

Mi situación económica, y el cuidado que me tengo, podrían resumirse en el auto que manejo.
Un coche sencillo, cuatro plazas, la línea más austera. Intento mantenerlo limpio: quizá un termo de café olvidado, una ánfora de agua que va y viene conmigo. Nunca restos de comida, nunca adornos colgantes, jamás bocinas cambiadas. Mucho menos vidrios polarizados.
A veces se suben amigos, y D. también. Me alcanza para ir y venir a los sitios donde me llaman las horas, y sobre todo para llevar la guitarra y el amplificador. Desde otra perspectiva —la que me gusta más— este coche transporta música. Va llevando pequeñas brasas de sonido de un punto A a un punto B. Es un vehículo, sí, pero también un puente. Ese coche lleva algo vivo. Una suerte de bestia que duerme.
El primero lo heredé de mi tío. No por voluntad suya: la tragedia llegó antes de cualquier testamento. Un Chevy blanco, dos puertas, la caja dura como si fuera de piedra, pero perfecto para mis dieciocho años. Luego vino otro Chevy, dorado, de cuatro puertas, que perdí por un pestañeo; otra tragedia. Más tarde un March plata que amé profundamente. El mejor que he tenido. Lo llené de amigos, de risas, de kilómetros hacia la escuela de música en Ciudad de México. Lo puse al servicio del camino y de la necesidad: BlaBlaCar como resguardo. Aquel coche era una vida en movimiento.
El que tengo ahora no pasa de los 35,000 kilómetros. No salgo más lejos de Xalapa. A veces pienso que debería cuidarlo como hacen algunos hombres: levantarse un domingo con la cubeta, saludar a los vecinos, dejar la carrocería brillando. Pero la pereza me atraviesa. No soy ese tipo. Te fallé, Truman Show.
Nunca me han importado mucho los bienes materiales. Ni las cosas de lujo, me chupa un huevo los relojes caros, la ropa de marca, y la gente snob me da un no sé qué, inclusive nunca me he gastado muchísimo en equipo musical, que en otras cosas es mi trabajo, creo que lo tengo es de una gama media, pero cumple el trabajo. Y en otras cosas, no creo necesitar de equipo más caro, sino de más estudio. El sonido se vuelve una consecuencia de quién eres, y esos instrumentos solo amplifican tu persona. Es así.

Volviendo al estilo de vida que tengo: no puede ser diferente a mi coche. Es una vida austera, sin adornos, que intenta mantenerse limpia de vez en cuando, aunque yo mismo la ensucie. No me importa si soy o no “mucho auto”. Solo intento vivir de lo que amo, aferrándome a ello y preparándome con determinación. Tampoco soy un intelectual, y lo que escribo no se acerca a ningún ideal artístico. Siempre escribo con prisa. Ojalá eso pagara algunas cuentas.
De lo demás a lo que aspiro te cuento algo: el sábado mi amiga Rebeca nos invitó a desayunar cerca de Coatepec. Ella se dedica a hacer pan y se mudó ahí hace poco porque ya no soportaba el jaleo de Xalapa. Tiene una casa hermosa a pie de bosque, por donde pasa un río. Nos recibieron dos de sus perros rescatados. Cuando llegamos, empezó a cocinar y metió al horno pan que había preparado. Luego sacamos mesas y sillas al jardín mientras el sol de invierno nos golpeaba la cara. Desayunamos huevos a la cacerola con camote; en la mesa había aguacate fresco, queso de cabra, pesto, salsa de habanero con cebolla, una infusión de lavanda y pan recién caliente.
Si eso no es un lujo, no sé qué palabra usar. Invitar a tus amigos a tu casa. Poner una mesa de madera en el jardín. Que los perros corran. Que el sol te diga el día.
A mí me bastaría recorrer pocos kilómetros, detenerme bajo una sombra y dejar sonar una música que no se apure por llegar a ninguna parte.


