Es difícil ser inmortal

 

La mera de idea de la inmortalidad invoca una gran variedad de emociones y temores, así como reflexiones sobre el sentido de la vida y la trascendencia de vivir. En estos aspectos, las religiones se han adelantado a la ciencia por muchos siglos ofreciendo variadas alternativas espirituales coherentes y esperanzadoras. Para la ciencia, la inmortalidad es una gran quimera, acotada a la idea de prolongar la vida humana hasta los límites más extremos, evitando la enfermedad y el envejecimiento. Esa sola posibilidad plantea dilemas éticos, sociales y económicos de gran profundidad para el futuro de la humanidad.

Un paso importante para resolver el problema del envejecimiento, y la inmortalidad, entendida –volviendo a reiterar– como la prolongación de una vida sana, es la erradicación de las más agresivas enfermedades infecciosas. La historia de la humanidad es la historia de los microbios infecciosos causantes de muertes y pandemias. Los avances médicos en el último siglo, en forma de vacunas y antimicrobianos para combatir una fracción importante de virus y microbios infecciosos han contribuido enormemente a aumentar la esperanza de vida de la población. Pero la atención a las enfermedades infecciosas es desigual e inequitativo para una gran parte de la población. Contar con un sistema público de salud eficiente es el mayor bien que se le puede ofrecer a la población, y parte esencial para una vida larga.

Desde hace unas décadas es posible hacer diagnósticos genéticos para varias enfermedades hereditarias como el cáncer de mama y colon, entre otras. Pero ahora, ya no solo se trata de detectar las enfermedades a tiempo sino de corregir la causa genética de estas enfermedades. La edición genética, basada en enzimas que identifican con precisión segmentos de ADN variantes, lo cortan y lo restauran, puede regresar una mutación genética causante de una enfermedad hereditaria a su condición normal. Ejemplos de este tipo están apareciendo en la literatura médica reciente.

En el fondo, las estrategias médicas basadas en el genoma humano reavivan la idea seductora de la clonación de seres humanos y la intervención genética en células germinales o embriones. Las células del cuerpo humano envejecen, sus telómeros –el extremo de los cromosomas– se acortan con cada replicación, acumulan las mutaciones, el estrés oxidativo provoca daños al ADN, el sistema inmune comienza a atacar a sus propias células. Imaginar un mundo donde se normalice la edición y la clonación de seres humanos, podría parecer utópico. No obstante, manipular la telomerasa –la enzima que mantiene las puntas de los cromosomas– o cualquier otro factor que intervenga en el envejecimiento ya no parece tan descabellado.

A pesar de ello, o precisamente por estas ideas, hay que tomar en cuenta que cualquier ser vivo –incluso si fuera inmortal– llevará consigo el error intrínseco con cada replicación de su genoma, del cual le será difícil escapar. La inmortalidad en sí misma llevaría en todo caso el germen de su propia destrucción. La persistencia de la vida a lo largo de 4,500 millones de años solo puede explicarse con los principios de variación genética y la selección natural. Vivir eternamente choca frontalmente con la teoría evolutiva estudiada por primera vez por Charles Darwin y Alfred Russell Wallace. Lo vivo cambia, se adapta y eventualmente se reintegra a la materia universal. Es difícil ser inmortal dicen que le dijo Jorge Luis Borges a Juan Rulfo, quizá imposible, pero mejorar la vida de millones de personas en condiciones de enfermedad y de pobreza está al alcance de cualquier sociedad que se considere humanitaria y justa.

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Víctor Manuel González