

Del canto mixteco al spleen de Baudelaire
*Cristo Contel
Hace unos días, en el auditorio Teopanzolco, escuché a Pasatono Orquesta, músicos-investigadores oaxaqueños que dedicaron el concierto a Catalina Castelo, la gran laudera de los bajoquintos que vivió en la calle de Pino, en los patios de la estación aquí en Cuernavaca. En ese concierto interpretaron una canción titulada Tiricia o cómo curar la tristeza.
En algunas regiones de México, especialmente en comunidades indígenas de la Mixteca, la tiricia se entiende como una enfermedad del alma que provoca profunda tristeza, desilusión, decaimiento, falta de libertad y nostalgia. El sonido de esta canción era narcótico y, al mismo tiempo, profundamente cercano. La tiricia no es simple melancolía: es un vacío que corroe, una renuncia a la vida.
Al oírla, me vino de golpe la sensación de lo que uno de los poetas malditos asociaba con otra palabra que, desde otro lugar del mundo, nombra lo mismo: el spleen de Baudelaire. Ese cansancio existencial que, transformado en sombra, embiste y provoca vértigo, hace perder sentido a lo cotidiano; un estado de tristeza sin causa definida que lo invade todo. Un sentimiento que conecta con la antigua teoría de la bilis negra.
Ambos conceptos señalan un mismo territorio: el de los sueños que se apagan con el paso de los años. La tiricia y el spleen son la señal de que hemos dejado de habitar el impulso que alguna vez nos movió; que abandonamos los proyectos que nos definían para conformarnos con lo que hay. En el camino de la vida, tantas veces ocurre que los deseos iniciales se diluyen en las urgencias diarias. La rutina impone sus reglas y la razón de ser, aquella chispa que nos hacía crear o arriesgar, parece perder fuerza. Nos acostumbramos a la tiricia como si fuera un destino inevitable.

En el arte, esta sensación se vuelve todavía más evidente. Un proyecto comienza con ilusión, con la fuerza de una idea nueva, con el deseo de compartirla. Pero, con los años, surgen obstáculos, se acumulan decepciones, el entusiasmo inicial se enfría. Muchos artistas viven esa paradoja: trabajan en el estado del desengaño clarividente, pero terminan atrapados por la inercia, por la costumbre, por la sensación de que ya nada puede cambiar. Allí, la tiricia y el spleen se instalan como un peso invisible.
Sin embargo, la música de Pasatono recordaba algo distinto: que la tristeza, por honda que sea, también puede transformarse. Cantar la tiricia es ya empezar a curarla. Nombrarla colectivamente es reconocer que no se vive en soledad. El spleen de Baudelaire encontraba en la poesía un modo de volverse belleza, de hacer visible lo insoportable. Así también, el arte abre fisuras donde la desesperanza parecía definitiva. El arte no borra la tristeza, pero la convierte en experiencia compartida, en acto que devuelve sentido.
En ese gesto se juega, creo, una resistencia vital: volver una y otra vez al umbral del deseo, no permitir que la costumbre anule la posibilidad de soñar. Crear no garantiza felicidad, pero sí ofrece un camino para no quedar presos de la renuncia. La tiricia y el spleen pueden atraparnos, pero también pueden ser el punto de partida de una nueva búsqueda.
Quizá se trata de aceptar que los sueños no siempre se cumplen como los imaginamos, pero que en su transformación reside también la vida. Escuchar aquella canción me lo recordó: lo que parecía solo tristeza era, en realidad, una invitación a seguir imaginando. El arte, con su capacidad de tocar lo más profundo, nos devuelve la fuerza para atravesar la sombra y descubrir que aún podemos reinventar nuestra razón de ser.
Cristo Contel Director del MMAC y Artista.

