

Restar confianza, suma miedo
No me gustan las matemáticas. Esta frase la repetí como mantra desde la primaria hasta el posgrado. Y lo decía porque fui (y sigo siendo) mala para las matemáticas. Eran mi coco. De verdad. Me daban miedo, ansiedad, sudor en las manos. Y no lo digo en broma: durante años crecí convencida de que “no tenía cabeza para los números” a diferencia de mi hermano quien parecía que las matemáticas para él eran lo más fácil del mundo ¡Hasta le gustaban! Pero después entendí que no era una incapacidad, era una herida.
Es una realidad que, en muchos países, las niñas y mujeres somos malas en matemáticas. Los hombres como buenos calculadores por naturaleza nos superan (según). Pero… Las niñas no nacemos malas en matemáticas. Lo que sí enfrentamos desde muy pequeñas son entornos que dudan de nuestras capacidades, que nos empujan sutil o abiertamente hacia otras áreas, y que cuando cometemos un error, no dudan en señalar: «es que las niñas no son buenas para eso». Ojo que acá, también eso pasa con los niños, pero luego hablamos de eso.
Un estudio publicado el mes pasado en Nature encontró que, a los 4 meses de haber iniciado la primaria, ya se detecta una brecha de género a favor de los niños en matemáticas, en un universo de más de 2 millones de estudiantes franceses. ¿La razón? No es biológica, ni tampoco es neuronal. Es social: la escuela misma, lejos de corregir desigualdades, las instala.
Pero esta no es una excepción. La investigación sobre género y matemáticas lleva décadas repitiendo lo mismo. No hay diferencias significativas en aptitud matemática entre niñas y niños. Lo que hay es una combinación peligrosa de estereotipos, presión social y entornos que no dan a las niñas lo que sí les dan a los niños, esa confianza, estímulo, validación de que pueden y lo son.
El fenómeno conocido como amenaza por estereotipo ha sido documentado una y otra vez. Cuando a las niñas se les recuerda que “no son buenas en matemáticas”, su rendimiento en pruebas baja. ¿Por qué? Porque les provoca ansiedad, les drena la confianza, y les quita espacio mental para concentrarse.

Además, los factores ambientales hacen lo suyo y sí que son relevantes para moldear nuestro cerebro y sus procesos. Algunos métodos de enseñanza favorecen estilos de aprendizaje más comunes en niños. Los estereotipos culturales refuerzan que “ellas no pueden”. Las niñas reciben menos estímulo en casa y en el aula para explorar áreas que incluyen matemáticas y cuando se equivocan, suelen ser castigadas socialmente más que los niños.
Y, sin embargo, cuando el entorno es justo, las niñas no solo igualan a los niños en matemáticas, en muchos países, incluso los superan. Los datos de evaluaciones como PISA (OCDE) han mostrado que, en varias regiones del mundo, las niñas tienen mejor desempeño académico general, incluyendo en matemáticas y ciencias. Entonces la pregunta verdadera es ¿qué estamos haciendo para que las niñas no quieran, no se atrevan o no se sientan capaces?
A lo mejor yo hubiera tenido otra historia con las matemáticas si alguien me hubiera dicho que mi inseguridad no nacía de mis capacidades. Que era válida, pero que no tenía que cargarla sola. Que el problema no estaba en mi cabeza, sino en las ideas que me metieron en ella.
Hoy, más que nunca, necesitamos romper esos moldes. Cambiar no solo lo que enseñamos, sino cómo, a quién, con qué palabras y con qué afecto. Porque cada niña que deja de creer que puede con los números, es una oportunidad perdida para la ciencia, para el arte, para la sociedad entera.
Ya basta de repetir que a las niñas “no se les dan” las matemáticas. Más bien, dejemos de robárselas.
*Comunicadora independiente de ciencia. Instagram: @karimediaz_

Imagen: Diario La Vera. Cortesía de la autora.

