José Manuel Meneses Ramírez[1]

América Latina ha soñado un sueño ajeno durante más de quinientos años. Las prevenciones en torno a este hecho colonial no han sido suficientes. A la entrada de la modernidad el continente recién descubierto y sus habitantes le dieron vida al presagio de un maestro de la pintura como Goya “…el sueño de la razón produce monstruos…”. Así fue. Para nosotros, el pasado raspa, su manifestación devino monstruo. Ahora, con el paso del tiempo, la cotidianidad de su feroz figura lo ha tornado amigable y seductor, digamos incluso: natural. Así, asumimos como propios los sueños de una sensibilidad ajena, sueños que nos dibujan en el horizonte una patria que no es la nuestra y que revelan la eficacia del trabajo estratégico que opera sobre nosotros.

De esta manera, el mundo se abre para nosotros de forma errática, ajena, incluso en ese espacio que se pensó como ícono de la privacidad: el sueño. La patria que nos llama adelante, dormidos o despiertos, muchas veces resulta ser el espejismo dibujado por la mano imperialista. ¿Qué es lo que nos han quitado? Para Dante Alighieri las puertas del infierno se coronaban con la siguiente frase “Lasciate ogne speranza, voi ch´intrate” (ustedes que entran, abandonen toda esperanza), a lo largo de su magistral obra nos describe un panorama torvo, difícil de transitar, una realidad en la que el tiempo se torna estático, monótono, eterno y, sobre esa costra, los martirios y tormentos de aquellos condenados que han de transcurrir una existencia siempre la misma. Hay algo en la obra del maestro italiano que nos mueve al espanto y que nos apercibe de manera singular, quizá sea esta visión molar de la realidad la que, en su contundencia, nos mueve a sentir temor.

En México y en América latina sabemos que sí, efectivamente, es infernal pensar que la realidad no se puede transformar. Por el contrario, para el pensamiento crítico es casi natural pensar que, incluso la condena más brutal, ya sea religiosa o no, puede remontarse. Así el prisionero o el pecador sueñan con la libertad o el perdón, una liberación que los espera allá adelante. Sin embargo, aquel que ha sido copado tan profundo, que incluso sueña sueños ajenos, difícilmente se planteará la posibilidad de un sueño alterno.

De este modo, la posibilidad de un sueño utópico, nuestro, propio debe ser objeto de debate. En este contexto, el significado de la palabra utopía adquiere matices encontrados, unas veces significa el sueño ligero que imagina mundos fantásticos, otras tantas nos invita a buscar el filo pendiente de la realidad que nos ocupa. Es en este segundo sentido que la palabra utopía figura en nuestros proyectos. Así, para Ernst Bloch, los sueños deben soñarse cuando estamos despiertos. Para que con su fuerza estemos en condiciones de emprender una tarea de traspaso de la realidad, un ejercicio que comienza con un esfuerzo ontológico-político de reconfiguración de la realidad.

Por todo esto, el territorio latinoamericano es propicio para la propuesta blochiana, sobre todo si lo pensamos en torno a este ejercicio ontológico-político del sueño soñado despierto, para tematizar la colonización estratégica del sueño en un entorno capitalista como el nuestro. El tono general de una lectura blochiana de este tipo podría reducirse a la pregunta: ¿los sueños que soñamos despiertos están libres de la acción política y la articulación de mecanismos y tecnologías políticas? ¿Basta encaminarnos al sueño sin hacer crítica del sueño? Mi supuesto es que no todos los sueños soñados despierto nos pintan un mundo mejor, en ellos, en la privacidad más completa se encuentran ya los signos y las pautas de la lógica colonialista: así vemos el contenido y la materialización de los sueños que desean pobres y oprimidos como una espantosa mueca, desencajada, casi mutante, de los sueños que sueñan quienes los oprimen, por ejemplo, mexicanos soñando con migrar al norte, transitar a través de la lógica de la pigmentocracia o de vivir a la manera que Hollywood indica.

A propósito, recordemos que Francis Fukuyama anunciaba en 1991 el fin de la historia, argumentando la inviabilidad de lo otro en términos de una auténtica alternativa al modelo liberal-capitalista. Así, en su obra nos invita a pensar en pequeños ajustes al modelo capitalista antes que en grandes diseños que, inevitablemente caerían, y según él, han caído en el fracaso. Se trata, a mi modo de ver, de una obturación política de lo utópico, una cancelación del pulso de la realidad, cancelación que anula lo utópico y quizá, como consecuencia más grave, el fin de la esperanza. Armados con armas difíciles de detectar, diseñadas con sigilo, se han impuesto dimensiones al sueño del mundo. De este modo, en un movimiento violento, el fin de la historia y sus partidarios atajan los sueños que descubren nuevos horizontes. Encerrados en lo mismo los sueños han de discurrir entre coordenadas preestablecidas desde el cónclave capitalista, quizá exista algo más que el simple juego de palabras en expresiones como: american dream o american way of life.

Imagen: Hollywood. Cortesía del autor

  1. Nahuatlato, Profesor de Tiempo Completo en El Colegio de Morelos.

José Manuel