

el triunfo de la literatura ante la bestialidad humana
José Manuel Meneses Ramírez[1]
La profundidad de la noche mexicana me hace buscar refugio entre las letras, busco su fuerza después del recuento cotidiano de los daños, de la visión de los cuerpos rotos y ensangrentados, tendidos por decenas diariamente en nuestras calles, de pronto me asalta ese sabor amargo y la contundencia del miedo compartido que se calla. Ese súbito encontrar consuelo en las palabras que alguien más ha escrito ante una desolación que se comparte. Sin darme cuenta, me sorprendo atrincherado en los versos de Calderón de la Barca. Sí, es el horizonte que domina nuestras calles, un recordatorio de la naturaleza humana que nos sigue como un perro, esa sombra que nos llama todo el tiempo para amenazarnos, y el triste recuerdo de que somos lobos para violentarnos a nosotros mismos (Homo homini lupus).
A pesar de todo, la literatura nos sirve para sobrellevar este infierno, para sobrevivir un día más en Cuernavaca, en Tijuana, y para ser sincero, si se trata de México, en casi todas partes. Según Leonardo Boff, en América Latina se piensa a partir del sufrimiento, en México estamos completamente de acuerdo, no somos griegos, no pensamos a partir del ocio, del recogimiento, la admiración o la sorpresa.
Por el contrario, el espectáculo del terror, cuyo cauce se traduce en noticias que describen las volutas de un día más bajo la lógica de la violencia extrema mexicana. En medio de la nada, y más allá del zumbido sordo de la impotencia, la literatura se levanta. De esta manera, se hace evidente la valiente presencia de las letras frente a la sangre. Hace algún tiempo sugerí la noción de antropofábula como una categoría apropiada para describir la rabiosa brutalidad humana que deambula en nuestra tierra, formas manifiestas del poder sin orden que describen las narrativas del crimen mexicano.
La antropofábula es el dominio narrativo-político de los hombres bestiales, de los que se comportan como animales, de aquellos que se sirven de la fuerza para combatir; pero, sobre todo, para hacer suyo el espacio público, presentada en fragmentos breves que, debido a su crudeza, resultan impactantes y surten efectos poderosos de dominación y sumisión.

De tal manera, la antropofábula señala el gesto desencajado de lo humano. A su vez, tiene efectos políticos y psicológicos; mientras la fábula tradicional apunta hacia una vida que se rige por una norma de conducta; la antropofábula es la desmesura de un poder que se impone y que significa una amenaza de muerte implícita, silenciosa y vinculante. Además, tiene como función condicionar el presente en que habitamos, abriendo una jaula en nuestra mente, y cerrándola a nuestras espaldas.
Considero que Calderón de la Barca versifica el proceso de degradación ontológica que refiero bajo la noción de antropofábula, cuando dice en su comedia filosófica La vida es sueño por boca de Segismundo:
“Y aunque aquí,
por que más te asombres
y monstruo humano me nombres
entre asombros y quimeras,
soy un hombre de las fieras y una fiera de los hombres… ”
Después de repetir estos versos hasta el cansancio, me pregunto en la soledad de mi habitación, ¿Qué puede un libro y unos versos frente al plomo enfurecido de la vida mexicana? Al menos alivianar el aire que, a mitad de la noche, buscamos como quien se ahoga entre la podredumbre y las miserias de una falsa tierra prometida.
En el extremo, dentro de cada una de las narraciones de la muerte, potenciadas por los medios, se revela una racionalidad política que se hace patente a través de la sangre, la desmembración, el dolor, el llanto, el miedo y los gritos sin respuesta, estas son las coordenadas de la desolación mexicana que el humanista combate con la fuerza de las letras.

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Nahuatlato, profesor de tiempo completo en el Colegio de Morelos. ↑

