

En “La nueva fiebre del oro”, libro que fue publicado en 2018 por Gedisa editorial y la UACM, expongo el significado del extractivismo como una forma particular de acumulación de capital que refuerza la división internacional del trabajo en la que países y regiones aportan las materias primas y los consorcios de los países hegemónicos las transforman, agregándoles valor trabajo. Modelo económico que no ha interrumpido su funcionamiento.
Esta forma de acumulación de los monopolios capitalistas ha puesto a la naturaleza planetaria al limite del ecocidio y el colapso ambiental. La devastación ambiental es intrínseca a esta forma de explotación de la naturaleza. Lo demuestra la amplitud de los territorios y la cantidad de personas afectados por deslaves de lodos producto del saqueo de bosques o las minas a cielos abierto. Pozos de agua, afluentes de ríos y las tierras de cultivo se contaminan con cianuro, mercurio, sulfatos y los fertilizantes químicos.
Este modelo al que también le podemos llamar primario exportador se sirve de las leyes nacionales y locales en materia de cuidado ambiental, comete fraudes, corrompe autoridades y ciudadanos, y viola constantemente los derechos humanos -empezando por el derecho a la vida- de cientos de miles de personas. En las últimas dos décadas, las empresas extractivas asesinaron, a través de sicarios, policías o militares y caciques a centenares de mujeres y hombres que encabezaron las luchas de resistencia a esas empresas en todo el continente.
Rosa Luxemburgo y Karl Marx hace más de un siglo explicaron y David Harvey y Silvia Federici hace dos décadas profundizaron y aportaron novedosos elementos para entender que la apropiación y concentración privada de la tierra y de los recursos naturales por parte de los monopolios capitalistas confieren el “derecho” a los empresarios de definir las formas de existencia de la vida.
“Donde quiera que las fuerzas de naturaleza son monopolizables – escribió Marx- y aseguran al industrial que las emplea una ganancia excedente, ya se trate de un salto de agua, de una mina rica, de aguas abundantes en pesca o de solares bien situados, nos encontramos con que la persona que por su título sobre una porción del planeta puede alegar un derecho de propiedad sobre estos objetos naturales se apropia esta ganancia excedente y se la sustrae al capital activo en forma de renta… Por medio de esta renta, una parte de la sociedad impone a la otra un tributo por el derecho a poder habitar la tierra, ya que la propiedad territorial lleva implícito… el derecho del propietario a explotar el planeta, las entrañas de la tierra, el aire y, por tanto, la conservación y el desenvolvimiento de la vida misma”.
Desde el lejano 1894 en que apareció en el Tomo III de El Capital esta afirmación, nuevas regiones del mundo entraron en el circuito del mercado mediante la profundización de la extracción de bienes naturales. Si en el siglo XIX fue la Gran Bretaña la potencia hegemónica extractora de recursos, pero no la única, en el presente es la competencia entre monopolios de Norteamérica, China y Europa quienes reforzaron la división internacional del trabajo preexistente. Profundizaron las asimetrías entre países en nombre de un libre comercio que re-especializó e incorporó nuevas materias primas.

Las acciones de los Estados nacionales están en función de garantizar esta forma de expansión de los monopolios capitalistas. Uno de sus límites es el planeta mismo, el otro, la resistencia de los pueblos.
Tras poco más de tres décadas de indocilidad de los pueblos al extractivismo primario exportador, con batallas ganadas y perdidas, los movimientos socioambientales cuentan con más experiencia y conocimientos sobre los dispositivos de engaño y represión de las empresas saqueadoras y los poderes estatales. Nuevas formas de coordinación nacional e internacional de mutua solidaridad de las luchas emergen.

Imagen: elordenmundial.com

