El desarrollo de una verdadera conciencia crítica sigue constituyendo la función profesional de las universidades. Así inició la charla entre 4 compañeritos universitarios de permanente talante crítico, aunque no ponen en entredicho la escolarización del sistema educativo. Pueden parecer afirmaciones inconexas, pero todas tienen que ver con la esencial tarea universitaria.

Con respecto a la Autonomía, ¿de qué hablamos? ¿De una independencia total de la Universidad? ¿Con respecto a qué o a quién? ¿Al Gobierno? ¿A los partidos políticos? ¿A las élites del poder económico? 0 bien… De la capacidad de esta institución cultural para organizarse y cumplir con su esencial función profesional.

Una Institución que no se supedite a los intereses de grupo de quienes ostentan el poder económico y político. Que propicie una educación libre y crítica. Que utilice la herramienta del método científico no para suponerse poseedora de ninguna verdad sino para sujetar esa verdad a prueba y confirmarla o disprobarla.

No podemos pensar ni queremos imaginar una Universidad que se vuelva dependiente de la benevolencia financiera y política de la comunidad y del gobierno.

Una Universidad que no tenga miedo de generar en ella y por ella a individuos críticamente conscientes, conscientemente críticos incluso para irse autocorrigiendo constantemente en el proceso educativo. Individuos politizados, participativos, radicales. Esto que parece una extraña “politización” de la Universidad ejercida por alborotadores radicales es hoy la dinámica interna, lógica, de la educación: la Conversión del conocimiento en Realidad de los valores humanistas. Porque, el conocimiento es trascendente no sólo en sentido epistemológico sino sobre todo en cuanto va en contra de las fuerzas represivas de la vida. El conocimiento es Político.

La denegación del derecho a la actividad política dentro de la Universidad perpetúa la separación entre la razón teórica y la práctica y reduce la efectividad y el alcance de la inteligencia. En la Universidad debe generarse el análisis crítico de nuestra sociedad contemporánea. Ahí prevalecería el espíritu inquisitivo para preguntar siempre ¿Por Qué? Es el espacio donde se respira abundancia de opiniones, comentarios y juicios libres. Si no es en ella donde podamos ejercer nuestra libertad de expresión, ¿dónde más?

Sin embargo… Hay procedimientos para seleccionar a las personas que aspiran a ocupar cargos importantes y se excluye a quienes mantienen opiniones independientes o llevan una vida que no se ajusta a los convencionalismos.

Se prefiere a individuos anodinos, convencionales, rutinarios…incluso infelices: incapaces de darle forma a su vida más allá de formalismos y de formulismos. De esta forma se preseleccionan para los diferentes cargos únicamente a las personas que se subordinan a las sinrazones del poder y que se resisten a las innovaciones. Es un tamiz que se utiliza para tener la certeza de que a la cumbre sólo llegarán aquellos que presumen de un espíritu mezquino y son poco originales.

Por supuesto, esto no debería pasar en nuestras universidades. Nos apena mucho ver a nuestra institución cultural subordinada a las sinrazones del poder. Nos duele sobremanera ver a una Universidad más preocupada de los solemnes formulismos gobiernistas que ocupada de su Academia. Una Universidad que busca más afanosamente su amasiato con el Poder que su permanente noviazgo con la Ciencia.

Ambicionamos construir una Universidad en la que sus trabajadores se distingan por su espíritu crítico, por su independencia intelectual para que asuman como misión propia inculcar cuantos conocimientos y facultad de razonamiento puedan en el proceso de formación de la opinión pública.

No deseamos académicos que inculquen temor, servilismo y obediencia ciega exigiendo una incondicional sumisión a su autoridad. Y no queremos estudiantes ambiciosos de raciones de poder, convertidos en fanáticos intolerantes, ignorantes de la Historia de su propio país, totalmente desacostumbrados a la libre discusión y sin la menor conciencia de que sus opiniones puedan ser puestas en tela de juicio sin maledicencia.

Y es que el Maestro, como el Filósofo, como el Artista y el hombre de letras únicamente puede realizar su labor de manera adecuada si se siente dirigido por un impulso creador interno, no dominado ni obstaculizado por una autoridad exterior.

Concluyamos con Albert Einstein: “Todo nuestro sistema educativo adolece de este mal – nos ilustraba- Una actitud competitiva exagerada se le inculca al estudiante el cual es adiestrado en venerar los logros adquisitivos como preparación para su futura carrera.

“La educación del individuo, continuaba, además de promover sus habilidades innatas, procuraría desarrollar en él un sentido de responsabilidad hacia su prójimo, en lugar de la glorificación del poder y del éxito en nuestra sociedad actual”.

Hugo Carbajal Aguilar