Quisiera quedarme atado a este momento y que se mantuviera colgando, como la luna que le queda de pendiente a una oreja de la tierra.


El sol de otoño se cuela por las calles de la ciudad y saluda algunas ventanas de apartamentos viejos, el tráfico se apila sobre si como piezas de jenga, tarde que temprano algo acabará por caerse, hay ruido siempre hay ruido, y en medio de ello el Ezan que cae como manto del cielo, es el canto que convoca a los fieles a la mezquita para las oraciones. DIOS está siempre ahí ¿es que no lo ves?

Un momento de dulzura me golpea la pierna cuando un gato de piel dorada y ojos verdes se acerca a ella con intenciones de mimo, me agacho a acariciarlo con la mano, y el gato también se pasea por mi brazo, eso me gusta de los felinos, según los toques ellos deciden si merece la pena ese coqueteo fugaz o no, satisfecho decide quedarse un momento, nos hacemos compañía, ese momento es el gesto de Dios en medio del tráfico, del ruido, y de repente desaparece, decide irse – seguir su camino, y yo el mío, levanto la vista y veo gente con pequeños bancos por las calles, todos afuera de locales de todo tipo, una tienda de tatuajes, otra de fruta y una más de telas, todos ellos afuera de ella, sostienen un cigarro con la mano y una taza pequeña de vidrio con çay, el té negro como ritual que también los sostiene a ellos juntos, mujeres con hiyab, ese velo que cubre su cabello pero que resalta sus ojos de una manera hipnótica, cuando algo se esconde detrás de una nube otro sol se asoma, también veo hombres casi todos con un bigote bien acicalado, o vello facial que portan como bandera de su masculinidad.

Pasa tanto aquí, me gusta estar en este sitio, Estambul está lleno de vida, el espíritu que conservaba Constantinopla se quedó aquí, la ambición de Mohamed por conquistar lo último que quedaba del imperio romano oriental, Santa Sofia convertida al Islam, el océano azul del mármol sobre el techo de la mezquita del Sultán Ahmed, los viejos pescando y compartiendo sus conquistas con los gatos, la devoción y el lavado de los pies para poder pisar lo divino, para entrar al sitio sagrado.

Me gusta tanto estar aquí. No sabría cómo explicarlo pero siento una conexión especial con Estambul.

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Hace poco me miré un video de Dan Mazor, saxofonista de Paté de Fuá, hablando de la realización de los sueños, el suyo era subir con su instrumento a un escenario y tocar música. Así de sencillo.

La vida nos lleva por caminos, y nos definen como personas. Sin el sueño de subir al escenario y tocar música no estaría pasando por el infierno del cuarto de ensayos, de las universidades, las jam sesions, los maestros privados, luego cuando ya estás en la talacha, el sueño se desvanece.

Y después viene una tocada que te cambia la vida, que te regresa a ese sueño inicial, y comprendes que el sueño se cumplió.

Es algo que pasa con frecuencia con el oficio. Mi sueño siempre fue ese, tocar música y viajar por el mundo, y a veces como dice Dan, se nos olvida que el sueño se cumple, tiene que venir un momento como ese que de un desparpajo mundano te lo recuerda, que te abofetea la cara, y te dice que esto que te pasa, este día, este ratito, es el mejor de los momentos posibles. Por un momento el sol de otoño te acaricia la cara, un gato en Estambul coquetea contigo, y por la noche subirás a un escenario a tocar música.

El sueño se ha cumplido.

Quisiera quedarme atado a este momento, y que se mantuviera colgando, como la luna que le queda de pendiente a una oreja de la tierra.

Foto: Cortesía del autor

Andrés Uribe Carvajal