

Flow y los seres ctónicos de la Tierra
(Segunda parte)
En Flow se plantea un diluvio universal sin humanos. Aunque es verdad que cada animal, en la tradición de las fábulas (Esopo, La Fontaine o Samaniego), puede representar un valor humano o una reflexión moral humanizada, lo interesante de la visión de Zilbalodis es que la perspectiva está centrada en la experiencia de los animales, por lo tanto, la moraleja está invertida. Ya no se trata de un animal con cualidades humanas que nos enseña a ser mejores humanos, sino a percibir el mundo desde la visión diferente de los distintos seres no humanos de la trama. La película nos invita a aprender otra forma de relacionarnos con la crisis del mundo, en un contexto en el que no sólo la visión del mundo está despojada de la lógica humana, sino que la misma humanidad ha desaparecido. Plantearnos esa posibilidad nos obliga a pensar más allá de la idea de que la naturaleza recupere su territorio. Es decir, que las mismas relaciones animales se transformen profundamente y se vuelquen hacia una convivencia de lo inusual.
Que estos animales provengan de diferentes partes del mundo, podría representar no sólo un ecosistema alterado, sin fronteras, sino la posibilidad de conexiones inesperadas y encuentros improbables que en el mundo del Antropoceno son inconcebibles, pero que están abiertos a posibilidad en el fin del humano, en esta Arca de Noé, sin Noé, tripulada por animales sin diálogos, sin nomenclaturas. La película explora de esa forma la idea de la interconexión global, la diversidad y la necesidad de encontrar formas de convivencia para superar la crisis. En última instancia, nos ofrece una moraleja que puede ser asumida en el presente, pero con la lección de concebirla fuera de la visión antropomorfizada.
Pienso que una propuesta de un Concilio de los seres podría explorarse en Flow, a través de la idea de un mundo donde los humanos ya no son el centro, y en su lugar, los animales y otras entidades no humanas adquieren agencia política y narrativa.
Bruno Latour propone en Nunca fuimos modernos, la idea del Parlamento de las cosas, una democracia expandida, una forma de organización social que se interese en los derechos de las cosas y proteja los derechos colectivos de las cosas u objetos híbridos. Yo sumaría a los animales, los ríos, los bosques y otros elementos del mundo natural. En esta visión, las cosas (entidades no humanas) deben participar en la toma de decisiones porque afectan y son afectadas por el mundo en que vivimos.

Flow presenta una historia donde los animales ocupan el rol central, sin presencia humana o con una mínima intervención de los vestigios humanos. No olvidemos que navegan en una barca construida por humanos, con tecnología humana a través de una corriente acuática que nos muestra distintos escenarios arquitectónicos y distintos objetos (tenedores, pelotas, espejos, etc) que afectan la interacción animal y sus interacciones. De esa forma la película nos invita a preguntarnos cómo sería un mundo donde los animales tienen voz y agencia y cómo se relacionarían entre sí sin la intervención humana y finalmente, cómo se reorganiza el mundo cuando los humanos ya no imponen jerarquías.
Latour insiste en que las crisis ecológicas nos obligan a repensar nuestra relación con el mundo. Flow muestra a los animales adaptándose a un mundo en transformación, incluso aquellos animales como los perros y los gatos, que tras siglos de domesticación, se han adaptado a un mundo regido por lo humano. En concreto lo que se visualiza es una nueva política planetaria, donde los humanos ya no dictan las reglas, sino que estos animales, en este concilio, se toman en cuenta mutuamente y con ello, la singularidad de cada vida.
Por último, me gustaría detenerme un momento en el nombre de la película. Flow no es el nombre del gato, es algo que nombra y describe de manera más profunda la trama. La palabra original del filme es letona y es Straume, que podría traducirse como “arroyo” “corriente” o “corriente de agua”. La película construye su significado a partir de distintas metáforas del agua, ya sea como cauce de transformación o como destino común. La corriente, siempre en movimiento, nos recuerda que todos los seres—humanos, animales y el mundo natural—formamos parte de un mismo flujo inevitable. Como en la tradición poética del río de la vida y el mar de la muerte, esta corriente nos une en un tránsito continuo, donde las diferencias entre especies se diluyen ante la certeza de un destino compartido. Por eso, me parece tan significativa la última escena, en la que este grupo inusual de animales se contempla en conjunto en el reflejo tambaleante del agua, en un momento en el que la corriente ha disminuido, tan sólo un momento, para después regresar a la Tierra a un mar primigenio, poblado por los seres ctónicos.


Fotograma de Flow. Imagen: www.artstation.com/artwork

