

Después del sistema, nuestra responsabilidad con las y los adolescentes
Cuando una persona adolescente cumple con la medida impuesta por el sistema de justicia penal, su historia no termina. Al contrario, es el comienzo de una etapa esencial: la reinserción. Y en esa nueva etapa, todas y todos nosotros, la sociedad en su conjunto tenemos un papel fundamental que cumplir. No es un espectador más; es un protagonista activo.
El Sistema Integral de Justicia Penal para Adolescentes (SIJPA) fue creado para garantizar que los adolescentes tengan una segunda oportunidad. Esta oportunidad no puede quedarse atrapada en el papel, en los textos de ley o en las buenas intenciones; necesita, imperativamente, convertirse en acciones concretas y tangibles. Reinsertarse no es una tarea solitaria que recae solo al adolescente; es sin lugar a dudas, una responsabilidad compartida que nos convoca a todos.
Cada adolescente que ha pasado por el sistema de justicia carga con retos enormes que a menudo son invisibles para el resto de la sociedad. Enfrentan el estigma social, una marca que los persigue sin merecerla; la desconfianza generalizada, que les cierra caminos antes de poder mostrar su cambio; y la persistente falta de oportunidades educativas o laborales.
Si como sociedad no abrimos espacios reales y seguros para ellos, si no tendemos puentes en lugar de levantar muros, los estamos condenando, tristemente, a repetir los mismos caminos que los llevaron al contacto con la ley penal. Si no ofrecemos nuestra confianza y apoyo, ¿cómo podemos esperar que cambien y se desarrollen plenamente? Es una pregunta que nos interpela directamente.
Como familias, nuestro rol es el de acoger, comprender y reconstruir lazos. Como escuelas, tenemos el deber de integrar, educar y potenciar sus talentos, sin importar su pasado. Como empresas, podemos ser agentes de cambio, brindando una oportunidad laboral que es mucho más que un sueldo: es dignidad y propósito. Como autoridades, nuestra obligación es crear el andamiaje legal y social que soporte su reintegración. En resumen, tenemos el ineludible deber de:

- Darles un lugar, no rechazarlos: Cada joven merece un espacio en nuestra comunidad, en nuestras aulas, en nuestros equipos de trabajo. La exclusión solo genera más problemas.
- Ofrecerles trabajo, no cerrarles las puertas: Un empleo es la llave para la independencia, la estabilidad y la reconstrucción de su proyecto de vida. Es una inversión en su futuro y en la seguridad de todos.
- Escucharlos y orientarlos, no juzgarlos por su pasado: Su historia es más que un error. Es fundamental escuchar sus necesidades, sus miedos y sus aspiraciones para guiarlos eficazmente.
- Creer en su capacidad de cambio, porque son personas en formación, no etiquetas permanentes: Los adolescentes están en una etapa de desarrollo. Tienen la capacidad intrínseca de aprender de sus errores y forjar un futuro distinto si se les da la oportunidad y el apoyo adecuado.
El Estado tiene, sin duda, una obligación jurídica y moral ineludible de garantizar las condiciones óptimas para la reinserción efectiva. Esto implica ir más allá de la teoría y materializar:
- Políticas públicas que funcionen: Diseñadas con evidencia, evaluadas constantemente y adaptadas a las realidades de cada adolescente. No basta con tener un programa, debe ser eficiente y accesible.
- Programas de apoyo educativo robustos: Que aseguren la culminación de sus estudios básicos, el acceso a la educación media superior y superior, y la capacitación técnica para el empleo.
- Espacios de salud mental especializados: Que atiendan las secuelas emocionales y psicológicas del proceso penal y la privación de libertad, brindando herramientas para el manejo de emociones y el desarrollo de habilidades sociales.
- Alianzas estratégicas y duraderas con el sector privado: Creando puentes sólidos que transformen la voluntad en oportunidades de empleo concretas, con incentivos para las empresas que decidan sumarse a esta noble causa.
- Campañas contundentes que combatan el estigma: Rompiendo prejuicios y fomentando una cultura de segundas oportunidades y de inclusión basada en la confianza y el entendimiento.
Pero más allá de las leyes, los reglamentos y los programas, lo que realmente impulsa el cambio es la voluntad humana, la chispa de la empatía y la convicción. Se necesita que un maestro decida no discriminar y vea el potencial en cada alumno. Se requiere que una empresa, grande o pequeña, les dé la oportunidad de demostrar quiénes son hoy, con sus ganas de salir adelante, no lo que fueron ayer. Esta voluntad se convierte en el motor que mueve los engranajes de la reinserción.
Porque hablar de justicia para adolescentes no termina con la sentencia o con el cumplimiento de una medida. Comienza, verdaderamente, cuando les damos la mano con firmeza y convicción para salir adelante, cuando les brindamos las herramientas y la confianza para escribir un nuevo y prometedor capítulo en sus vidas.
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*Consejero Jurídico del TUJPA

