

La educación está perdiendo valor. No solo la avanzada, toda. Los trabajos que antes no requerían título han sido reemplazados por máquinas, y lo mismo comienza a suceder con los que sí lo requerían. Las personas (con o sin formación académica) han caído en ciclos de consumo vacío en internet. No es su culpa; nuestro cerebro busca dopamina y los algoritmos de las redes sociales la ofrecen de manera irresistible. Fuera del trabajo, casi nadie estimula su mente; pasamos horas frente a contenido diseñado para extraer la mayor cantidad posible de tiempo y dinero. La experiencia humana, reducida durante siglos a la labor, ha perdido su último punto de anclaje. Y cuando esa labor se desvanece, las pantallas ocupan su lugar, arrebatándonos incluso la vida fuera del trabajo.
Leí La pianola de Kurt Vonnegut la semana pasada (no voy a resumir la historia: léanlo). Desde entonces, no he podido dejar de pensar en lo inquietantemente precisas y simultáneamente equívocas que fueron las predicciones del autor americano. En la novela, la automatización desplaza al ser humano de la labor capitalista productiva; desde hace años vemos algo muy parecido. Los temores apocalípticos en torno a la tecnología quizá no se materializaron del todo, pero eran válidos. Tan solo en México se estima que en las últimas dos décadas se han perdido entre tres y cuatro millones de empleos debido a la automatización. La expansión de la inteligencia artificial amplifica esa amenaza; si antes era difícil conseguir trabajo como diseñador gráfico, estoy seguro de que pronto veremos algunas universidades eliminando la carrera por completo. Sin embargo, Vonnegut no escribe solo sobre máquinas. Su preocupación es el poder, quién lo ejerce y cómo lo conserva.
En las ciencias sociales, la situación refleja esta misma dinámica de desvalorización. Cada vez más académicos se ven amenazados por el avance del autoritarismo y el populismo, corrientes que, cuando no buscan destruirlos, buscan desacreditarlos junto con las instituciones que representan. Los académicos, retratados como burócratas inútiles o enemigos del pueblo, pierden legitimidad ante una sociedad desconectada del valor del pensamiento crítico. Y cuando los expertos se vuelven irrelevantes, la política deja de tener incentivos para actuar con base en evidencia y solo queda la ideología.
Aun si dejamos de lado el daño económico y las vidas arrasadas por la automatización, persiste una pregunta más profunda: ¿qué queda del espíritu humano cuando la creación deja de tener propósito, cuando no trabajamos por necesidad ni creamos por placer? Si lo que consumimos es vacío en el mejor de los casos, o generado por máquinas en el peor, ¿qué sentido tiene existir más allá de la mera supervivencia?
“Los hombres, por su naturaleza, aparentemente no pueden ser felices si no se dedican a empresas que los hagan sentirse útiles. Por lo tanto, deben ser devueltos a la participación en tales empresas.
Sostengo, y los miembros de la Sociedad de la Camisa Fantasma sostienen:

Que debe haber virtud en la imperfección, porque el hombre es imperfecto, y el hombre es creación de Dios.
Que debe haber virtud en la fragilidad, porque el hombre es frágil, y el hombre es creación de Dios.
Que debe haber virtud en la ineficiencia, porque el hombre es ineficiente, y el hombre es creación de Dios.
Que debe haber virtud en el brillo seguido por la estupidez, porque el hombre es por turnos brillante y estúpido, y el hombre es creación de Dios.”
— Kurt Vonnegut, Player Piano (1952)

