Ella Cambió la Ciencia (y el Lenguaje)

 

Eskimo de Fresa nació un 11 de febrero, en el marco del Día Internacional de las Mujeres y Niñas en la Ciencia, como un espacio para contar historias de mujeres extraordinarias en la ciencia, la tecnología, la ingeniería y las matemáticas. Pero no solo para hablar de sus descubrimientos, sino para recordar las batallas que libraron para llegar ahí. Porque la ciencia, como la historia, también tiene sus protagonistas olvidadas.

Y si hay una historia que puedo contar una y otra vez, es la de Mary Somerville, una pionera en toda la extensión de la palabra. Mary nació en 1780 en Escocia, en una familia de clase media-alta. Su destino, como el de muchas niñas de la época, parecía escrito: aprender labores domésticas y convertirse en «una dama respetable». Pero Mary tenía otros planes.

De niña, se escapaba para recolectar plantas, observar el cielo nocturno y perderse en su propia curiosidad. Un día encontró un libro de álgebra. No entendió nada… y por eso decidió que tenía que aprender. Su familia, preocupada porque los estudios «podían dañar la mente de una mujer», la mandó a una escuela de etiqueta en Edimburgo. Pero en lugar de aprender a tomar el té con gracia, encontró formas de seguir estudiando matemáticas en secreto. Convenció a su hermano menor de prestarle sus libros y, cuando descubrió la geometría de Euclides, supo que no había vuelta atrás.

A regañadientes, su familia permitió que tomara algunas clases privadas, pero el apoyo no era precisamente incondicional. Mary tuvo que luchar por su educación en un mundo donde las mujeres no eran bienvenidas en los círculos científicos.

Su primer matrimonio no ayudó. Su esposo, Samuel Greig, consideraba que su interés por las ciencias era una «excentricidad». Pero tras enviudar, Mary heredó una fortuna que le permitió, por primera vez, dedicarse plenamente a la investigación. Su segundo esposo, William Somerville, sí la apoyó, convirtiéndose en su cómplice intelectual.

En 1834, Mary publicó On the Connexion of the Physical Sciences, un libro tan influyente que sacudió a la comunidad científica. En ese entonces, los hombres dedicados a la ciencia eran llamados «filósofos naturales» o «hombres de ciencia»… pero ¿cómo llamar a una mujer que hacía ciencia?

El poeta Samuel Taylor Coleridge comentó que el término philosopher no era adecuado para describir el trabajo empírico de Somerville. Fue entonces cuando William Whewell, un académico de Cambridge, propuso un nuevo término: scientist. Sí, Mary Somerville fue la razón por la que hoy tenemos esta palabra. Y lo mejor: en inglés, scientist no tiene género.

Mary Somerville además de ayudar a definir la identidad científica moderna, hizo accesibles las ideas más complejas de su tiempo. Explicó las leyes del movimiento planetario y la gravedad de una forma que más personas pudieran entender (básicamente, hizo divulgación científica y de hecho fueron las mujeres las que iniciaron a hacer divulgación de la ciencia con el afán de aprender y compartir con otras antes de que los hombres acuñaran este término). También estudió la relación entre electricidad y magnetismo, ayudando a sentar las bases del electromagnetismo.

Su impacto fue tan grande que, cuando murió en 1872, The London Post la describió como «la reina de la ciencia del siglo XIX». Y aunque su historia no se cuenta tanto como la de Newton o Einstein, su nombre quedó grabado en la historia… y en un cráter de la Luna que lleva su nombre.

Mary Somerville / Imagen cortesía de la autora

Karime Díaz