

TIEMPOS DE CONFUSIÓN
Hablamos mucho de la complejidad del ser humano y de sus múltiples pasiones, sentimientos, actitudes y conductas. La literatura está plasmada de relatos y situaciones que dan cuenta de ello. En la vida real nos confrontamos continuamente con la diversidad de comportamientos de las personas, en relación a sí mismas y en relación a los demás. Somos testigos de su generosidad, o de su maldad. Lo vemos en gente cercana que conocemos, o lejana que desconocemos, pero que toma decisiones que nos benefician o nos afectan a todos.
Vivimos en una época especialmente complicada, en donde el tema del conflicto parece ser el modo normal de la vida social. A donde volteemos, dentro y fuera del país, atestiguamos desencuentros colectivos, bien por motivos relevantes, o bien por motivos sin importancia. Nos envuelven los aires de Thomas Hobbes (1588-1679) que popularizo la frase de “que el hombre es un lobo para el hombre”, creador de la obra clásica Leviatán (1651), en la que señala que se necesita el poder de un Estado todo poderoso para evitar que los humanos se destruyan entre sí, por la envidia, la avaricia y el deseo de dominar a los demás.
En el avance civilizatorio se han creado formas de gobierno, como el republicano, en las que se busca que el poder dentro de un país se distribuya y se equilibre, y también instituciones internacionales, como la Organización de Naciones Unidas, con sus múltiples agencias, que tiene la finalidad de prevenir y administrar los conflictos entre países; sin embargo, estas creaciones humanas están siendo cuestionadas en la actualidad y se ven ya frágiles e imposibilitadas para cumplir su propósito original.
Constatamos que, en diversos lugares del planeta, un importante número de personas no viven en condiciones humanamente dignas, a pesar de la existencia de instituciones creadas para ese efecto en sus países. No están al alcance de ellas satisfactores básicos de salud, alimentación, vivienda, y educación, con lo cual se niega en los hechos el sentido de vivir en comunidad. Mientras uno cuantos tienen todo, los más carecen de lo básico. ¿Qué explica esta realidad? Si las instituciones y forma actual de organización social no están ya en capacidad de resolver estos problemas, ¿cuáles nuevas habría que crear que si funcionen?
Buscar respuesta a estas preguntas nos lleva forzosamente a enfrentar el tema de las libertades humanas, de la propiedad de los bienes de la tierra, de la forma de producir bienes y servicios necesarios, y de la forma y condiciones de acceder a ellos. Lo que ha quedado claro hasta ahora, y dicho en forma llana, es que se han presentado sólo dos fórmulas de solución a esta realidad: el optar prioritariamente por fortalecer los derechos de las personas individuales, o bien, el hacerlo en favor de los derechos del grupo. Quienes defienden la primera fórmula promueven una forma de organización de la sociedad llamada capitalismo, mientras que los que defienden la segunda se inclinan por la forma de organización llamada socialismo.

Esta disyuntiva asume de entrada que no puede ser compatible el organizar una sociedad en la que, al mismo tiempo, y con la misma prioridad, se defiendan los derechos de las personas y los derechos del grupo. No es concebible aún para muchos que los derechos de las personas, de todas y cada una de las personas de un grupo, puedan realmente ser respetados y atendidos.
Frente al hecho de la inequidad social y la injusta distribución de la riqueza, no hay duda de que debemos diseñar nuevas premisas generales de convivencia e interacción social en lo económico, político y social sobre las cuales normemos nuestras relaciones e intercambios; Lo que de ello resulte, habrá que confrontarlo con las premisas con las que operan las instituciones existentes. Esto es urgente, ya que no podemos seguir fingiendo que la forma en la que estamos organizados como sociedad nacional e internacional habrá de producir algún día resultados distintos a los actuales.
La premisa de que “todo desarrollo sano debe buscar simultáneamente el bienestar personal y el bienestar colectivo”, que nos hacen en la propuesta de “otro desarrollo es posible”, puede y debe concretarse.
Para que esto sea posible, requerimos un cambio profundo de mentalidad y de conciencia personal, lo cual sólo se logra si nos preguntamos sobre el sentido de la vida y del papel que nosotros debemos y queremos jugar en ella. Quien no se hace esa pregunta, vive solo por el impulso de los instintos y sin duda vivirá en conflicto continuo con el resto de la gente. Las instituciones que tradicionalmente transmiten valores, entendidos como visiones del sentido de la vida y de las cosas, han sido la familia, la escuela, y las iglesias, pero estando ellas también en crisis, se complica el encontrar nuevas fuentes de valores positivos que las suplan.
Lo que sí está funcionado, y muy bien, pero como fuente de antivalores, son los incontables sitios de internet y sus populares redes sociales en donde se pueden encontrar todos los despropósitos instigadores de instintos, fantasías, perversiones, deseos auto-destructivos y altero-destructivos, engaños, desafíos irracionales, en fin, todo a la carta, para personas no satisfechas con su propias y actuales vidas, que caminan sin rumbo claro, y que están inmersas en el signo de los tiempos que es el vivir aquí y ahora, porque fuera de eso, no se ven escenarios futuros deseables y posibles de alcanzar.
Frente a esta realidad, hay que buscar la sensatez, el silencio, la reflexión, el encuentro con uno mismo, y el diálogo con los que más podamos, esperando que algo suceda con los insensatos que sólo buscan poder y dinero, y con los confundidos que viven atrapados por los contenidos deshumanizantes del hoyo negro del internet.
*Interesado en temas de construcción de ciudadanía.

