copiloto, circunstancia que no le resta vértigo a su viaje sino que más bien contribuye a exacerbar una expedición que se despliega por los andamios interiores, donde convergen todo tipo de paisajes. En pana es precisamente eso, sobre todo, un viaje introspectivo. La realidad se nos ofrece como una colección de señales y rutas que nos llevan más allá de la biografía de su autor.
Martín Cinzano ha construido En pana como un antología de postales. Cada estación a la que llega es el sitio desde donde envía esos mensajes y en cada lector queda la posibilidad de inventarle imágenes, como si se tratara de una película o de un sueño. Es también una novela de iniciación, un abordaje espiritual que nos convida recorridos por la literatura, la vida, la reflexión, y unos cuántos países, por ejemplo.
Como todo viaje, como toda exploración introspectiva, sin el humor el milagro no podría ocurrir. Ese milagro que nos lleva a reírnos de nosotros mismos, como una condición plena para carcajearnos de la realidad, y le da un retoque a los sucesos que construyen nuestras vidas.
En pana, venturosamente, se manifiesta un pleno gesto de complicidad. Piloto y copiloto surcan esta travesía por la memoria como si fueran atendiendo las instrucciones de un mapa que lleva al tesoro, ese cofre cuya riqueza es la amistad, dispuesta con la misma generosidad con la que Cinzano fragua su prosa, para bien de quien lo leyere. En síntesis: todos tenemos una autobiografía que viaja en auto, una máquina del tiempo que se desplaza por todos esos planos de la vida donde la realidad y la imaginación se confunden.

Para muestra, dos botones:
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“Nunca pude aprender a manejar. Alguna vez mi padre me quiso enseñar, pero no aprendí. Fue en la playa grande de Tongoy durante un verano. Intenté conducir el auto en línea recta y creo haberlo logrado al menos por unos segundos. Bien, me dijo mi padre, ahora mete segunda y acelera. Del otro lado venía una moto acercándose lentamente; aceleré a fondo, como si hubiese querido reducir la distancia entre nosotros y la moto, y cuando la tuve casi de frente, asustado, doble bruscamente hacia la derecha y me metí en el mar. Mi padre dijo ¡Chucha! El de la moto se alejó gritando. ¡Conchetumadre! El auto estaba varado. Con la ayuda de unos pescadores demoramos unas tres horas en sacarlo de ahí. Al final mi padre se rió como para no darle importancia.”
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“Los sábados en la mañana mi padre me llevaba con él a arreglar el auto a Diez de Julio. Extraña práctica iniciática de los padres chilenos: ir con sus cabros chicos a darle una afinadita al auto, comprar repuestos, hablar con los mecánicos como quien habla con el médico de cabecera. Yo me aburría. El olor a grasa de auto me adormecía. Eran mañanas eternas, y si me ponía a pensar que a esa hora podía estar jugando a la pelota, se hacían todavía más eternas. Mi padre iba de un lado a otro buscando repuestos y yo lo miraba con rabia, apoyado en el Opala, en el Charade, en cualquiera de sus autos. Pero después, pasada esa tortura, venía el premio: íbamos a cachurear y a comer pizza en pan de hallulla al persa de Franklin.”
Y una especie de justificación, del autor:
En pana empezó como un cuento en el que alguien nunca aprende a manejar y se queda solo. Los primeros cuatro o cinco fragmentos estuvieron durante algún tiempo tirados por ahí; después, ciertos peligrosos episodios peatonales me hicieron volver a él con una pregunta acerca de los autos como hostiles habitantes urbanos, sobre los cuales ese alguien —que se queda solo— no tenía control alguno. Esa extrañeza me pareció, y me parece, mejor material para un ensayo que para un cuento: si tú quieres, la pregunta por la subjetividad efectivamente rodeada de objetos incomprensibles (el narrador de Perec, en Las cosas, diría: inalcanzables). Eran, y son, varias las preguntas, pero por lo menos dos certezas, eso sí, había en todo esto: nunca voy a aprender a manejar y tampoco voy a largarme con una novela; estas dos certezas se relacionan porque ambas tienen que ver con un camino (por muy corto que sea) y con un saber manejar(se), aunque de vez en cuando te pierdas (o eso dicen los novelistas). Pero, como siempre ocurre cuando uno se mete en un lío, lo terminas hallando desplegado en cualquier parte, ¿no te pasa?: en la frase callejera, en el grito de un amigo, en una película, en un poema. Hacia donde yo mirara, fuera o dentro de la casa, fuera o dentro de los libros, y por supuesto en la biografía, estaban los autos, las micros, los atropellados, o cualquier mínima cosa relacionada con ellos. Esos «espacios», ir hacia ellos y abandonarlos, creía yo, eran los desvíos ideales para no escribir una novela. Bueno, seguramente me equivoqué. Pero créeme: aún extraño ese cuento no escrito.
*En pana, Martín Cinzano. Libros del Laurel, Santiago de Chile, 2016. 152 pp.

Imagen cortesía del autor

