

Dos poderosos mitos mexicanos
Hace unos días terminé de leer la novela juvenil titulada La Panza del Tepozteco (1992), de José Agustín (1944-2024), prolífico escritor mexicano nacido en Guadalajara y fallecido en Cuautla, Morelos. El relato gira alrededor de la aventura de un grupo de adolescentes que, explorando el cerro que cobija el valle sagrado de Tepoztlán, Morelos, se adentran por una grieta que los conduce al recóndito mundo en donde, lejos de los mortales, viven los dioses y diosas del pueblo náhuatl. Esta aventura fantástica repasa los perfiles del Panteón indígena, que, al saberse descubiertos, más que hacer desaparecer a los intrusos para que no testifiquen sobre su ubicación, deciden dejarlos libres, hecho que además los libera a ellos de su secular encierro, al darse cuenta de que quien guió a los adolescentes a ese lugar fue el mismísimo dios Quetzalcóatl, que por fin había regresado, como lo prometió alguna vez.
Con tal suceso, los dioses “comprendían que ahora todo había cambiado, ya nada sería igual, saldrían del Tepozteco y volverían a pasease por los grandes volcanes, por las viejas pirámides, y no les preocupaba que ya no tuvieran cultos como antes, porque, a su manera, de nuevo estarían vivos en la gente de México, empezando por esos niños que ya los conocen desde lo más profundo y que, en buena medida, ahora eran parte de ellos mismos”.
La novela da pie para hacer algunas consideraciones sobre el significado e importancia de la mitología en todas las sociedades, sobre todo en aquellas culturas en las que se pueden identificar bien los rasgos propios de sus centenarios o milenarios ancestros. En nuestro conversar, cuando afirmamos que una persona o un suceso es un “mito” equivale simplemente a decir que ese algo es una mentira; sin embargo, el concepto es mucho más rico que el simple adjetivo desdeñoso, ya que su significado tiene un amplio alcance e importante impacto en la vida cotidiana.
Un mito es tan relevante, que bien puede determinar la visión del mundo y el esquema de valores de un determinado grupo social. Por lo general, al hablar de un mito, la literatura académica hace referencia a un relato tradicional compartido, de tintes fantásticos, sobrenaturales y religiosos, transmitido generacionalmente en forma oral o escrita. El mito, cuyo significado original es “cuento” o “relato”, ordinariamente busca explicar el origen de la vida y de fenómenos de la naturaleza, vía metáforas o vía la actuación de dioses, de héroes sobredotados, o de personajes sobrenaturales. Los mitos son tan poderosos que se estudian desde diversas disciplinas académicas, como la filosofía, la historia, la antropología social, la psicología, la sociología, y, desde luego, la literatura.
En síntesis, se señala que los mitos tienen tres funciones: la de explicar causas u origen de fenómenos naturales y sociales; la de darle significado a sucesos agradables de la vida para hacerlos más disfrutables, o bien, a los desagradables para hacerlos más soportables y menos dolorosos; y finalmente, para entender y justificar formas o estructuras de organización de la sociedad.

Regresando al contenido de la novela de José Agustín, me pregunto, de ser el caso, qué personajes o relatos míticos serían capaces de cohesionar a la multicultural población mexicana, abonando al mismo tiempo al fortalecimiento de una identidad nacional. Identifico dos de ellos: el mito de Quetzalcóatl (cuyo significado en náhuatl es el de “serpiente emplumada”), el cual es presentado como el dios creador de la humanidad actual, después de que otros dioses fracasaron en ese intento. Este hecho encaja en la Leyenda de los Soles, la cual da cuenta de dichos intentos frustrados, hasta que el dios Quetzalcóatl, representante también de la dualidad cielo/tierra, descendió al inframundo llamado Mictlán, para robar los huesos de las razas anteriores, y mezclarlos con su sangre, lo cual permitió el surgimiento de la humanidad actual, en el quinto sol.
Al mito de Quetzalcóatl se le atribuye, entre otras cosas, el haber sido el promotor de la civilización, ya que enseñó a los humanos el cultivo del maíz, el uso del calendario y también el de la escritura.
El otro poderoso mito entre los mexicanos es el de la diosa Tonantzin (cuyo significado en náhuatl es el de “madre nuestra”), identificada como la Madre Tierra, y cuya existencia precolombina se fusionó posteriormente con la Virgen de Guadalupe, imagen que se encarnó en la historia de la religión católica en México, y representa en gran medida el mayor símbolo de la resiliencia cultural y del notable fenómeno del sincretismo religioso.
La importancia de Tonantzin deriva en que es considerada la diosa de la tierra y de la fertilidad, por su relación con las labores del cultivo del maíz; y en sentido amplio, porque es quien ofrece protección a las personas y a la comunidad.
Sobra hablar de la importancia actual de la imagen de la Virgen de Guadalupe, cuya veneración y culto peregrino es de los mayores del mundo. La importancia simbólica del mito Tonantzin/Guadalupe se expresa de muy diversas formas en la actual vida cotidiana y el entorno físico de los mexicanos.
No hay duda de la vigencia de estos dos mitos en nuestro país, que corren en la actualidad a la par de la ambigua secularización en la que estamos inmersos. El punto es entonces preguntarnos ¿cuáles podrían ser las mejores formas de fortalecerlos y reproducirlos, a efecto de que nos cohesionen como población mexicana, en estos tiempos de transición mundial? ¿cómo estos dos mitos nos pueden potenciar como nación? ¿cómo reforzarlos, para atenuar la influencia mediática e internética que nos impone una cultura proclive al consumo y a la sumisión de los valores derivados del actual y hegemónico modelo económico? ¿cómo nos sumamos a la creciente tendencia de reforzar las identidades históricas, propias de los diversos grupos humanos?
Por lo pronto, dejemos que deambulen entre nosotros con toda libertad los mitos que, en alguna medida, nos dan ya patria e identidad.
*Interesado en temas de construcción de ciudadanía.


