

La Substancia
Las palmeras imperturbables atestiguan el cenit y declive de Elisabeth Sparkle, una luminaria más de la inmensa constelación de Hollywood. De esas que centellean con fuerza y estallan para desaparecer en el olvido. Como su apellido, Elisabeth, interpretada por Demi Moore, en uno de esos papeles que están hechos a la medida, brilla, pero a sus 50 años, todo a su alrededor clama que su tiempo ha pasado. Las palmeras se mecen indiferentes en las colinas de Los Angeles.
Una extraña ¿empresa? le da la oportunidad de cambiar su vida. Puede generar una versión de sí misma, más joven, más bella, más fuerte. Aunque no debe olvidar que ella es la matriz, todo está en ella. Son una misma.
En la superficie de The Substance, segunda película de la cineasta parisina Coralie Fargeat, es una película sobre los excesos impuestos en la belleza femenina. Estándares hiperbólicos que no dejan de concebir cuerpos imposibles, rotos y deformados para encajar en un molde inexistente. Para Martín Mora-Martínez en su texto “Cyborgs y mujeres artificiales: apuntes sobre género y cultura”: la publicidad que nos rodea crea modelos de belleza realmente posthumanos, es decir, más allá de lo humanamente posible, a base de efectos especiales y sistemas digitales. Las modelos de Playboy, por ejemplo, son una asombrosa combinación entre cirugía y programas informáticos capaces de retocar hasta el más mínimo detalle de cada imagen. Según Stuart Ewen, teórico sobre los medios de comunicación y la cultura del consumidor:
Cuando las imágenes fijas y fotogénicas, en los anuncios o en las revistas, se convierten en el modelo que la gente sigue para diseñarse a sí misma, se llega a una alienación extrema. Uno se siente, por definición, cada vez peor con su propio cuerpo.
Precisamente por sentirse ajena a las expectativas depositadas en su propio cuerpo por ella y por lo demás, decide adquirir ese producto milagroso que promete todas las soluciones: La Substancia. ¿Qué es ese líquido amarillo? Además de un infomercial, un breve instructivo de uso y el kit de inyecciones y catéteres, no hay más información sobre sus componentes químicos. Sólo sabemos que provoca una partición celular para generar otro ser. Así nace Sue. Así, sin apellido, prístina, hipersexualizada, con todo en su cuerpo en el lugar correcto, según los hombres que en el casting la eligen para reemplazar a Elisabeth Sparkle.

A través de la muy masculinizada cultura del horror corporal, Fargeat no sólo explora el horror femenino al propio cuerpo y a la vejez, sino que plantea una pérdida de identidad del yo. La substancia es una metáfora ¿de qué? De la infinidad de productos que nos alejan de la propia experiencia de la vida. Pero también la partición de un mismo organismo en dos identidades opuestas e ¿incompatibles? Una en plena crisis de madurez, de cara a la senectud y otra, en la plenitud de la belleza. Dos cuerpos distintos, pero unidos ¿por qué? ¿Qué une a Sue y Elisabeth? Las une la misma cosa: la monstruosidad. En un extremo, el monstruo clásico, el feo, viejo, repulsivo, ideológicamente el Otro, lo diferente, lo marginado, y en el otro, el monstruo de la belleza, el de las cirugías plásticas y filtros y cremas y mascarillas y procedimientos que modifican el cuerpo. Es el monstruo creado por una violencia estética que se ejerce para alcanzar un ideal indeterminado (siempre más y más, más joven, más bella) incluso a costa de la salud mental y física de las personas. El monstruo que incluso teniéndolo todo todavía se odia a sí mismo.

