Escuché esta mañana un par de relatos sobre la vida infantil del maestro Adolfo Mexiac, a quien están dedicadas sendas exposiciones recientes (activas), tanto en el MUNAL como en el MUNAE (Museo Nacional de la Estampa), y a las que les invito a presenciar por su valor tanto artístico como histórico.

Siendo él niño y el mayor entre sus hermanos, allá por el año 1932, en Michoacán, en una ocasión su padre le encargó ir por un objeto que había dejado en un pueblo vecino, pero siendo ya horas de la noche. El propósito paterno, muy común en aquellos tiempos, era “forjar un hombre”, léase entregarlo a lo desconocido, peligroso, sin más recursos que su corta experiencia y su talento para entender este mundo, que hasta entonces sólo conocía con luz.

El niño tenía que obedecer, y en caso de que faltara su padre, se debería hacer cargo de la familia, y eso hizo, no sin gran temor, pues antes no se le había encomendado tal tarea, y menos a esas horas. Por el camino, escuchó llamados de animales de variados tamaños, entre ellos coyotes, por supuesto de insectos, y tuvo también que recordar las señales que sólo identificaba de día, para encontrar su camino tanto de ida como de vuelta. Sus pasos generaban ruidos que sobresalían por el campo, los acompañaban otros ecos nocturnos y atemorizantes.

Era el mayor, atrás estaban sus hermanos, con la zozobra de lo que sería de su hermano, junto a su padre instructor y su fuerte mirada. Salió avante en el reto, y su logro resonó durante toda su vida, tanto en su mente como en su mano reveladora.

Existe un grabado que da cuenta de otra experiencia brutal, en relación con el trato que le daba su padre. Éste lo llevó hasta una poza de agua muy fría, donde le ordenó sumergirse, con la advertencia de no salir del agua hasta que se lo permitiera. Nuevamente tuvo que obedecerle, bien sabía sus modos de reprender y castigar la desobediencia. Esa obra muestra a un niño desesperado, sumergido, viendo hacia el padre, quien allá arriba y con terrible mirada no le permitía aún salir a la superficie.

Nos ha contado ese par de relatos, su viuda, la querida maestra Patricia Salas, colega de esta Jornada de Morelos, misma que donó recientemente al MUNAL, con plena convicción, 44 obras, y 84 grabados al MUNAE, todas del maestro Mexiac, con variadas técnicas, que hoy día son patrimonio de nuestro país, gracias a la generosidad de esta pareja de enamorados. En estas semanas se realizan jornadas académicas para acompañar estas exposiciones y poner en valor de las obras donadas, a disposición de nuestra vista y así poder admirarlas.

El maestro Mexiac vivió decenas de años en Cuernavaca, hasta su deceso. Se formó en la Academia de Arte San Carlos, también en La Esmeralda y en la Escuela de las Artes del Libro. Sus maestros fueron José Chávez Morado, Leopoldo Méndez y Pablo O’Higgins. Fue miembro del Taller de Gráfica Popular de 1950 a 1960 y cuenta con amplio reconocimiento internacional por la calidad de sus obras, grabados y pinturas, entre ellas murales y afiches sobre el movimiento del 68, del que pretendidos historiadores de hoy día, adjudican “pudor” al presidente que ordenó la matanza de más de 800 personas en aquella gesta estudiantil y ciudadana por la libertad y la liberación de los presos políticos.

Desde este diario, saludamos la donación realizada, la obra del maestro Mexiac, e invitamos al público a presenciar la expo que se exhibe actualmente en el Museo Juan Soriano de Cuernavaca, con obras tanto de él como de la maestra Patricia Salas, y de más de 100 artistas, además de la muestra internacional de fotografía 2024, “Reclamo de utopía” en que participan 31 fotógrafos(as) de Morelos.

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Miguel Á. Izquierdo S.