

Sería iluso pensar que los animales han sido siempre los mismos, sobre todo cuando pensamos en animales domésticos, pues debemos comprender que su anatomía actual es el producto de cambios violentos, más allá de eso, su ser es el resultado de una serie de prácticas y discursos que ha impactado sus cuerpos a lo largo de los siglos, determinando sus contornos y profundidades. Tales cambios desafían los límites de lo meramente natural, ya que la variación, consolidación y conformación de algunos de sus rasgos son obra de la voluntad humana, de la estrategia y el minucioso trabajo de prácticas y discursos diseñados para con-formar su anatomía: llámese biología, agricultura, ganadería, veterinaria, adiestramiento animal e, incluso, el animalismo.
Desde el horizonte de la sociedad actual es difícil pensar a perros y gatos, compañeros de la vida familiar, bajo la imagen de amigos cordiales que de buen modo nos regalan sus sonrisas y compañías. Todo lo contrario, pues su apacible presencia, su constancia en el temperamento o su explosiva agresividad son producto del trabajo milenario del hombre sobre su cuerpo, ya que sobre ellos ha operado una serie de procedimientos disciplinarios que los arrancaron de su ambiente, con la contundencia del tormento y sus mil variaciones y matices, con la fuerza del encierro y del adiestramiento, del registro y el control, del condicionamiento tanto como de la amputación, así, los hemos llevado a ser lo que son: el reflejo más tierno de nuestra violenta relación con la naturaleza.
En este sentido, la figura del perro es quizá la plataforma a partir de la cual puede rastrearse esta milenaria locura, este uso y aplicación de la violencia, esta relación violenta con nuestro entorno y, en el extremo, de una sociedad de consumo que se ha permitido la locura de pensar en un animal como un cuerpo destinado a nuestra compañía con la ridícula e irresponsable mirada del antropocentrismo más recalcitrante. Estamos ante un sacrificio y una amistad propiciatoria, pues se trata de las exigencias y el capricho de una humanidad que ha jalonado el cuerpo del animal a su antojo e interés, cuando los ha necesitado fuertes y feroces los ha llevado al límite de sus cuerpos, si la necesidad era mantenerlos pequeños e indefensos, se han utilizado otras técnicas como la privación del alimento, la inmovilidad y el encierro: así tenemos grandes como los mastines, o pequeños despojos de la tortura y el sufrimiento como los salchicha, peludos u orejones, policía o de pelea, todo bajo el pedido egoísta del gusto humano, de lo que quiere ha querido o querrá en el futuro.
De esta forma, su ser no está en ellos y desde el punto de vista metafísico no son causa sui, sino que su ser les va por fuera y, en última instancia, al ritmo impuesto por el mercado. Su cuerpo da cuenta de las relaciones sociales de poder, en sus membranas y órganos se muestran las líneas de un sistema que se apropia de los cuerpos y de su lógica, colonizándolo para remitirlos al abismo del consumo.
Curiosamente, la sociedad contemporánea construye discursos normativos que pretenden atajar la violencia en contra de los animales, es famoso el caso de los animales de circo y aquellos destinados al zoológico. Sin embargo, esta sociedad no es capaz de percatarse de la violencia encarnada que se arrastra en nuestras casas, en los techos, en las calles o que, plácidamente se recuesta a nuestros pies en la sala de estar. Bajo esta perspectiva, al lado de los movimientos animalistas se cierne una tierna hipocresía, pues la cándida y pudorosa sociedad que, aterrada de sí misma, confiere derechos a los animales es la misma que los ha sometido a uno de los más violentos procesos anatomopolíticos que se puedan documentar a lo largo de la historia y, en el extremo de su cinismo, se permite acariciar los despojos saltarines, esponjosos y tiernos de un proceso que desafía los desvaríos más extremos de un Víctor Frankenstein o Josef Mengele.
Una vez más, se constata que la violencia tiene muchos rostros, se esconde detrás del supermercado abarrotado o en la explotación de la mano de obra asalariada, en la programación de los medios de comunicación y en las guerras por los recursos naturales, pero también se esconde detrás de la relación con ciertos animales que se han pensado como destinados, necesariamente, a la compañía. De tal forma, la violencia en contra del mundo animal, no ocurre únicamente en un zoológico y sus redentores no siempre se encuentran dentro del gremio de los así llamados animalistas o amantes de los animales.

Nahuatlato, Profesor de tiempo completo en el Colegio de Morelos.


