

El reciente anuncio del cese al fuego en Gaza entusiasma a muchos, pero a la luz de todas las atrocidades cometidas de ninguna manera satisface, –al momento de escribir esto Israel ya ha roto el cese al fuego–. Hace exactamente 80 años los Juicios de Nuremberg demostraron que una paz duradera debe basarse en la impartición total de la justicia para aquellos que de obra u omisión participen de un delito tan grave como un genocidio. Si no se juzga a todos los que promovieron y cometieron crímenes de guerra y de lesa humanidad en contra de la población de Gaza así como los que se cometen diariamente en la Cisjordania ocupada, el mensaje que se envía al mundo es que a partir de este momento todo está permitido sin que eso traiga consecuencias.
A pesar de que el primer ministro de Israel ha recibido el apoyo de los Estados Unidos, en buena medida ha perdido la batalla cultural, después de dos años de guerra y los ataques injustificados a naciones vecinas ¿Quién puede creer que se trata de “legítima defensa”? Pero no se crea que por criticar a Israel y su criminal dirigente eso nos convierta en antisemitas y pro Hamas (organización surgida como oposición islamista a la secular Fatah y la OLP), hay que hacer un poco de historia para entender varios factores que nos han traído hasta este momento.
Para nadie es un secreto que Israel –salvo los kibutz de corte socialista– fue concebido como el enclave estratégico de Occidente en el corazón del Medio Oriente. Desde 1948 y especialmente tras la Guerra de los Seis Días de 1967, el país se convirtió en el principal aliado militar y tecnológico de Estados Unidos en la región. En plena Guerra Fría, su existencia servía como barrera ideológica y política frente al avance del nacionalismo árabe y a la influencia soviética. Mientras Europa occidental lo presentaba como un símbolo de modernidad democrática en un entorno hostil, las potencias lo sostuvieron con ayuda económica, armamento e impunidad diplomática, consolidándolo como la avanzada del bloque atlántico frente al mundo árabe.
Son los años del Socialismo Árabe, una corriente política que buscaba unir a las naciones de mayoría musulmana bajo una identidad común y moderna, inspirada en el panarabismo, el antiimperialismo, el nacionalismo de izquierda y el secularismo. Surgida tras la descolonización, esta ideología proponía un Estado fuerte, la nacionalización de los recursos naturales –especialmente el petróleo– y una política exterior independiente de Occidente. Figuras como Gamal Abdel Nasser en Egipto, Hafez al-Assad en Siria o Yasir Arafat en Palestina encarnaron esa esperanza de independencia, soberanía y desarrollo regional. Movimientos como el Partido Baaz Árabe Socialista, la Unión Árabe Socialista o Fatah, con vínculos más o menos estrechos con la Unión Soviética, representaban una amenaza directa a los intereses estadounidenses y británicos en la región, que veían en ellos no solo un adversario ideológico, sino también un obstáculo para el control energético y militar del Medio Oriente.
La clave para desestabilizar el Socialismo Árabe consistió en financiar y promover los fundamentalismos religiosos o el islamismo político, presentados entonces como fuerzas “autóctonas” contra el comunismo. Este giro estratégico se reflejó incluso en la cultura pop: basta recordar Rambo III (1988), donde Hollywood convirtió a los muyahidines afganos –entrenados y armados por la CIA– en héroes que combatían a los tiránicos soviéticos. Esa operación cultural formó parte de una narrativa más amplia que buscaba legitimar la intervención occidental en nombre de la libertad. Otro ejemplo, menos visible pero decisivo, fue el apoyo que Francia brindó al Ayatolá Ruhollah Jomeini durante su exilio en París, antes de la Revolución Islámica de 1979 que derrocó al sah Mohammad Reza Pahleví. Paradójicamente, las potencias que alentaron a esos movimientos religiosos con fines tácticos acabarían enfrentándolos décadas después.
A partir de entonces, la región quedó atrapada entre dos polos: el fundamentalismo religioso como respuesta al intervencionismo occidental y el autoritarismo laico como garantía de estabilidad. Israel, protegido y financiado por Washington, consolidó su papel de avanzada militar y tecnológica, mientras el resto del mundo árabe fue reducido a escenario de guerras subsidiarias. Gaza es hoy el último eslabón visible de esa larga cadena que comenzaron durante la Guerra Fría y se agravaron tras la caída de la Unión Soviética.

El siglo XXI no ha hecho sino confirmar que los conflictos del Medio Oriente no son guerras locales, sino capítulos de un orden mundial que se resiste a morir. Desde Irak hasta Siria, de Libia a Palestina, cada intervención con el sello occidental ha dejado tras de sí más ruinas que soluciones. Y mientras los organismos internacionales discuten resoluciones que nunca se cumplen, millones de desplazados sobreviven entre el polvo, la miseria y la indiferencia global.
En Gaza no solo se destruyen edificios, se desmorona también la idea de humanidad. Las escuelas, hospitales y refugios atacados muestran que la guerra moderna no distingue entre civiles y combatientes. Cada bala disparada contra un niño o un periodista revela una verdad incómoda: el exterminio puede repetirse mientras el poder siga llamándolo “defensa”.
El alto al fuego en Gaza no puede presentarse como un triunfo diplomático o como el fin total del conflicto. Es, en el mejor de los casos, una pausa forzada por la presión de la opinión pública mundial. La paz verdadera no puede construirse sobre los miles de cadáveres gazatíes ni sobre el cálculo político de las potencias. Sin justicia ni rendición de cuentas, cualquier cese de hostilidades será apenas un respiro entre dos ofensivas.
La historia ha demostrado que toda paz impuesta desde arriba es frágil. Lo fue en Yugoslavia, en Irak y en Afganistán, y lo será también en Gaza si no se escuchan las voces de quienes han sobrevivido al horror. El desafío no es solo reconstruir un territorio devastado, sino restituir la confianza en la humanidad misma y castigar a los promotores del genocidio. Si eso no ocurre, las próximas generaciones recordarán esta guerra no como una tragedia aislada, sino como el momento en que el mundo decidió mirar hacia otro lado. Si Gaza queda en el olvido, el siglo XXI habrá renunciado a toda pretensión de civilización.
*Historiador

La guerra de los seis días, 1967. Tanques israelíes avanzando sobre tierras árabes. Foto: laizquierdadiario.com

