Omar Alcántara Islas*

La película Cenicienta (Cinderella en el original) hecha por los estudios Walt Disney está cumpliendo tres generaciones. Proyectada en 1950, es una versión cinematográfica muy cercana en su argumento a su fuente literaria (Cindrellon) publicada por el francés Charles Perrault en 1697. La historia es muy conocida: un hombre en segundas nupcias muere dejando a su hija bajo el cuidado de una málvada madrastra y las dos hijas de esta, no menos amables, quienes la hacen trabajar sin interrupción. Un día, el rey quiere casar al príncipe de la región e invita a todas las muchachas del pueblo. Un hada concede el favor a Cenicienta, pero el hechizo dura hasta la medianoche. Al huir, cerca de la hora, esta pierde su zapatilla, misma que servirá al príncipe para reencontrarla.

Existe otra famosa versión de esta obra, también recopilada por la tradición oral, tal como la de Perrault. Esta, llamada Aschenputtel –literalmente, «la pequeña de las cenizas»–, fue publicada por Jacob y Wilhelm Grimm en Alemania en 1812. La diferencia con la anterior es la brutalidad de algunos pasajes. Las hermanas, al descubrir que no les queda el zapato se cortan los dedos del pie, una, o el talón, la otra; pero las mágicas rimas que cantan unas aves revelan al príncipe en el camino que los pies de las hermanastras sangran. Finalmente, da con Cenicienta mientras palomas extraen los ojos de las infractoras.

Hay otras formas de esta leyenda, algunas la remontan a la China del siglo IX, mientras que en Occidente el relato más antiguo sería el del griego Estrabón (siglo I a. C.), registrándose otras variantes de la historia a lo largo del medioevo europeo. El elemento que enlaza a estas es la presencia del zapato. Es posible que la versión de Perrault haya sido adaptada al gusto de la aristocracia francesa –o que la germánica haya perseverado en modelos extremos de enseñanza–, pero fue este quien añadió aspectos que se conservan en la película de Disney: el hada, la carroza o el zapato hecho de cristal.

Sobre esta última adaptación, se atribuye a su rico productor un trabajo artesanal que requirió de muchas cabezas y manos. En esta, la presencia de elementos fantásticos y la belleza del technicolor todavía encandilan las pupilas contemporáneas. Sin embargo, todos estos esplendores técnicos no han evitado un mal envejecimiento, síndrome que se extiende a otras películas de la compañía; lo anterior, por su concepción del mundo eurocentrista y patriarcal en una actualidad crítica poscolonial con perspectiva de género.

La cinta colaboró, como tantos otros largometrajes de Disney, en la idea de que la mujer necesita a un príncipe que la salve de la desgracia, pues su vida, según esta concepción, no estaría completa hasta encontrar el amor de pareja, también popularizado como «amor romántico» –aunque el romanticismo sea un movimiento artístico-cultural que va mucho más allá de esto–. En nuestro país, quizá haya sido la penúltima generación, la que ejerció su fuerza política y cultural alrededor del año 2000, la que puso en entredicho estos mandatos de género.

Junto a estos designios, la película también dejó para la posteridad imágenes sobre la belleza y la fealdad de las personas (y su forma de actuar) que siguen teniendo vigencia en familias mexicanas poco educadas, no solo en género o discriminación, sino también en la lectura crítica de la imagen. En Cinderella, colores de piel, complexiones, rasgos o fisonomías de buenos y malos reforzaron en las antiguas colonias europeas, tales como las latinoamericanas –donde existe un multiverso étnico–, la idea de que solo la gente blanca merecía el paraíso prometido por estos filmes, acrecentando en nuestra ignorancia y falta de amor propio ese mal de la mente y la cultura que es el racismo.

Se quiere señalar otro famoso pasaje donde se idealiza el trabajo doméstico femenino, en este Cenicienta es multiplicada como un ejército en coloridas burbujas de jabón que se elevan sobre el aire mientras canta extasiada. O la difamación de la cual son víctimas los pobres gatos. En cualquier caso, se trata de una película para disfrutar por su hechura, pero para repensarla por su estructura.

*Doctor en literatura comparada

Fotograma de “La Cenicienta”. Disney Studios

La Jornada Morelos