

El metabolismo social o intercambio material entre sociedad y naturaleza en el planeta ha llegado a un nivel catastrófico. La extracción de materiales de la naturaleza sobrepasa por mucho lo que se restituye en ella. El capitalismo es un sistema que evacua gases, químicos tóxicos, miasmas y plásticos.
De los 100 mil millones de toneladas de materiales de desecho que entran cada año a ríos y terrenos del mundo, se reciclan menos de 10 mil millones, el 9%. En México, el reciclaje de residuos industriales es de 0.8%.
El modelo de acumulación extractivista en el planeta, del que se extraen los minerales metálicos y no metálicos, así como la disposición de desechos industriales, biológicos y de la industria de la construcción, explica la existencia de incontables conflictos ecológicos a escala planetaria. La biósfera está a punto del colapso. Los bonos de carbono que organismos y empresas multinacionales crearon para, imaginariamente, frenar la emisión de dióxido de carbono y otros gases de efecto invernadero, no han disminuido esta tendencia.
México vive una crisis ambiental como consecuencia de la contaminación de industrias extractivistas como la los hidrocarburos, con sus constantes derrames y quema de CO2. La industria alimentaria y refresquera, que expolia el agua de territorios. El turismo que construye hoteles gigantescos en terrenos de la selva o manglares y la minería a cielo abierto, con su conocida destrucción y contaminación con cianuro, entre muchas otras industrias.
Se han otorgado concesiones mineras por cientos de miles de hectáreas para la extracción de arenas, arcillas, gravas, madera y piedras para alimentar a la industria que procesa estos materiales primarios y direcciona a la industria inmobiliaria de México y para la exportación. Todo el proceso depreda el ambiente.
El concepto de metabolismo social, creado por Marx en la década de los cincuenta del siglo XIX, fue revalorado por científicas y académicos a finales de la década de los sesenta del siglo siguiente. Víctor Toledo (2012) cuenta el devenir de este concepto y su utilidad para analizar el flujo de energía y materiales entre la naturaleza y la humanidad a distintas escalas.

Un enfoque similar para entender el sistema capitalista en su dinámica casi infinita de destrucción ambiental y producción de excreciones letales, lo aportó el matemático rumano Nicholas Georgescu-Roegen al establecer el vínculo entre la termodinámica y la economía. Su obra clásica, La ley de la entropía y el proceso económico de 1971, debate con la economía neoclásica, es decir, la economía que inventó la existencia del punto de equilibrio entre el consumo y la oferta, a partir del comportamiento económico racional de las personas. Esta invención económica descarta la existencia de la naturaleza, del contexto social y cultural.
En el esquema liberal – convencional, la economía es un círculo sin fin entre consumo y producción, de ahí que los postulados de la Economía Circular (EC) como solución desde el mercado a la crisis ambiental, ha sido aceptada por algunas academias y gobiernos. En contraposición a esa esquematización, Roegen explicó que los fenómenos vitales del universo y del medio ambiente de la tierra están sujetos a las leyes de la termodinámica.
La naturaleza tiene una baja entropía, es decir, que la materia natural se puede reutilizar de forma constante pero una vez sustraída la materia de la naturaleza, pasa a tener una alta entropía, o sea, que no puede reutilizarse infinitamente. La reproducción de la vida humana depende de la naturaleza, o sea, del uso de una baja entropía, pero solo podemos usarla una vez. No es posible quemar el mismo pedazo de carbón infinitamente.
La energía utilizada para producir cemento, por ejemplo, agota irremediablemente una cantidad de baja entropía de la dolomita. La utilización de la chatarra significa que se reutiliza un producto de alta entropía ventajoso para los procesos de producción. No obstante, no se puede usar infinitamente.

