“BARZÓN DEL SUR” * A 27 AÑOS DE SU AUSENCIA

 

En 1993 se soltó una lluvia de embargos, remates y desalojos sobre campesinos de Chihuahua, Durango y Zacatecas. Las desbocadas tasas de interés impuestas con criterios usureros hicieron impagables los créditos. Protestar y organizarse fue la única alternativa que los afectados tuvieron para salvar su patrimonio. Surgió «El Barzón», impulsado, entre otros, por Alfonso Ramírez Cuéllar, amigo de Eloy desde su época de estudiantes.

Eloy se acercó a ese movimiento que pronto tendría alcance nacional y, visionario, se le prendió el foco de convocar a crear «El Barzón del Sur Morelos» y para ello subió y bajó por todo el estado. La conducción de Eloy fue clave para que cientos de morelenses no perdieran negocios, casas, maquinaria o tierras.

Cuando en septiembre de 1994 Eloy protestó como diputado local, ya tenía suficientemente acreditado, con hechos, que era un genuino luchador social. Y el cargo, en lugar de alejarlo de esta condición, lo hizo comprometerse más. Y se encontraba bien comprometido con las causas populares.

La tarde del 25 de octubre de 1997, al momento de salir de una reunión con presidentes municipales perredistas, José Luis Correa, a quién Eloy no tragaba por considerarlo alfil de Graco, me dice:

—Ortiz —así se refería a él— quiere reconciliarse, nos invita a comer mojarras en San Gaspar, le dije que vamos para Tlayacapan y Atlatlahucan, pero insiste que nada más nos echamos las tres de regla, que de por allá nos vamos a las asambleas.

—Si de verdad quiere hacer las paces, que retome las tareas de su secretaría de organización, hoy debía asistir a esta reunión y le valió gorro. Que nos acompañe, y terminando, vamos a cenar y nos echamos todas las que quiera —le respondí de modo intransigente.

—Me echo yo las tres de regla con él y luego los alcanzamos —propuso Correa.

—Qué los alcanzarnos ni que la chingada, a la tercera de regla le seguirá la de la casa, luego la del estribo, después la penúltima y así hasta agarrar la peda —le dije.

Salimos de Tlayacapan a las diez de la noche, pasamos a cenar a San Carlos. Correa se reportó invitando a que nos encontráramos en un antro por el norte de Cuernavaca, que ahí se verían con un panista y un priísta hábiles vaciadores de copas. No acepté. Me vine a Jojutla. Allá departieron hasta las dos o tres de la mañana. Remataron en otro antro a la salida de Acatlipa. A las cinco de la mañana se despidieron. Cada quien subió a su vehículo, se echaron de reversa para coger la carretera. Cuando Correa enfilaba a Temixco, abajo, a doscientos metros, Eloy se topó con la muerte en un fatídico accidente carretero.

—Te voy a llevar a Pandacua, el pueblito donde nací, Pandacuareo, municipio de Zirándaro, en la mera Tierra Caliente —me prometía Eloy—. Quiero que conozcas de dónde vengo —insistía.

Reiteradas ocasiones repitió la promesa, por lo general después que ya habíamos ingerido altas dosis de bebida amarga. Aún más amargos eran sus nostálgicos recuerdos del padre fallecido.

Y sí, conocí Pandacua. Nomás que Eloy nunca me advirtió que sería después de un triste y doloroso viaje. Sí, triste, doloroso, pues era yo parte de su cortejo fúnebre. Una multitud lo veló un rato en casa de sus abuelos; después lo acompañamos a reencontrarse con su desecha madre, en cuya casa le rezaron un rosario.

Imagen cortesía del autor

Julián Vences