“Detrás de los cristales/, turbios, todos los niños/, ven convertirse en pájaros/ un árbol amarillo”. 

Este es uno de mis versos favoritos porque habla de la mirada de la infancia y del nacimiento del otoño. Pero, Lorca no habla exclusivamente de una estación del año: nombra la transformación íntima de la mirada, esa forma en que lo cotidiano se desdobla en prodigio apenas empieza a desteñirse el verde del verano y se abre paso el otoño, en la luz de las cosas.

Ángel González, más sereno, casi en susurro, recordaba que «El otoño se acerca con muy poco ruido». Y sí: no hay estrépito en las hojas que caen, apenas un silencio súbito que revela lo irremediable: la vida que se fuga sin dramatismo, pero con una lucidez contemplativa. El poeta escucha, en la discreción del aire, a ese ángel que se llama luz, fuego o vida, y que ya nunca vuelve.

Albert Camus, en cambio, sostuvo con optimismo que el otoño era una segunda primavera, cuando «cada hoja es una flor». Tal vez porque entendió que la caída también es germinación: que toda pérdida guarda en sí la posibilidad de belleza. Leopoldo Lugones lo cantó con ternura: «No temas al otoño, si ha venido. / Aunque caiga la flor, queda la rama. / La rama queda para hacer el nido».

Cada poeta lo recibe distinto: la nostalgia de Lorca, la lucidez dolida de González, la vitalidad de Camus, la esperanza de Lugones. Otros, como Stanley Horwitz, lo trazaron en imágenes plásticas: «El invierno es un aguafuerte, la primavera una acuarela, un óleo el verano y el otoño un mosaico de todos ellos». El otoño, entonces, como arte de recomposición: un collage de luces, memorias y pigmentos en tránsito.

Quizá por eso la estación sigue convocando a escritores y lectores: porque nos recuerda la naturaleza del tránsito, el lugar exacto en que la plenitud se vuelve pérdida y, al mismo tiempo, promesa de renovación.

En Cuernavaca, ese tránsito adquiere un matiz particular. Aquí el otoño no llega con estridencia de ocres totales ni con inviernos duros. El clima se vuelve más templado, los días aún soleados pero más cortos, y las noches frescas. Termina la temporada de lluvias, aunque alguna tormenta distraída todavía se descuelga en la madrugada. La selva baja caducifolia comienza a teñirse de marrón, pero las barrancas resguardan su humedad y el verdor no desaparece del todo. Es un otoño a medias, un mosaico en sí mismo, donde conviven la sequedad y la persistencia, el polvo y el follaje, la despedida y la permanencia.

Tal vez sea eso lo que más se asemeja a la poesía: una estación incompleta, un umbral que no termina de cerrarse, un instante de fragilidad que nos recuerda, como a Clive James, que “Llega el otoño y sus hojas se convertirán en llamas./ Lo que debo hacer/ es vivir para verlo”.

Davo Valdés de la Campa