

Epifanías cívico/políticas
Fiesta tradicional y memorable en la tradición cristiana de Occidente es la conmemoración de la Epifanía. En idioma griego, la palabra significa “manifestación”, que en este contexto hace referencia a la presentación pública del recién nacido Jesucristo salvador, no sólo al pueblo judío, sino a toda la humanidad. La tradición se expresa con la llegada de Melchor, Gaspar y Baltazar, tres Reyes Magos de Oriente, que vienen a ofrecerle oro, incienso, y mirra. Este relato se convirtió en lo que ahora conocemos como la Noche de Reyes, en donde los pequeños de la familia reciben regalos, y en muchas ciudades se organizan desfiles para darle la bienvenida a esos personajes.
En esta misma fecha se recuerda que en el año 1543 desembarcó en el puerto de San Francisco de Campeche, de nuestro país, el fraile español Bartolomé de las Casas (1484–1566), abogado, teólogo y filósofo, el cual se convirtió en defensor de los pueblos originarios de estas tierras, contra los abusos de sus paisanos peninsulares que llegaron a someter a la población local y a expoliar las riquezas de toda índole encontradas en estas tierras.
Este hecho histórico de la conquista y colonización de la entonces llamada Nueva España, y de otras regiones de la actual Latinoamérica, es considerada también por algunos como una “epifanía religiosa”, ya que por vía de las órdenes religiosas que acompañaron a los militares conquistadores y a los seglares administradores, se propagó la religión cristiana, con lo que se mostraba y divulgaba una serie de creencias y prácticas hasta entonces desconocidas por la población local.
El concepto de “epifanía”, tomado del uso cristiano, nos permite hablar de su aplicación en otros campos del saber y del hacer humanos, y de la necesidad de que ocurran múltiples epifanías, en este confuso y convulso cambio de época que estamos experimentando.
En la historia de la humanidad han acontecido epifanías, entendidas éstas como una súbita comprensión experimentada por una persona sobre la naturaleza de un problema y de cómo resolverlo. Sin embargo, hay que decir que esos instantes en los que se revela o se comprende algo, están precedidas y sustentadas en alguna medida por investigaciones científicas.

El mundo de las ciencias naturales nos da claros ejemplos de “epifanías científicas”, las cuales en unos instantes dan luz sobre nuevos paradigmas de conocimiento e interpretación de los fenómenos. Se pueden citar ejemplos como el del químico griego Arquímedes (287a.C.-212a.C.), con su famosa expresión “Eureka”, al descubrir en su bañera la idea de la densidad y volumen; o el del matemático inglés Isaac Newton (1643-1727), con el de la gravitación universal al ver el desprendimiento de una manzana de un árbol; o el de la química británica Rosalind Franklin (1920-1958) con la captura de la foto 51 del ADN que dio a conocer su estructura helicoidal. Sin embargo, hay que saber que estas epifanías también requieren de confirmaciones posteriores para ser reconocidas como ciencia.
En la misma línea, es posible hablar de “epifanías políticas”, por las cuales una persona hace cambios radicales en su manera de entender las cosas y de actuar sobre la realidad. Ejemplos de ello, pueden ser el de Siddhartha Gautama “Buda” (623 a.C.-543 a.C.), sobre la naturaleza del sufrimiento humano que influyó en sistemas ético/políticos asiáticos; el del emperador Constantino I (288-337) que ejemplificó, en el siglo IV de nuestra era, la vinculación religión/política con el cesaropapismo; el de Mahatma Gandhi (1869-1948), que al ser expulsado de un tren por ser indio, experimentó la crudeza de la discriminación y le inspiró la idea mundialmente conocida de la “satyagraha” o resistencia pacífica; o el del pensador francés Alexis de Tocqueville (1805-1859), que en su obra «La democracia en América», nos previno del riesgo de que la democracia pudiera convertirse en la “tiranía de las mayorías”.
En estos tiempos, requerimos epifanías que nos permitan conocer las fuerzas reales que impulsan los cambios actuales, para poder entender sus implicaciones en el mediano y largo plazo, y principalmente, saber cómo los ciudadanos de todos los países podemos tener control y dirección de lo que está sucediendo.
En efecto, necesitamos epifanías cívico/políticas que activen la conciencia de una humanidad ahora sumida en miedo, desconfianza, desesperanza y alienación. Este tipo de epifanías pueden ser grupales o colectivas, y no sólo fruto de la visión y del liderazgo de una sola persona. La forma en que se ha practicado la política nos lleva a pensar automáticamente en la necesidad de que un gobernante sea quien nos marque el rumbo de la solución de los problemas que padecemos; sin embargo, la crisis de gobernanza en los países de Occidente nos ha hecho ver la inutilidad de las formas de gobierno como las conocemos, y la necesidad de encontrar una democracia real, basada en la corresponsabilidad de todos los habitantes de una nación.
Hay que crear dinámicas de análisis, diálogo y debate colectivo que permitan crear condiciones para esas “epifanías políticas”, que activen la energía social para encontrar nuevos paradigmas de hacer economía y política que den cabida a la justicia social, al desarrollo intelectual, emocional y moral de las personas, así como al cuidado, protección y uso racional de los recursos naturales.
Necesitamos ideas nuevas, frescas, prácticas y aplicables del uso del poder en la sociedad que minimicen las tendencias egoístas y abusivas que son inherentes a la condición humana, y que, a la vez, potencialicen la bondad, generosidad y solidaridad de los seres humanos.
*Interesado en temas de construcción de ciudadanía.

Detalle del Altar de Mosoll en Seu d’Urgell. Foto MNAC

