

El sistema político de la democracia tiene una vasta cantidad de acepciones y tiene también diversas formas. Convengamos para esta breve reflexión que es adecuada la definición de Giovanni Sartori respecto de que se trata de un orden jurídico que se apoya sobre una serie de términos para ejercer la libertad. Poner en marcha mecanismos que legitimen la libertad, a su vez, supone establecer y resguardar la mayor cantidad de derechos para la ciudadanía. Desde luego esto se vuelve una cuestión compleja para los gobiernos y su estructura legislativa de frente a las necesidades sociales.
Ya se ha mencionado en otras ediciones de esta misma columna el problema que supone, por ejemplo, la armonización o la no colisión entre los derechos a la no discriminación y el de la libertad de expresión. En el caso del primero porque somos testigos de la enorme cantidad de opiniones e ideas que circulan en las redes sociales y que llevan una fuerte carga de racismo, xenofobia, aporofobia, y que se escudan bajo el derecho a la libertad de expresión; pero destaquemos también que esos mismos dichos, en muchos casos, están incurriendo en la violación del derecho a la no discriminación, propinados a grupos que históricamente han sido sobajados. Se trata de un enorme problema porque ¿En dónde se encuentran los límites de cada uno para respeto y salvaguarda del otro? Sobre todo si consideramos la enorme importancia que tiene el derecho a la libertad de expresión para una democracia, tomando en cuenta los asesinatos, las campañas de silenciamiento, las torturas, etc., y en general la sangre que ha costado ganarse este derecho.
Es decir, ambos derechos tienen una capital importancia para el logro de ese esquema de libertades a que hace alusión Sartori. Sin embargo, precisamente esos huecos, los vacíos legales pero también los que se van produciendo conforme se desarrolla el fenómeno de la información los van aprovechando los grupos con intereses políticos y económicos diversos.
Otro problema particular de la democracia representativa es el populismo. Este fenómeno también debe tratarse con sumo cuidado, pues se ha utilizado de manera indistinta en diversos personajes, que no necesariamente obedecen a esta práctica. Según Müller el populismo es un mal que ataca a la representatividad de las democracias al generarse una zanja entre las élites gobernantes y el pueblo gobernado; y al surgir entonces líderes que ofrecen una solución inmediata a problemas estructurales como la pobreza y otros muchos de carácter económico.
El resultado de combinar los elementos antes descritos, como la falta de armonización entre derechos, aunado a las campañas masivas de manipulación de votos que se dan ahora gracias al uso de diversas plataformas de redes sociales, y el populismo como consecuencia negativa de la democracia representativa son fenómenos que en conjunto refuerzan la aparición del imaginario de la posverdad. De igual manera, en otras columnas ya se ha hecho alusión a este fenómeno.
No obstante, debemos sumar el fenómeno del populismo por una razón: hace un par de semanas escuchaba una disertación acerca de que la victoria de personajes como Trump y Milei, solo por poner un par de ejemplos, son elecciones enteramente democráticas toda vez que fueron elecciones legítimas, votos ejercidos por la ciudadanía y, en ese sentido, la democracia está efectivamente funcionando.

A mi parecer hay que tomar en cuenta muchos factores antes de hacer tal afirmación. Por el momento me quedaré únicamente con dos reflexiones: ¿Cuánto podemos considerar de hecho legítimo el ganar una elección con base en la instigación y la violación del derecho a la no discriminación? Ya que bien se sabe que si Trump ha ganado adeptos es gracias a un discurso racista y xenófobo, y no precisamente por una propuesta de políticas públicas adecuadas para los diversos sectores de la población estadunidense. Milei va más o menos por el mismo rumbo. La segunda reflexión sería sino más bien estos líderes entran ya no en el umbral de la democracia representativa, sino en el del fallo de la misma: el populismo. La contradicción es evidente si pensamos, volviendo a Sartori, que la democracia es la procuración de las libertades. ¿Cómo sería posible lograr la libertad a base de racismo, de odio?
*Red Mexicana de Mujeres Filósofas / El Colegio de Morelos

