Hablemos del valor en la poesía. Fue con Roberto Bolaño que entendí un poeta debe ser valiente. Con Enriqueta Ochoa lo di por sentado porque una poeta sin agallas no lo es en verdad. Releo Nadie me dijo… de Gela Manzano conmovida, desencentrada, conturbada, con el rostro al que le debo limpiar el llanto una y otra vez. Lo primero que sorprenden es, justamente, la valentía, el arrojo con que se vuelca en la expresión para hablar de lo que dicen, no tiene nombre: la pérdida de una hija. Con un ritmo sostenido desde la punta más afilada del alma, de la respiración que escribe para inmortalizar la experiencia, para registrar el amor que no muere en los pozos del duelo, la autora enfrenta cara a cara a la muerte en un combate poema a poema porque aquella que no sabía que podía ocurrirle, lo que nadie le dijo, la resignifica a golpes de una versificación clara, limpia, vibrante.

Como dice Siri Husvedt que se escriben los grandes libros, desde la urgencia, la pasión desbordada o el dolor de la herida cantábile que se convierte en poder y transformación. Esa es una de las verdades de este poemario: “Sigo buscando la palabra. Nombrar mi dolor, mi abatimiento”, sostiene Gela. Esa búsqueda se vuelve órfica, sí. Lo que encuentra es el entendimiento de “la vida de después”, los paladeos del recuerdo acrecentado la presencia.

Aquí se le habla a Dios, a la abuela, a las mujeres sostenedoras del alma, esa búsqueda también de interlocución es un acierto desde la orfandad que se pronuncia como ofrenda para abrir la ruta lírica cuya crudeza se va tornando dulce. Ya en la segunda parte, la escritora asume que la muerte no es un error, que sigue caminando, oyendo los diluvios, contemplando sus manos en oración al despertar, caminando al amanecer, llorando con la lluvia, secándose con la gravedad del rocío. El tercer momento es el de la navegación de los peces en la garganta, el descubrimiento de la vida después de la muerte porque no es verdad que dejamos de existir, pues somos viajeros imborrables, venimos a dormir a la tierra para seguir alumbrando:

Sigues tan viva, palpitando.

Creciste en mi vientre,

respiras conmigo como entonces,

gestación pequeña como un puño,

crecimiento que pende de mi cuerpo,

navegabas en el océano de mi sangre.

El amnios fetal te cubría con sábana fresca,

mientras las semanas apuraban mi esperanza.

Cómo explicar el milagro convertida

en recipiente de savia viva.

El misterio del nacimiento, el enigma de la vida muerte

ahora sigues en mi cuerpo presente en cada pulsación.

Esa vida nueva desde la gestación de un lenguaje único, de una placenta en forma de poemario que guarda lo que crece el asombro, a mi manera de ver, no del dolor, sino de otra hija de luz que sólo la poesía recupera. He ahí el milagro, el enigma o el misterio que se resuelve con un tono sostenido que va de menos a más porque el espesor de la imagen cobra más forma a medida que la palabra purifica, que la anábasis se consume. No es accidental el final disfrazado de pregunta retórica porque no cierra, abre la posibilidad, comunica la esperanza del nuevo mundo en el que la voz poética comienza a vivir. Por eso existe un tránsito de gotas de nombre, una reivindicación de quien admite en veintitrés poemas con más preguntas como papalotes en el viento que espera la luz, pero activamente, escribiendo el saludo de los ángeles o el sumergirse quimérico de quien se transforma desde la comarca de lo humano, de la sombra y la pérdida. Es verdad que ningún ojo queda un tanto cegado ante el resplandor de esta lectura porque su fuerza es el albor de la vida que continua, de quien vive en nombre de otra a la que dio vida. Por eso es precisamente quien ya no está, la persona que pare el nuevo yo de esta intensa voz poética. La hija da luz, literalmente, a la madre que cobra consciencia de la maternidad como hilo infinito, vena que nadie rompe ni interrumpe. He ahí el amor que nos sostiene y que traduzco desde el enorme privilegio de leer a Gela Manzano, de acompañarla a sostener a su alma.

*Escritora

Imagen cortesía de la autora

Alma Karla Sandoval