Rosario Castellanos. La voz que desnuda el silencio

 

En Mujer que sabe latín, Rosario Castellanos agrupa 32 artículos literarios y 3 ensayos filosóficos con temas críticos sobre la condición y el rol de la mujer en la sociedad moderna. Esta obra dedicada al filósofo Luis Villoro fue publicada en 1973, Castellanos no realiza una simple compilación de artículos: sino que formula una interpelación crítica radical al modo en que el lenguaje, la cultura, la moral y la historia han sido estructuradas desde la exclusión femenina. Bajo la combinación de la reflexión filosófica y la crítica literaria, Castellanos ejecuta una cirugía profunda en los nervios del pensamiento de la cultura occidental, dejando al desnudo la pose de la tradición patriarcal.

El título nos sitúa en el lugar del combate: el idioma como instrumento de dominación. En la ironía del título se cifra un doble movimiento: la denuncia y la subversión. Ella sabe que el lenguaje no solo nombra las cosas, sino que también las instituye. Y en ese acto, la mujer ha sido silenciada, exiliada, convertida en sombra del verbo masculino.

Como filósofo que busca en cada texto no la superficie, sino la grieta por donde se cuela lo esencial, encuentro en Castellanos no solo una crítica feminista, sino un proyecto filosófico: la posibilidad de descolonizar el pensamiento desde la diferencia sexuada. Ella no clama venganza; exige justicia. No propone una inversión del poder, sino su desarticulación. Y esto, en clave filosófica, significa tocar los fundamentos mismos de la metafísica tradicional: unidad, verdad, razón, objetividad. Conceptos todos ellos fundados —como denunció también Simone de Beauvoir— sobre una otredad relegada, funcional y sin rostro.

Castellanos se detiene en figuras como Sor Juana, Silvina Ocampo o Virginia Woolf, no para ensalzarlas sin crítica, sino para analizar cómo cada una, a su manera, lidió con los márgenes de un canon que no fue escrito para ellas. Sor Juana, por ejemplo, no es sólo una poeta genial; es, para Castellanos, una mujer que en el encierro del convento encontró el único resquicio para pensar. El claustro como metáfora del pensamiento femenino: lugar de soledad, pero también de resistencia.

Lo singular de esta obra es que no se detiene en lo literario; trasciende lo estético vinculándolo hacia lo ético y lo político. Rosario denuncia cómo las mujeres han sido educadas para la pasividad, domesticadas en nombre del amor y sacrificadas en el altar de la maternidad idealizada. Pero su crítica no es amarga, sino lúcida. No escribe desde el odio, sino desde la urgencia de un pensamiento liberador.

Filosóficamente, Mujer que sabe latín puede leerse como una genealogía crítica: un intento por rastrear las condiciones de posibilidad del pensamiento femenino en un mundo diseñado para su ausencia. La autora no busca instalar un esencialismo femenino, sino abrir un espacio para el pensamiento encarnado, situado, con memoria y con cuerpo. Un pensamiento que no niegue la experiencia, sino que parta de ella. Sabe que escribir desde la herida no es escribir con debilidad, sino con fuerza. Y así, con lucidez afilada y tono contenido, nos invita no sólo a releer la literatura, sino a repensar la cultura como un campo de lucha simbólica donde la emancipación comienza por la palabra.

En tiempos donde aún se discuten los derechos de las mujeres a hablar, a nombrar, a significar, la obra de Rosario Castellanos no ha perdido un ápice de vigencia. Más aún: se vuelve una brújula eficaz para quienes buscamos no solo comprender el mundo, sino transformarlo al convertirlo en habitable

Castellanos nos confronta con la evidencia de que todo saber es también un acto de poder. La mujer que “sabe latín” no es peligrosa porque hable en otra lengua, sino porque puede reinterpretar la realidad desde otros códigos. Su saber amenaza, porque libera. Y quizá por eso, como en todo proceso emancipador, primero será silenciada, luego burlada, y sólo después —si persiste— escuchada. Castellanos persiste. Y su palabra, como rescoldos en la conciencia, sigue encendiendo la posibilidad de otro pensar. Ya no desde la rabia o el resentimiento, sino desde el humor inteligente y creativo. Cito:

“Los hombres no son nuestros enemigos naturales, nuestros padres no son nuestros carceleros natos. Si se muestran accesibles al diálogo, tenemos abundancia y variedad de razonamientos. Tienen que comprender, porque lo habrán sentido en carne propia, que nada esclaviza tanto como esclavizar, que nada produce una degradación mayor en uno mismo que la degradación que se pretende infligir a otro. Y que, si se le da a la mujer el rango de persona que hasta ahora se le niega, o se les escamotea, se enriquece y se vuelve más sólida la personalidad del donante…

Ante esto, yo sugeriría una campaña: no arremeter contra las costumbres con la espada flamígera de la indignación, ni con el trémolo lamentable del llanto, sino poner en evidencia lo que tienen de ridículas, de obsoletas, de cursis y de imbéciles. Les aseguro que tenemos un material inagotable para la risa. ¡Y necesitamos tanto reír, porque la risa es la forma más inmediata de la liberación de lo que nos oprime, del distanciamiento de lo que nos aprisiona!

* El Colegio de Morelos.

Braulio Hornedo Rocha