

Cada vez que salta a la luz pública alguna rencilla a propósito de la obra de Juan Rulfo (ocurre a menudo) me acuerdo del Pato, mi profesor de literatura en la Preparatoria.
Alto, flaco y por lo regular guarecido tras unos lentes ahumados a lo tira, el Pato se tomaba absolutamente en serio aquello que enseñaba, es decir, sin solemnidad y con un dejo irónico. Se emperraba en que leyéramos Pedro Páramo y El llano en llamas, y cuando lo hicimos, nos dijo que aun sin haber entendido absolutamente nada de esos libros podíamos llegar a la casa anunciando que éramos especialistas en Juan Rulfo. Piensen que al leer libros así ⎯decía⎯ están leyendo, por lo menos, unos mil más; y sonreía y agregaba: no crean en géneros literarios, olviden eso, al menos con Rulfo olviden eso, porque sus cuentos también, si ustedes quieren, son poemas o incluso obras de teatro, hayan sido escritos donde sea, da lo mismo. Y de inmediato nos leía el segundo párrafo de “Nos han dado la tierra” (y con eso nos bastaba): “Uno ha creído a veces, en este camino sin orillas, que nada habría después; que no se podría encontrar nada al otro lado, al final de esta ranura rajada de grietas y de arroyos secos. Pero sí, hay algo. Hay un pueblo.”
Siempre pienso en el Pato como un tipo valiente no sólo por aventurarse como profesor de literatura, práctica tan arcaica, tan anacrónica, sino también por enfrentarse a un grupo de adolescentes adiestrados en la apatía, para quienes leer constituía únicamente un deber y jamás un placer. Mucho tiempo después, cuando supe que Pedro Páramo y El llano en llamas era prácticamente lo único que Rulfo había publicado (y acaso, escrito), lo recordé con una mezcla rara de cariño, miedo y risa. Yo era un especialista —¡desde la Prepa! — nada más y nada menos que en la obra de Juan Rulfo.
Una vez el Pato nos dio a leer La tregua, la novela de Mario Benedetti. Teníamos una semana de plazo, o algo así, y llegado el día de presentar el reporte de lectura, cuando yo ya me había resignado a no leer el libro y entregar una hoja en blanco por toda respuesta, una compañera que sí lo había leído me lo contó de un tirón durante el último recreo. Escribí entonces el reporte imaginándome a los personajes, cómo se movían, qué pensaban, cómo hablaban, y listo. El improvisado experimento estaba destinado al fracaso, pero, al menos por una vez, lo había intentado. Por suerte el Pato no era de esos profes capaces de inyectarnos el odio a la letra mediante exámenes en los que se pregunta por el nombre del protagonista o por país y fecha de nacimiento del autor; de lo contrario, yo estaba doblemente jodido. Durante algunas clases en las que nos asignaba la dificilísima tarea de escribir cualquier cosa, se sentaba a leer una revista deportiva o a Cortázar, soltando de vez en cuando alguna carcajada, sin prestarnos la menor atención: era, sin duda, su modo impredecible, altamente efectivo, de mantener bajo control la fiesta de las hormonas.
Cuando entregó los resultados, con sorpresa supe que el reporte había sido aprobado. Me sentí en las nubes, inquieto, con el vértigo de haber robado algo cuyo valor no estaba claro. Pero al terminar la clase de ese día, el Pato me llamó aparte: obvio no lo leíste ⎯me dijo sonriente, ante mi cara de espanto⎯, pero está bien, al menos hiciste el intento de contar un cuento, de escribir un reporte sobre un libro imaginario… ¿sabes que hubo escritores que ya hicieron eso? Esbozó otra sonrisa, se sacó los anteojos y mirándome a los ojos, con toda calma, dijo: miente, siempre.
A fin de ese año el Pato se fue. Llegaron otros profesores de literatura y con ellos los exámenes en los que se preguntaba por el nombre del protagonista y por país y fecha de nacimiento del autor. Entonces me quedé, ahora sí, doblemente jodido, muy triste y descreído de la vida. Como buen especialista en Rulfo.


Fotografía: Juan Rulfo, Casa en ruinas en Actipan. Cortesía del autor

