

El racismo que enferma
Blanca Estela Pelcastre Villafuerte*
México es un país con una enorme desigualdad. La riqueza está heterogéneamente distribuida, al igual que el poder y los recursos; el acceso a la educación, al trabajo y a la vivienda dignas es privilegio de unas pocas personas. Si bien las cifras de pobreza en el país han ido remontando, el rezago todavía no se recupera del retroceso de casi diez años que significó la pandemia de SARS-CoV-2.
No hay personas vulnerables; hablamos de personas viviendo en condiciones de vulnerabilidad. En los sectores desfavorecidos y vulnerados de la sociedad se encuentran los pueblos indígenas de México, que también registran peores indicadores de salud respecto a la población no indígena. Las personas que se reconocen como indígenas o hablan una de las 68 lenguas indígenas del país tienen una doble carga de enfermedad (tanto padecimientos crónicos como transmisibles) y enfrentan las mayores barreras para el acceso a los servicios de atención a la salud.
El trato que recibe la población indígena en los servicios de salud, cuando logra acceder a ellos, no suele ser adecuado. Los testimonios directos de personas indígenas usuarias de dichos servicios manifiestan que en el espacio de atención a la salud se sienten discriminadas, ignoradas, no escuchadas y maltratadas. Y es en ese mismo espacio, donde deberían poder ejercer su derecho al acceso a la salud, donde enfrentan uno de los legados del colonialismo: el racismo. Como práctica e ideología, el racismo lastima, lacera la dignidad humana y anula la posibilidad de que la población ejerza sus derechos, porque los derechos humanos son precisamente las prerrogativas que, sustentadas en la dignidad humana, son indispensables para el desarrollo integral de las personas. Los derechos humanos se sustentan en los principios de igualdad y no discriminación; al ejercer el racismo anulamos estos principios y, por tanto, desconocemos los derechos que tiene quien es objeto de esta práctica.
El racismo puede tener un efecto devastador en la vida de quienes lo padecen; pueden sufrir daños físicos y psicológicos, además de repercusiones en su vida cotidiana, en el ámbito del trabajo y, en general, en sus relaciones sociales. El racismo puede tener un impacto negativo no sólo en la persona que lo sufre directamente, sino también en su familia o incluso en toda la comunidad. De acuerdo con datos de la Comisión Nacional de Salud Mental y Adicciones (Conasama), el racismo tiene un impacto negativo sobre la salud mental, ya que puede provocar estrés crónico, ansiedad, depresión y afectaciones a la autoestima y confianza de las personas.

El racismo entonces se erige como uno de los mayores obstáculos para recibir atención a la salud, pero al mismo la daña, produciendo enfermedad. El racismo no sólo es una expresión de odio, es una ideología arraigada histórica y estructuralmente; es el producto de una sociedad que discrimina por razón de etnia y que justifica el trato diferencial.
El racismo es un problema de salud pública que debe ser reconocido como tal, en primer lugar, para luego diseñar e implementar intervenciones encaminadas a transformar esta ideología. El taller de “Trato Digno”, impulsado desde el Instituto Nacional de Salud Pública a través del Programa Institucional Salud de los Pueblos Indígenas, es una iniciativa dirigida a todo el personal de salud; no solamente al personal médico, sino a todas las personas que se vinculan con las usuarias en el espacio de los servicios de atención a la salud. A partir de un enfoque crítico-constructivista, esta iniciativa se fundamenta en las dimensiones del trato digno propuestas por la Organización Mundial de la Salud; en ella se conduce una reflexión entre las personas participantes sobre las acciones específicas que permitirían brindar una atención exenta de discriminación. La intervención busca que el personal de salud reconozca su papel en la garantía de la protección de la dignidad de las personas frente a estas relaciones desiguales establecidas dentro de los espacios de salud.
Esta práctica contribuye a la construcción de una sociedad más equitativa -objetivo que ha sido parte esencial de la misión del Instituto Nacional de Salud Pública y eje transversal de su política institucional- y a la garantía del derecho a la salud y la atención de los pueblos indígenas de México. Tenemos una responsabilidad colectiva para poder superar el racismo y sus efectos en la salud. El proceso es largo, pero el primer paso está dado si reconocemos que el racismo enferma.
*Especialista en salud pública. Invitada por el Dr. Eduardo C. Lazcano Ponce.

Imagen cortesía de la autora

