Tres actos para entender el nuevo orden mexicano

Prólogo: Cuando el poder ya no necesita disimular

Hubo un tiempo —parece que fue ayer— en que la corrupción se escondía. En que los políticos aún se preocupaban por las apariencias. En que el crimen era ilegal y el Estado pretendía combatirlo. Pero ese tiempo terminó.

Ahora vivimos en la era del poder sin vergüenza. Un periodo histórico en que los gobernantes mienten con desparpajo, los criminales gobiernan con credenciales oficiales, y la soberanía nacional se grita con los pantalones en los tobillos.

Esta es la historia de un país que sigue de pie… sin justicia y sin memoria. Un país donde el Estado no ha colapsado: simplemente se ha adaptado.

Bienvenidos a la Cuarta Transformancia.

Primer acto: El criminal institucionalizado

Manual para nombrar capos como jefes de policía.

Érase una vez un gobernador llamado Adán Augusto, que miraba el horizonte tabasqueño con profunda convicción transformadora. Y en un gesto de sabiduría estratégica, nombró como jefe de la policía estatal a un hombre de temple y experiencia: el Comandante H.

La comunidad lo conocía por otro nombre: líder operativo de “La Barredora”, grupo criminal afiliado al CJNG. Pero eso no importó.

El Comandante H cumplió cabalmente sus funciones:
— Proveía 180 mil litros semanales de huachicol para el Tren Maya,
— coordinaba secuestros y extorsiones para financiar la paz,
— y sembraba cadáveres con eficiencia gerencial.

Años después, cuando se giró una orden de aprehensión contra él (por esas menudencias), ya había huido del país. Y su antiguo jefe, Adán Augusto, hoy senador y presidente de la Junta de Coordinación Política, repite con solemnidad de misa: “Yo no sabía nada”.

La presidenta Sheinbaum y la jefa de su partido lo respaldan:
— “El senador Adán Augusto no tiene la orden de aprehensión. No es él quien debe dar explicaciones.”

Porque en este país, la responsabilidad es como el Tren Maya: devasta la selva, se descarrila y se pierde en ella.

Segundo acto: La muerte normalizada

Una maestra muere. El Estado se ofende.

Irma Hernández Cruz fue maestra y taxista. Tenía 62 años. Y cometió el error de no pagar “derecho de piso” a la mafia veracruzana. La secuestraron. La torturaron. La obligaron a grabar un video de advertencia donde, arrodillada, decía:

“Con la mafia veracruzana no se juega. Paguen sus cuotas o terminarán como yo.”

Seis días después, apareció muerta con signos evidentes de tortura. Pero el reporte forense, en una proeza médica inédita, dictaminó que murió de un infarto. No de la violencia. No de la crueldad. De un infarto patriótico y, tal vez, falto de negociación.

La gobernadora Rocío Nahle, en conferencia de prensa, desbordó empatía: “Les guste o no les guste, murió de un infarto.” Y luego, con elegancia: “Es de miserables que a una familia enlutada la lleven a niveles de escándalo.”

El escándalo, para la gobernadora, no fue la tortura ni las extorsiones. El escándalo fue que los medios hablaran del horror que vivió la maestra y terminó con su vida.

La presidenta Sheinbaum, presionada, aceptó que “el infarto fue provocado por la tortura”.
Pero la gobernadora Nahle sigue en su cargo. Nadie la corrió. Porque en la 4T, la falta de dignidad no es causa suficiente para perder el trabajo.

Tercer acto: La soberanía tercerizada

México cacarea soberanía mientras entrega a sus capos por paquetería.

El discurso oficial repite como mantra nacionalista:

“Nunca permitiremos que un gobierno extranjero intervenga en nuestros asuntos. ¡Soberanía ante todo!”

Y sin embargo, en febrero de este año, el gobierno mexicano envió 29 capos a Estados Unidos para ser procesados allá. Y en agosto, envió otros 26.

Mientras tanto, en México no se enjuicia a nadie de ese calibre. La justicia se exporta. El castigo se terceriza. La soberanía se enmarca, se le pone el sello de la Casa Blanca y se cuelga en la pared.

El gobierno de la Cuarta Transformación acuñó la frase “abrazos, no balazos” para los delincuentes, pero no aclaró que los abrazos vienen con estampilla internacional y destino judicial en Texas, Arizona o Nueva York.

Y lo peor: los gringos no han tenido que invadirnos militarmente. No hicieron falta marines ni drones. Bastó un ultimátum de Trump al gobierno cuatroteísta. Porque en este país, la soberanía se defiende… hasta que el vecino toca la puerta.

Epílogo: Tres actos, una sola farsa

Un criminal en el gobierno.
Una maestra asesinada y despreciada.
Una presidenta soberanista que pide permiso para castigar narcos… en inglés.

Este no es un país derrotado.
Es un país que ha aprendido a simular.
Simula gobernar. Simula justicia. Simula soberanía.

Y cada día que callamos —por cansancio, por miedo, por hartazgo— la simulación avanza. Pero mientras haya alguien que recuerde y denuncie, que no calle, la mentira no será total.

Y el silencio no será definitivo.

*Instituto de Ciencias Físicas, UNAM / Centro de Ciencias de la Complejidad, UNAM.

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Maximino Aldana