SER, TIEMPO Y SENTIDO DE LA VIDA

La existencia de los seres vivos está sujeta a ciclos y etapas, los cuales no necesariamente se concluyen. El ciclo de la vida marca las etapas de nacimiento, crecimiento, reproducción y muerte, en un proceso de modificaciones de nuestra fisiología y de comportamientos, en relación a nosotros mismos y a lo que nos rodea. Todo ello marca la normalidad de nuestra experiencia personal, y la de las demás personas con las que convivimos.

La vida de los humanos, caracterizada por la autoconciencia, esto es “saber que somos”, se desarrolla en los parámetros conocidos como espacio y tiempo. Hablar de estos dos conceptos nos coloca en el terreno de la filosofía y de la ciencia astronómica, lo cual no es algo sencillo, y mucho menos ahora en donde la virtualidad que permite la internet modifica de manera profunda la percepción de la realidad.

El hecho es que desde que el ser humano descubrió las condiciones para dejar de ambular por las praderas en busca de comida, para asentarse en un territorio y ahí cultivar sus alimentos, su inteligencia le permitió idear un ordenamiento de su vida cotidiana, para lo cual inventó lo que ahora conocemos como reloj y como calendario. Mezcla de aguda observación del comportamiento de los astros, sumado a la experiencia de los ciclos de vida de plantas, animales, y de los humanos, la necesidad de ordenamiento de los quehaceres de la vida en comunidad obligó a medir de manera artificiosa las horas del día y el paso de los días.

En efecto, lo que conocemos como año calendario ha servido históricamente de pauta para la toma de decisiones personales y colectivas. El calendario ha sido una convencional forma milenaria de medir ciclos de tiempo conformados por un determinado número de semanas y meses. Por cierto, han existido múltiples calendarios a lo largo de la historia, por ejemplo, el calendario egipcio, el babilónico, el griego, el romano, el juliano, el musulmán, el turco, el chino, el maya, el inca, el azteca, y el gregoriano que actualmente nos rige en Occidente. La palabra calendario se deriva del término latino “calendas” el cual marcaba el primer día del mes en el calendario romano, referido al comportamiento lunar, y al mismo tiempo, al día en que debían pagarse los adeudos registrado en el “libro de cuentas”.

En este contexto, nuestro calendario nos marca que el primero de enero inicia un año nuevo, y con él, la ocasión para renovar aspectos de nuestra vida que no nos satisfacen y que queremos modificar, o bien, nuevos proyectos que anhelamos realizar en el año que comienza. Dependiendo de la etapa de la vida en la que estamos, y de las circunstancias específicas que afrontamos, nuestra actitud e intenciones frente al futuro inmediato pueden tener distinta profundidad y alcance.

No es extraño que en esta época del calendario sintamos la necesidad de preguntarnos por primera vez en la vida, o quizá una vez más, sobre lo que llamamos el sentido de la vida o de la existencia. Este tema es algo estrictamente personal, y tiene que ver con el grado de satisfacción con lo que hemos hecho y hacemos ahora en la vida. Nos refiere a preguntas de índole filosófica o religiosa, y de construcción de valores y significados que marcan la forma en que nos relacionamos con nosotros mismos y con los demás. Nos conduce a hacernos preguntas tales como, por ejemplo, ¿cuál es la razón de vivir?, ¿de dónde venimos y a dónde vamos como humanidad? ¿cómo se logra la tan frecuentemente invocada felicidad? ¿hay vida después de la muerte?

Estas preguntas también pueden surgirnos en cualquier época del año, por el hecho de enfrentar situaciones de profundo dolor, por la pérdida de seres entrañables, por enfrentar problemas serios de salud, o por situaciones que modifican de manera importante la forma en que hemos vivido en el pasado. Circunstancias como estas cimbran nuestra vida y bien pueden “desarreglar” nuestros pensamientos y convicciones, y dejarnos en un estado de confusión, y de creencia de que nuestra vida ya no tiene rumbo.

Este tema del sentido de la vida se ha tratado a lo largo de los siglos por pensadores de todas las culturas, en Oriente y Occidente, de tal suerte que existen importantes obras escritas sobre este relevante tema. En esta línea quiero hacer referencia al libro titulado “El hombre en busca de sentido”, escrito por el psiquiatra, terapeuta existencial y escritor austriaco Viktor Emil Frankl (1905-1997), quien sufrió y sobrevivió a su inclusión de 1942 a 1945, en los campos de concentración hitlerianos de Auschwitz y Dachau, durante la segunda guerra mundial. A la pregunta sobre el tema del sentido de la vida, este autor señala lo siguiente: “Dudo que haya ningún médico que pueda contestar a esta pregunta en términos generales, ya que el sentido de la vida difiere de un hombre a otro, de un día para otro, de una hora a otra hora. Así pues, lo que importa no es el sentido de la vida en términos generales, sino el significado concreto de la vida de cada individuo en un momento dado”.

Estas consideraciones tan radicales sólo se entienden cuando provienen de alguien que ha vivido en situaciones de vulnerabilidad extrema, como es el caso referido. Sin embargo, no se requiere haber vivido las circunstancias que Frankl enfrentó, para llegar a la conclusión de que el sentido de la vida no existe en sí mismo, sino que cada uno de manera personal debe buscarlo. Esta es sin duda nuestra principal responsabilidad en la vida.

El calendario nos recuerda nuestro ser y estar en el tiempo, y también la necesidad de respondernos la pregunta sobre el sentido y propósito de estar vivos.

*Interesado en temas de construcción de ciudadanía.

Vicente Arredondo Ramírez