

Roco Pachukote: Entre el activismo social y el espiritualismo ancestral
I. De la sombra al espejo de la disidencia
El movimiento pachuco fue en las décadas de 1930 y 1940, una expresión de resistencia cultural en el suroeste de los Estados Unidos. En ciudades con alta población chicana como: El Paso, Los Ángeles o Tucson. Los pachucos eran jóvenes, sobre todo de origen chicano, que adoptaron una identidad marginal ambigua, contestataria y afirmativa, frente a un entorno hostil de discriminación racial y represión. Su imagen típica es el zoot suit: pantalones amplios, sacos largos, cadenas, pelo engomado y una actitud desafiante.
Los pachucos no fueron sólo una tribu urbana: sino una encrucijada. En ellos se sintetizó la herencia mexicana y la cultura afroamericana del jazz y el swing, pero también una ruptura con ambos mundos. El pachuco fue un híbrido incómodo: ni plenamente aceptado en la sociedad yanqui, ni tampoco reconocido como “auténtico” mexicano. Esa tensión entre pertenencia y extrañamiento generó un lenguaje propio, el caló: una jerga fronteriza que no sólo servía para comunicarse, sino también para desmarcarse del orden dominante. En este sentido, el pachuco encarnó una forma de descolonización cultural: una resistencia, lingüística y política.
Los disturbios del Zoot Suit Riots de 1943 en Los Ángeles —cuando marinos estadounidenses atacaron a jóvenes pachucos con la anuencia de la policía— mostraron que el pachuco con su mera presencia desafiaba los límites de la normalidad blanca. Su piel morena, su ropa, su habla: todo era una provocación.
II. El pachuco y otros extremos en El laberinto de la soledad

Octavio Paz dedica el primer capítulo de El laberinto de la soledad (1950) al fenómeno del pachuco. Es uno de los textos más leídos, polémicos y discutidos del pensamiento crítico mexicano. Paz no fue un cronista del pachuco, ni defensor de su causa. Lo que le interesó fue la figura del pachuco como símbolo de la condición existencial del mexicano moderno: un ser desgarrado entre dos mundos, marcado por una historia de despojo y una necesidad de afirmar su identidad.
Para Paz, el pachuco no es simplemente un joven rebelde: es un símbolo. Es la representación de un hombre que no se siente gringo ni mexicano, y que responde al vacío mediante una máscara estridente. El traje holgado, el habla impenetrable, la pose desafiante: todo esto es, según Paz, una forma de negarse y al mismo tiempo de afirmarse. En sus palabras: “no quiere volver a su origen mexicano, tampoco asimilarse al norteamericano: quiere ser alguien, pero no sabe quién.”
La lectura de Paz es aguda, pero ha sido criticada por su tono distante. Podemos decir que Paz proyecta sobre el pachuco una filosofía existencial que lo abstrae de sus condiciones sociales concretas: la pobreza, el racismo, la marginación. En Paz, el pachuco no tiene voz propia: es más bien un espejo del alma mexicana en crisis de identidad.
III. De Tin Tan a Roco Pachukote
A mediados del siglo XX, Tin Tan es el puente que traslada el pachuco al contexto mexicano. El pachuco pacheco contestatario irrumpe en el imaginario popular cantando, actuando y bailando con su frenética y canábica imaginación creadora. En el siglo XXI, el pachuco no desaparece: se transforma, se resignifica. Un heredero directo de esta tradición es Roco Pachukote, vocal del grupo musical La Maldita Vecindad y los Hijos del Quinto Patio. En él confluyen el espíritu del pachuco clásico con nuevas formas de resistencia cultural: el ska, el reggae, la ecopolítica contracultural, el zapatismo y el anarquismo. Ser “Pachukote” no es sólo un homenaje, sino una afirmación política y estética: ser pachuco hoy significa defender una identidad mestiza, rebelde, y arraigada en lo popular.
Roco retoma la figura del pachuco desde una óptica de dignidad. Ya no es el “sin rostro” de Paz, sino un sujeto histórico y portador de memoria. En canciones como Pachuco, Kumbala, o Al sur del sur, el pachuco aparece como un símbolo de orgullo del barrio, de dignidad callejera y de amor por lo popular. El zoot suit se convierte en bandera, y el caló en poética. Roco vincula el imaginario pachuco con movimientos indígenas decoloniales, y con redes de solidaridad urbana. Desde esta perspectiva, los pachucos han tenido consecuencias firmes hoy en la cultura mexicana. Lejos de ser una anécdota histórica, su huella aparece en la música, la moda, el lenguaje, en la danza, en el arte urbano. Representan un modelo de resistencia cultural desde abajo, una afirmación de la diferencia en contextos de homogeneización. Y en tiempos de migraciones masivas y fronteras criminalizadas, la figura del pachuco sigue diciendo: aquí estamos, ni de allá ni de acá, pero con historia, con ritmo, con voz propia.
Migrantes, resistencia, paz y baile
¡Muros, fronteras y retenes, me hacen reír.
Balsas, camiones y los trenes, van a servir!
Los pachucos son una respuesta firme a la experiencia del migrante. En su figura convergen: historia, filosofía, estética y política. Octavio Paz los elevó a símbolos de la soledad mexicana. Mientras que Tin Tan y Roco los transforman en cantos de paz y baile. Ser pachuco hoy es una forma de afirmar que somos diferentes porque somos semejantes.
*El Colegio de Morelos

Zoot suiit de 1940-42. Museo de Arte de Los Ángeles

