
El bullying mortal y la omisión de las autoridades
Después del lamentable caso de Norma Lizbeth, estudiante de secundaria en el Estado de México que murió la semana pasada a consecuencia de la golpiza que le propinó una de sus compañeras, el tema del bullying vuelve a ser noticia.
Este tipo de hostigamiento refleja la violencia que vivimos como sociedad, y también pone en evidencia muchas de las carencias que tiene el sistema educativo pues el bullying no solo es ejecutado por los pares de las víctimas, sino que en los hechos, al solapar el hostigamiento, las autoridades de las escuelas, lo avalan.
Ni caso tiene recordar la postura de la máxima autoridad educativa de las secundarias públicas morelenses que dijo que el bullying también era responsabilidad de los padres de familia que deberían acudir a la Fiscalía a denunciar estos casos, que el sistema educativo no podía privar del derecho a la educación a los “buleadores” por simples quejas de otros estudiantes.
Pero no se trata de castigos ejemplares en donde nos ensañemos contra jovencitos que no saben canalizar su ira y su frustración más que cayendo en el juego insano de hostigar al más débil.
Se trata de prevención y protocolos. Dado que es un problema tan generalizado -la OCDE calcula que la mitad de los estudiantes mexicanos padecen algún tipo de bullying– su combate debería ser una materia obligada incluso en los planteles más pacíficos.

Ayudar a los menores que pueden estar viviendo una infancia y adolescencias angustiantes, y no solo las víctimas, los buleadores deben tener también su problemática particular que podría ser percibido, primero, por los maestros; por ello, sería deseable que supieran qué hacer con casos de este tipo, y sería aún más deseable que el sistema escolar previera protocolos de atención y tuviera alternativas para canalizar a los involucrados, no con la policía, sino a alternativas que les permitieran entender su situación.
Pero, por el momento, lo anterior es tan utópico como tener autoridades que sepan hacer su trabajo de manera propositiva y que se han olvidado incluso que la Secretaria de Educación Pública tiene un programa en este sentido, el Programa Nacional de Convivencia, que como tantos otros programas e iniciativas, suenan bien, pero nadie los aplica o, por lo menos, conoce.
Así es que, de nueva cuenta, los padres de familia deberán encontrar la forma de lidiar con este problema solos. Deberán estar muy pendientes de sus hijos y preocuparse por su situación personal como seres en desarrollo.
No deberíamos desatender este problema que está marcando a generaciones de mexicanos. La violencia la vivimos constantemente, pero deberíamos hacer lo posible para dejarla afuera de las escuelas.

