

Roberto Abad, escritor, editor en la UAEM y en otros proyectos editoriales institucionales e independientes, está muy activo en estos meses, presentando sus sorprendentes micronarraciones que cobran más amplio eco en el país. La UNAM le publicó su más reciente libro, El hombre crucigrama, una caja de sorpresas, finamente tallada, que a veces se muerde la cola y otras también, tomando por descuidado a quien lo lee.
Por cierto, vale felicitarlo, pues junto con Efraím Blanco, esta semana fueron notificados de sendos premios que recibieron de parte de El Banco del Libro, editorial venezolana, que premia a los mejores libros dedicados a públicos infantil y juvenil.
Veo en el gran tema de la creación, en sus varios sentidos, profundos y prácticos, estéticos y mundanos, el eje de sus microrrelatos, en los que además del creador, aparece en calidad de entrometido, algún observador(a), algún lector, quienes sin pretenderlo, resultan cocreadores de quien se creía el origen de la creación.
Roberto juega, ironiza, tensa la relación entre el creador (escritor en una de sus posibilidades), y su obra, produciendo al hacerlo, aporías, paradojas, que explotan a los ojos del lector y lo colocan en planos que lo retan a seguir su juego, las implicaciones de sus puntos de partida, del que por complicidad, uno entra en los microrrelatos.
El azar es parte de las condiciones de existencia del proceso creador, y le da su importante lugar. Una y otra vez, da pistas de que vigilante, está por ahí un científico opinando sobre las metodologías de quien compone los textos, del escritor, en sus versiones de plagiario, ser auténtico, corrector, lector interesado.
Por cuestiones de azar también, en descansos de la lectura de su libro, estuve escuchando un audiolibro de Mark Twain, El forastero misterioso, y una y otra vez, cada uno a su modo, tocaban temas similares, con críticas directas a la manera como los hombres nos hemos ocupado de ellos, como las religiones, las guerras, las creencias de un origen único, divino, el destino irremediable. En ambos autores, reverberan las abundantes menciones a la inmensa variedad de posibilidades de cursos que puede tomar la vida, tras un cambio en el aleteo de una mosca, en la llegada inesperada de una visita, en pararse o no de la mesa. La incertidumbre acechando en todo momento, que choca irremisiblemente con nuestras convicciones de certidumbres, de que tenemos control sobre nuestro destino.

Si en ese libro de Mark Twain, la crítica filosófica va contra el cristianismo rezagado de la Austria del siglo XVI, y tan presente en tantos pueblos fanáticos de estos días, en especial se burla de quienes afirman tener una firme moral -hipócrita moral-, en Roberto Abad, si en algo se ocupa centralmente, es en el proceso creador y en hacernos caer en falsas ideas que tenemos al respecto, o mejor dicho, en las trampas que nos creamos, con independencia de los afanes del escritor. Al hacerlo, Abad nos impulsa a liberarnos de condicionamientos que nos amarran a la realidad, impidiéndonos disfrutar la ficción, los juegos creativos tras la composición de textos, de ideas, regodeándonos en el uso juguetón de la palabra.
Un personaje principal en la novela de Twain, es Satanás, sobrino del Diablo, un ángel que toma por diversión crear conciencia en muchachos pueblerinos, de las contradicciones implicadas en la vida religiosa de su pueblo. En la obra de Abad, un escritor de crucigramas es eje de reflexión sobre el proceso creador, que se ocupa de mostrarnos el inmenso abanico de posibilidades del lenguaje, con libertad, en tanto desafío sin anclas, sin espacio ni tiempo, me atrevo a decir, sin reglas, más allá del compromiso por la búsqueda del sentido, jugando. ¡Ah qué delicioso juego!
El libro está disponible en la serie Hilo de Aracne, de la UNAM.


