

Dentro del marco jurídico, una herida infamante se entiende como lesión o daño corporal cuya visibilidad y exposición pública genera indignación, estupor e induce al miedo, máxime cuando se presenta en zonas genitales. Si entendemos el soma como un espacio simbólico en el que convergen ciertos significados que constituyen aquello en lo que consiste ser un ser humano, podemos afirmar la existencia de heridas propinadas por actores públicos que dañan el tejido social a tal grado de desfigurarlo. He ahí la consecuencia del blindaje legal, manteniéndole el fuero, a el exgobernador de Morelos, Cuauhtémoc Blanco, un político en funciones con fuero protegido por diputadas de diversos partidos, Morena en su mayoría, quienes le aseguraron en tribuna que no está solo. El caso o el chiste, como quiera usted llamarlo, se cuenta solo.
Estoy a punto de borrar las líneas anteriores. Pienso que luego del descubrimiento del campo de exterminio en Teuchitlán, Jalisco, no podemos admitir que lo que ocurre en nuestro país es una tragicomedia, sino un horror normalizado, acolitado, transformado en una engañosa guerra semántica. No obstante, en medio de la oscuridad más espesa por una extraña lógica de posibles narrativos, se enciende una chispa como respuesta que siempre hemos tenido enfrente: la implementación de facto de la necropolítica en México con todo y su estela de 11 feminicidios diarios, San Fernandos, Bartolinas, Teuchitlanes o más de 3000 fosas comunes encontradas con una cifra tenebrosa, 54 mil desaparecidos en el sexenio anterior, ha sido posible gracias a la complicidad de nuestras y nuestros representantes políticos. Como sociedad hemos dejamos pasar caterva tras caterva corrupta, venal, indolente, que se apodera de curules, levanta la mano sin compasión ni vergüenza e imposibilita una verdadera transformación. Sus narrativas son perversas, rebasen por la derecha o por la izquierda, sean mujeres u hombres en su mayoría.
El asunto del feminismo duele, cierto, al ver a tan pocas diputadas con valor como Ivonne Ortega del Movimiento Ciudadano o Lilia Aguilar del PT, argumentando con solvencia y justicia en torno al ominoso asunto de la defensa del exjugador de futbol quien muy pocas veces, durante seis años, salió de la lista de los gobernadores peor evaluados de esta república. Duele, decía, porque pensamos que habíamos superado la herida infamante del soma sociopolítico. Esperábamos garantías con una mujer al mando de México, no que ella misma se pasara entre las faldas la perspectiva de género que enseña, en sus lecciones básicas, a creer en la palabra de una mujer, sobre todo acusando delitos de índole sexual donde, por la misma naturaleza del caso (una violación por parte de una persona cercana en un ámbito íntimo, por ejemplo) no puede haber testigos, por lo tanto, no es posible presentar pruebas como se imaginan que estas deben ser. Sumemos el hecho de que su reputación precede a Blanco. Otras parejas con quien él ha convivido también lo acusaron, en su momento, de violencia intrafamiliar.
Ante ese panorama, el mensaje que se lanza es claro en un país gobernado por primera vez por una mujer: la palabra de las víctimas no vale lo mismo que la de un hombre con poder político y/o económico. Mientras algunas mujeres defienden a las suyas; otras, las patriarcalizadas, las compradas, las traidoras, le dan el micrófono en plena sesión del Congreso a una persona impresentable, a un supuesto criminal, pues sobre él se ciernen varias carpetas de investigación y acusaciones de peculado, entre muchas más “linduras”. El mundo al revés o la constatación de que la cuota de género no garantiza cuota ideológica, de que cuerpo de mujer no quiere decir justicia, pues como bien se ha dicho, es claro que no llegaron todas. Empezando por las madres que buscan a sus hijos desaparecidos, terminando por la media hermana incómoda, Nidia Fabiola Blanco.
Insisto, este horror es posible en un clima de encubrimiento legaloide de gente que debería ser juzgada con apego de derecho, sin negarle la presunción de inocencia, pero sí considerando que debido la gravedad de las acusaciones no debería seguir con fuero, un escudo con el cual se propinan heridas infamantes, pues se abusa de la inmunidad que confiere. Insisto, este horror es posible porque ha sido más grande la banalidad del mal, la corrupción política, la complicidad con el negocio de la muerte, que la movilización ciudadana vencida, rendida y sometida por ese otro Estado que verdaderamente nos gobierna.
*Escritora


