Mariana Casas Rodríguez y José Manuel Meneses[1]

Isadora Duncan es una mujer que revolucionó los paradigmas de su tiempo. Sin embargo, a pesar de su trascendencia sus escritos son muy poco conocidos. El volumen The art of the dance, editado por Sheldon Cheney en 1956 para la editorial Theatre arts books, contiene un interesante ensayo titulado The Parthenon, donde Isadora Duncan deja muy clara una postura acerca de la relación de la danza con el Partenón de Atenas, pensando en el monumento como uno de los referentes del arte occidental, un modelo de proporción donde convergen la libertad del movimiento y la solemne fortaleza de la resistencia.

En ese lugar mítico, Isadora Duncan encuentra inspiración para entregar al mundo una danza contemporánea que se identifica con las leyes de la naturaleza. En efecto, el arsenal del ballet clásico se distribuye a través de las virtudes de la simetría, armonía y movimiento que distinguen al conjunto de la Acrópolis. En este punto, leer a Isadora es recordar las palabras de Demócrito de Abdera, el filósofo que afirmaba que “el ser humano es un mundo en miniatura”, con la intención de establecer la relación del cuerpo como microcosmos y el universo o macrocosmos. Desde luego, desde esta perspectiva podemos afirmar que en cada pirouette del ballet se asoma el universo entero, en la misma medida que la segunda posición es una actualización corporal de la doctrina del Homo mensura, tal como lo teorizó el arquitecto romano Marco Vitruvio Polión y como, posteriormente, lo inmortalizó Leonardo da Vinci.

Más allá de que esta alusión convergente (cultura grecolatina-ballet) al cuerpo como el templo más íntimo, que ya de por sí es constante dentro de la literatura antigua, Isadora lleva este vínculo hasta una versión escénica fresca y renovada, para recordarnos: “Therefore dancing naked upon the earth I naturally fall into Greek positions, for Greek positions are only earth positions.” (Entonces, bailando desnuda sobre la tierra llegué a las posiciones griegas, ya que las posiciones griegas son las posiciones de la tierra). El cuerpo humano, a través de la danza, es capaz de expresar los valores que unifican al cuerpo con el universo, al tiempo que manifiestan la libertad del movimiento que rompe la tensión que domina en la aparente falta de movimiento. Se trata de una paradoja que atrapa a todos los que observan las líneas del Partenón en el que convergen la quietud y el movimiento: la sucesión de las posiciones del ballet clásico puede desentrañarse de la aparente quietud de las columnas dóricas, según Isadora “These columns which seem so straight and still are not really straight, each one is curving so gently from the base to the height, each one is in flowing movement, never resting, and the movement of each is in harmnony with the others” (Estas columnas que parecen tan rectas a pesar de todo no son realmente rectas, cada una se curva tan grácilmente desde la basa hasta su capitel, cada una está en movimiento fluido, nunca descansando, y el movimiento de cada una está en armonía con las otras).

De esta manera, la columna dórica es una imagen de la fuerza de las bailarinas que son, a su vez, capaces de mantenerse firmes e inmóviles, e inmediatamente después, retomar el movimiento con la gracia propia de la naturaleza, además de resaltar de una manera gráfica la coordinación que los espectadores vemos en el escenario y que le da sentido al movimiento de las bailarinas como unidad. Según Duncan, el ballet es un manifiesto de la naturaleza, describe la elegancia del cisne cuando se desplaza a través del lago o la actitud granítica de una columna que es necesaria para sostenerse en puntas, pues la pierna, el pie de la bailarina desafía la gravedad en un movimiento estético que semeja la solemnidad de las columnas que sostienen el Partenón de Atenas.

Por si fuera poco, el símil de bailarinas y columnas dóricas, nos permite comprender la profunda relación de la perfección que puede lograrse desde lo imperfecto y que, por eso mismo, es capaz de generar un efecto estético superior. Así como Calícles y Fidias arrancaron lentamente del mármol las proporciones necesarias para erigir un templo, bailarinas y bailarines esculpen lentamente su cuerpo, su técnica para llevarlo hasta un nuevo horizonte estético. La sección aurea se hace presente en los movimientos de los bailarines, el tutú de las bailarinas, cada rond de jambe y los sissonne ouvertes reproducen el movimiento de los astros en el firmamento o el de los átomos en lo más profundo del mundo material. Poco a poco, gracias a la disciplina necesaria en la práctica del ballet, artífices y artistas emprenden un camino de autorreconocimiento: se pierden ante la magnitud del desafío que plantea la perfección de un movimiento, sea en un solo paso o en la complejidad de una ejecución completa. Visto de este modo, la dignidad del artista se refleja en la arquitectura y en el ballet, por lo que comprendemos el amor y la fijación de Isadora con el arte griego.

Isadora Duncan bailando en la playa | © Arnold Genthe / Wikimedia

  1. Integrantes de la Casa del Tlacuilo A.C.

La Jornada Morelos