

Otras formas de escritura
María Olivera*
Conocí el trabajo de María Gainza durante la pandemia COVID-19 en el año 2020, cuando por una fuerza del azar llegó a mis manos El nervio óptico. El libro –publicado en 2014 y reeditado en 2017– reúne once relatos en los que la autora describe cuadros, artistas y exposiciones con la misma naturalidad con la que comparte una anécdota personal. Aquella lectura me sorprendió de tal manera que cambió mi relación con la escritura sobre arte y, a cinco años de este primer encuentro, lo sigue haciendo. En un momento en que muchas personas insisten en que la crítica de arte está en vías de extinción, el trabajo de Gainza aparece como una grieta luminosa en este contexto.
Lo que la escritora argentina hace no es, en sentido estricto, nuevo: dejarse atravesar por la emoción que provoca una obra y convertirla en literatura es un gesto antiguo. Pero en Gainza hay otra cosa. Ella se refiere a su novela como “una guía de museos”, en donde la vida de la protagonista (sin nombre y siempre femenina), a través del diálogo y encuentro con el arte (piezas, artistas, coleccionistas, etcétera), crea una narrativa en la que nos acercamos al arte y a las diversas emociones y experiencias de la humanidad. Dicho de otro modo, Gainza va y viene entre lo personal y lo contextual sin reparo. Así, parte de una exposición o de la anécdota de algún artista para inscribir las historias en un contexto más amplio (y “verdadero” en el sentido academicista), es decir, el de la Historia del arte, al mismo tiempo en que dialoga con estos motivos desde su experiencia personal, dando al texto un sentido atemporal y anecdótico, como una lectura que funciona a lo largo del tiempo.
Gainza lo explica mejor que nadie: “Así como el curso de un río se alimenta de muchos afluentes, la lectura de una obra de arte está hecha de un centenar de datos dispersos e impredecibles: la crítica dura y la emoción sincera, la teoría y la charla casual…”. Y es justo esa mezcla lo que vuelve tan particular su escritura. En lugar de un texto explicativo, nos da una vivencia: un modo de mirar y escribir sobre lo que miramos.
Uno de mis textos favoritos –y al que vuelvo constantemente quizá por su manera de escribir, quizá porque habla del mar–, es “Refucilos sobre el agua”. El relato empieza con una escena íntima donde la protagonista recuerda su primer viaje a Mar del Plata con su novio y unos amigos. “Dejen que les cuente algunas cosas, algo así como mi historia íntima con ese pedazo de agua”, nos dice la escritora/protagonista de pronto y en esa cercanía abre el camino para presentar la pintura que articula el relato: “El primer gran flechazo ocurrió en la adolescencia: me enamoré de una marina de Courbet que vi en un documental que nos pasaron en el colegio”. La autora nos contará después que el cuadro se llama «Mar borrascoso” y está en el Museo de Bellas Artes de Buenos Aires. “En primer plano una ola cargada de espuma rompe contra las rocas; a la altura del horizonte, el agua y el aire se mezclan; más arriba, el cielo se desfleca en nubes rosadas. Es un óleo realizado en 1989 y mide casi un metro por un metro, el tamaño justo para colgar sobre la chimenea, si tuviera una…” . Quisiera transcribir más de este relato pero quizá así les animo a leerlo completo.

Creo que es justo en ese ir y venir entre la emoción y la referencia académica, entre la memoria íntima y el dato histórico, que el libro de Gainza se vuelve un umbral, como un pretexto fértil para seguir explorando otros modos de mirar, hablar y escribir sobre arte. Sus gestos insisten en que ningún discurso sobre las imágenes está clausurado, que siempre hay una rendija desde donde volver a entrar para crear textos que abracen la subjetividad sin renunciar al rigor y que hagan del arte un territorio donde la teoría y la vida coexisten.
*María Olivera. Subdirectora de Investigación del MMAC y crítica de arte.

Imagen cortesía de la autora

