La promesa de la presidenta de convertir a México en una potencia científica ha adquirido una dimensión simbólica importante con la reciente transformación del Consejo Nacional de Humanidades, Ciencia y Tecnología (CONAHCYT) en una Secretaría de Estado, este cambio institucional, en teoría, representa un paso hacia la jerarquización del sector científico en la estructura gubernamental, sin embargo, al analizar más de cerca esta reestructuración, se hace evidente que la transformación no viene acompañada de un aumento significativo en los recursos destinados al sector, esto genera dudas sobre si el cambio responde realmente a una visión estratégica o si se trata de una medida más orientada al simbolismo político que a un impacto estructural y tangible.

El presupuesto asignado al CONAHCYT en los últimos años ha estado lejos de los estándares necesarios para fomentar un crecimiento sustancial en el sector, con su conversión en la Secretaría de Ciencia, Humanidades, Tecnología e Innovación, se esperaba que este movimiento estuviera acompañado de una inyección significativa de recursos para cubrir las necesidades de infraestructura, equipamiento y talento humano, sin embargo, los datos presupuestarios disponibles muestran que no hay un incremento real en los fondos asignados, manteniéndose en cifras cercanas al 0.31% del PIB, muy por debajo del promedio de los países de la OCDE que destinan más del 2.4% del PIB a este rubro, esta desconexión entre la ampliación institucional y la falta de recursos plantea preguntas críticas sobre la viabilidad del objetivo de convertir a México en una potencia científica.

La creación de la nueva Secretaría plantea además un desafío operativo, si bien contar con una estructura ministerial puede facilitar la coordinación interinstitucional y otorgar mayor visibilidad al sector científico, la falta de recursos adicionales limita su capacidad de implementación, el resultado más probable es que las funciones se mantengan en un nivel operativo similar al del antiguo CONAHCYT, pero con una carga administrativa y expectativas sociales mayores, lo que podría traducirse en ineficiencia y frustración entre la comunidad científica.

Otro problema que surge con esta reestructuración es la posibilidad de que el énfasis se centre más en el control político que en la promoción efectiva de la ciencia, la centralización de las decisiones científicas en una nueva Secretaría puede aumentar la burocracia y politizar aún más la agenda de investigación, desviándola de prioridades estratégicas de largo plazo hacia objetivos inmediatos que respondan a intereses coyunturales, esto representa un riesgo para un sector que requiere continuidad y autonomía para desarrollar proyectos a mediano y largo plazo.

La transformación institucional sin el incremento presupuestal necesario también deja fuera la posibilidad de atender problemas estructurales en el sector, entre ellos destacan la precariedad de los investigadores, la falta de becas suficientes para estudiantes de posgrado y la infraestructura científica en algunos casos obsoleta, en este sentido, convertir a México en una potencia científica requiere mucho más que un cambio de nomenclatura institucional, requiere una política científica que se traduzca en un aumento significativo del presupuesto, en incentivos para la inversión privada en investigación y desarrollo, y en la creación de puentes efectivos entre la academia, la industria y el sector público.

Países como Corea del Sur han demostrado que la inversión y la planeación estratégica son factores clave para posicionarse como líderes globales en ciencia y tecnología, en contraste, México no solo enfrenta una inversión insuficiente, sino también una desconexión entre su potencial científico y su aprovechamiento en sectores estratégicos, mientras que en Corea del Sur el gasto en investigación y desarrollo supera el 4% del PIB y está alineado con un plan nacional de innovación, en México el presupuesto destinado a la nueva Secretaría no parece suficiente para generar el impacto transformador que el país necesita.

La transformación del CONAHCYT en Secretaría de Estado sin recursos adicionales refuerza la percepción de que el gobierno privilegia el simbolismo sobre la sustancia, si bien el cambio podría interpretarse como un compromiso político con el sector, la falta de financiamiento pone en duda la capacidad de la nueva Secretaría para cumplir con los objetivos ambiciosos que se han planteado, convertir a México en una potencia científica no es solo un desafío presupuestario, sino también uno de voluntad política y visión estratégica, sin un aumento sustancial de recursos y una política integral que aborde las necesidades del sector, el cambio institucional corre el riesgo de ser un esfuerzo vacío que no alterará la realidad de la ciencia en el país.

En última instancia, la ciencia y la tecnología son pilares fundamentales para el desarrollo y la competitividad de las naciones, para México, el éxito en este rubro dependerá de una acción gubernamental decidida que no se limite a cambios administrativos, sino que establezca una base sólida de recursos, políticas coherentes y una estrategia a largo plazo que trascienda los ciclos políticos. Sin estos elementos, la transformación del CONAHCYT será poco más que un cambio nominal en un sector que requiere con urgencia un cambio estructural.

*Profesor de El Colegio de Morelos

Fuente: Imagen elaborada con IA

Jorge Enrique Pérez Lara