

José Manuel Meneses Ramírez[1]
Raíces es la primera película que dirige Benito Alazraki, es una película basada en El Diosero de Francisco Rojas González. Dentro de la selección que incluye el filme, me gustaría referirme al capítulo titulado Potranca, que es la transposición fílmica del cuento La cabra en dos patas, uno de los más impactantes en el libro de Rojas González. La película fue galardonada en el Festival de Canes 1955 por la Federación Internacional de la Prensa Cinematográfica. El polémico director colaboró con el establishment del gobierno mexicano, además de que su cine pretendía ser un objeto de diversión y no un vehículo de cultura, razón por la cual una temática de fondo como esta parece desafiar su propia perspectiva. Recordemos también que las letras mexicanas, en la mitad del siglo XX, buscaban desesperadas la identidad mexicana. Francisco Rojas González pertenece a esa generación que se respalda en el pasado milenario como un acto de resistencia frente al saqueo cultural de los europeos en contra de la patria. En el caso del cuentista mexicano, hay una constante oposición a la presencia de los discursos de la antropología como disciplina, ya que representan una segunda conquista, así como una segunda explotación del patrimonio nacional, hecho que es denunciado en cada uno de sus cuentos.
En la Potranca, uno de los cuatro capítulos del filme, se nos presenta un entorno mágico situado en las ruinas del Tajín, la magia de una ciudad misteriosa en su asociación con la voluptuosidad de la mujer totonaca, bajo la perspectiva del Edén perdido al que llega la mirada europea de un narrador en primera persona, en este caso del arqueólogo que se ufana en obtener -quizá podríamos decir extraer- el cuerpo de Xanath, la joven mujer totonaca, además de los secretos y la riqueza de las ruinas de la ancestral ciudad del trueno. De esta manera, Alazraki presenta una de las primeras versiones fílmicas de una ciudad que había sido descubierta casi accidentalmente por Diego Ruíz en 1785, las tomas abiertas y panorámicas parecen expresar el orgullo de una nación que muestra al mundo la grandeza de su pasado y que lo invita, a través del seductor y erótico desarrollo de la diégesis, a conocer este manifiesto del pasado mexicano y a vivir la promesa de lo exótico en el corazón del estado de Veracruz.
Los espacios que muestra el filme están articulados por la mirada selectiva y extractivista de “un especialista”, no representan la espacialidad del Tajín y mucho menos de la ciudad de Papantla, se trata de un espacio diferente, territorializado por la voluntad del arqueólogo. Así pues, la intensidad de la mirada del arqueólogo es fulminante, semejante a la de un León que ha descubierto su presa y que desde ese momento plantea una estrategia para devorarla. La escena en la playa es paradigmática, pues al hombre europeo no le importa matarla con tal de realizar su deseo, quizá es un símbolo de la presencia europea en suelo mexicano. Eric es un hombre agudo, atento, civilizado, se trata de un hombre casado ya entrado en años; por el contrario, Xanath es una mujer joven casi una niña, serena, integrada a su entorno, llena de erotismo, casi salvaje (sube a los árboles y se baña en las pozas). La dimensión, aplastante de la ciudad se deja ver en ese plano de fondo donde el cuerpo de Xanath nos permite comprender las dimensiones de la pirámide de los nichos. O en el momento de la persecución cuando vemos de frente dos pequeños cuerpos que trepan por la escalinata a medio derruir de la pirámide. Lo que hace este hombre, en nombre de la ciencia, no puede ser juzgado bajo los mismos parámetros, de tal manera, la esposa calla. Lo que nos sitúa frente a otra forma de la violencia de la época: la mirada del arqueólogo y el silencio de su esposa.
La película y el cuento nos ponen de frente a la asimetría del diálogo entre un hombre europeo desaforado por su deseo y lleno de soberbia con el padre de la niña. La oferta incómoda, fuera de lugar del europeo: Quiero comprarte tu animalito. Cuando el padre de Xanath vende cocos, cuando los totonacos no se venden, cuando estamos a más de cuatro siglos de las disputas sobre la humanidad de los habitantes del territorio americano. Alazraki nos ubica de golpe frente a la propuesta europea de mejorar la raza, en este caso es directa, cínica y mercantilizada. El arqueólogo promete un nieto mestizo. La situación final es que el padre de Xanath sugiere al arqueólogo que sea él quien le entregue a su mujer, bajo el mismo argumento.
En tanto, en el cuento de Rojas González, durante este mismo intercambio el europeo afirma: “Cuando se cobra y se paga bien no hay vergüenza… La raza no tiene nada que ver… y menos cuando se trata de la raza que ustedes los indios quieren conservar… ¡Bonita casta que no sirve más que para asustar a los niños que van a los museos!”, y prosigue diciendo: “Te he dicho que es tan sólo un capricho mío… A lo mejor tú sales ganando un nieto mestizo. Un hijo de blanco que será más inteligente que tú. Un mestizo que valdrá más de diez pesos en cobres…”. De tal forma, el diálogo puede verse como una actualización de la mítica tensión entre Hernán Cortés y la Malinche con un final distinto. Bajo esta perspectiva, la película puede verse como una de las formas de la resistencia de un pueblo sometido, el cartel promocional de la época señalaba, atinadamente, que se trataba de un “Drama interpretado por el pueblo mexicano”.


Poster promocional de la película. Imagen cortesía del autor
-
Nahuatlato, profesor de El Colegio de Morelos. ↑


