

Desde La Habana, tras las huellas del hombre que amaba a los perros. 2ª. parte.
Fíjense queridos lectores, que como bien dijo Paco Ignacio Taibo I en uno de sus preciosos y cotidianos envíos de El Gato Culto a El Universal a fines de los años 80: “Siempre hay tres verdades: la verdad oficial, la verdad de la oposición y en medio de ambas está la Verdad”. No me perdía yo ninguno de sus gatos, siempre iban acompañadas las frases de Taibo con distintas muecas alusivas al texto que le hacía el caricaturista Efrén. Me encantaban su sección.
Ya les comentaré próximamente acerca de esas tres verdades de El Gato Culto sobre todo en lo que se refiere al español Ricardo Mercader en su participación en la muerte de Liev Trotsky. Pero al recorrer feliz La Habana, recordé un inolvidable encuentro con plática de más de cuatro horas que sostuve con el filósofo y escritor Elíades Acosta Matos en su oficina del PCC cuando él era jefe de Cultura y yo debía cubrir el requisito de su visita antes de la presentación de uno de mis libros. Eso fue en 2008.
Elíades al hacerme un repaso de lo que llegó a ser La Habana en el primer trienio del siglo XX que era una joya de ciudad y centro de reunión de lo más granado del Jet Set internacional con mansiones que rivalizaban con las mejores del mundo, por cierto, varias de ellas han sido restauradas y lucen como en sus mejores tiempos, otras han sufrido el deterioro y el abandono, sobre todo a partir de la revolución cubana.
Era tal la sofisticación de la clase alta, que de niña durante las pláticas familiares escuché que mi madre de jovencita con su familia en uno de sus viajes entre México y París, pararon en La Habana para acudir a una invitación de la dama de sociedad cubana Rosalía Abreu y que, al llegar a su mansión, un orangután entrenado era el que abría la puerta a los invitados. Con el tiempo me pregunté si habría sido cierto o no, lo de ese relato, pero en esta última visita hace unos días, en plática con el joven ingeniero Arsenio Manuel Sánchez Pantoja, que labora en el departamento de Gestión del Patrimonio Cultural cubano en la oficina del gran Eusebio Leal con el que trabajó hasta que murió este último, me comentó qué ¡sí fue cierto! que hay una antigua mansión a la que incluso llaman la Mansión de los Monos, que se está restaurando y pronto quedará lista.
De vuelta a Elíades Acosta, me explicaba: “Obviamente chica, ese gran lucimiento de la riqueza habanera trajo consigo una gran desigualdad social y económica lo que propició entre otros factores el cambio de timón gubernamental”. Ese único día de mi encuentro con Acosta Matos, en que salí de su oficina cargada de preciosos libros sobre la historia y literatura de su país, verán la cultura que se advierte por doquier:

Al llegar al Hotel El Nacional, entré y me senté en el lobby frente a una mesa de centro y puse los libros encima. El elegante portero, se dirigió tranquilo hacia mí y con una sonrisa me dijo: “Cuántos libros chica”. Mi respuesta, al devolverle la amable sonrisa fue: “Elija por favor los que quiera”. Solo eligió uno: El siglo de las luces, de Alejo Carpentier.
En esta última visita, pude apreciar el espíritu de la gente con la que por doquier platiqué con su orgullo y amor por su patria por delante. Pese a la gran población que salió a vivir fuera, los que optaron por quedarse: de acuerdo o no con la situación política que viven, lo hicieron por el sentido de pertenencia con Cuba, sin ningún asomo de buscar otras nacionalidades o de salir como sea hacia el exterior. Viven, felices y tranquilos, adaptándose día a día a lo que les trae cada nuevo amanecer. Incluso un joven acomodador de productos en un supermercado me refirió: “A Cuba nadie la bloquea chica, seguimos exportando e importando con países no alineados, lo que hay en Cuba es un embargo que sí nos daña y mucho, pero saldremos de él también”.
Otra novedad es que me encontré con cubanos que conocieron a Ramón Mercader y así, como Leonardo Padura, el gran escritor del maravilloso libro “El hombre que amaba a los perros”, poco a poco lo iré conociendo coloquialmente con quienes lo trataron en Cuba. Hasta el próximo miércoles.

Imagen de la Mansión de los Monos, en La Habana, emblemática residencia construida en 1906 por el arquitecto francés Charles B. Brun para la filántropa dama de sociedad Rosalía Abreu. Su legado sigue siendo objeto de estudio y admiración. Foto de: buenosdiascuba.com

