

Si algo nos ha dado la investigación y el análisis desde las ciencias sociales es precisamente tener bien claro que una cosa es manejar los organismos que tienen carácter público y diferenciar la actuación de aquellos que son de índole privado. En el caso de los entes públicos, no tener esta claridad implica siempre consecuencias funestas, máxime si de lo único que se goza es de tener como paraguas al gobierno en turno pues ello indica, en la mayoría de estos casos, dirigir con mirada limitada, obtusa y parcial. Por desgracia, esto se da en cualquier nivel.
Sin embargo, de la enorme cantidad de ejemplos en la historia pasada y actual, pongamos el caso de la ahora idílica relación entre Trump y Elon Musk: el improvisado Departamento de Eficiencia Gubernamental (DOGE, por sus siglas en inglés) que Trump ha dispuesto bajo la dirección de Musk tiene como encargo recortar el gasto público con métodos ya no solo poco ortodoxos, sino extravagantes. No es un asunto menor que se delegue a alguien como Musk, un millonario con fama de improvisado, la reducción de regulaciones, de gastos y la reestructura de agencias federales.
De las muchas y variadas lecturas que podemos obtener de esta acción, primero pongamos aquella que debería de ser una seria alerta para el mundo respecto de que sea una figura de la casta millonaria la que dirija el gasto público de la máxima potencia mundial. No se trata de una más de sus empresas, o de la responsabilidad política y social ya no solo de dejar sin empleo a millares de personas, sino también de la acción clara y abierta que se traduce en un retroceso de época sobre derechos laborales, estabilidad económica, equidad, distribución de la riqueza, y toda una suma de buenos propósitos con los que inició este siglo XXI pero que, francamente, hoy solo se les mira a la distancia.
De esto se deriva la segunda posible lectura: la tensión o incongruencia, por decirlo con eufemismos, entre las acciones del gobierno de Trump y la Agenda 2030, o bien, los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) diseñados por la Organización de las Naciones Unidas (ONU) que intentan trabajar por un mejor y sostenible futuro para “todos”. De modo que, con las acciones motivadas desde el odio, la xenofobia, el racismo, la misoginia y la discriminación que están caracterizando al gobierno de Trump, los objetivos de la ONU quedan sencillamente transformados en caricatura. A propósito, recordemos que la ONU nació después de la Segunda Guerra Mundial cuyo objetivo era justamente evitar una tercera. Aunque con este panorama, tendríamos que cuestionar su funcionamiento para eliminar la sospecha generalizada de que se trata únicamente de un refugio para la alta burocracia mundial.
Volviendo al tema de Musk, decíamos que las implicaciones de poner a la élite millonaria al frente del manejo de un país como EU debería de tomarse en serio por cuanto representa un fuerte impulso ya no solo del neoliberalismo que tan severo daño ha causado al sector social de diversas poblaciones del mundo, sino a la encarnación de la máxima figura del ahora llamado neopopulismo: una consecuencia no prevista y no deseada por parte de la democracia representativa. El neopopulismo, señala Trejo, ha surgido sobre todo por integrar el aspecto propagandístico y mediático como punto clave de la dirección del voto. Es decir, lo que determina quién obtendrá el poder de gobernar ya no consiste en quien proponga la máxima cobertura a las demandas sociales, sino en quien mienta más utilizando a los medios sociodigitales para allegarse del voto; como es claro ejemplo de este gobierno de Trump.
A su vez, no hay que olvidar que la mano derecha de Musk, Steve Davis, ha logrado posicionarse en ese lugar dados los significativos recortes en gastos que ha ejecutado en sus empresas: desde empleados hasta materias primas y consumibles. En suma: administrar un país como se administra una empresa, como ya tenemos varios ejemplos en México desde el salinismo, nunca sale bien.

En estos momentos el reto para el mundo es conformar la debida oposición y, de ser posible, el contrapeso necesario que haga frente al odio y a la barbarie que encarnan Donald Trump y sus allegados; incluido también el combate a la mentira, ésta por ser una herramienta que le ha sido indispensable. En este contexto sería bueno recordar las ideas de Arendt respecto de los entes que sí pueden y deben ya no solo criticar, sino reivindicar a la verdad frente a las mentiras políticas; es el caso de la prensa y de la academia, por poner dos ejemplos. Incluso con las dificultades y riesgos que esta última tiene, donde no es extraño que se mezclen periodos de dirección con personajes que tienen más bien intereses políticos, no hacia el conocimiento y mucho menos hacia la verdad.
*Red Mexicana de Mujeres Filósofas / UAM-I

