Omar Alcántara Islas*

La OTAN (léase Estados Unidos) quiso expandir su dominio en el continente Euroasiático mediante la integración de Ucrania al grupo; y el zar ruso actuó en consecuencia, además de aprovechar la coyuntura para expandir también su poder en la región. La respuesta del gobierno teutón y su canciller Olaf Scholz, del partido socialdemócrata (SPD), no pudo ser más errática, y en estos días el país más poderoso de la Unión Europea pasa por una crisis no vista en décadas.

El inminente llamado a nuevas elecciones es una prueba más de esta inestabilidad, mientras el emporio automovilístico alemán –durante el siglo XX, principal bandera tecnológica del país–, con Volkswagen a la cabeza, anuncia recortes de miles de empleos ante el riesgo de una recesión. A esto se suma el huracán de la producción china, que el año pasado consiguió un acuerdo sobre el puerto de Hamburgo, el tercero más importante de la Unión, y la incertidumbre que genera el segundo mandato de Donald Trump.

La impulsiva ruptura de relaciones con Rusia, principal proveedor de gas de los germanos solo benefició a los Estados Unidos –meses después de estas desavenencias se descubrió que el sabotaje al Nord Stream (o gasoducto ruso-alemán) había sido provocado por individuos ucranianos–, tal como ha ocurrido con otras tantas de las sanciones impuestas a la Federación Rusa y que no han surtido el efecto deseado. Así, el gobierno de Alemania, país beneficiado con el Plan Marshall estadounidense al concluir la Segunda Guerra Mundial, no se ha podido deslindar de esta tutela –con la base militar Rammstein incluida– y en nuestros días, tanto de forma interna como externa, sigue siendo blanco de las críticas sobre su falta de independencia frente al gobierno de las barras y las estrellas.

Al controvertido apoyo a Ucrania le siguió el apoyo casi incondicional de los socialdemócratas al gobierno de Netanyahu, que acaba de ser declarado criminal de guerra por la Corte Internacional de Justicia en la Haya. Desde esta consideración, hubiera parecido que este apoyo al líder israelí hubiera tenido la finalidad de exonerar a los alemanes de su pasado nazi, cuando ocurre todo lo contrario, porque siguen siendo por doquier los fascistas los genocidas y este respaldo, entonces, pareciera estar motivado más bien por irreflexivas medidas que harían sospechar de soterradas tendencias antisemitas, pues recordemos que los pueblos árabes de Gaza son también semitas, tanto por su lengua como por su origen.

La paradoja es que no se puede ser antisemita al criticar a un gobierno que está exterminando semitas, por más que la Deutsche Welle –órgano de difusión informativa estatal cada vez menos crítica– no oculte su sesgo progobierno israelí. No parece así casual el avance de la ultraderecha del partido Alternativa para Alemania (AfD, Alternative für Deutschland) en el Congreso, en un país cada vez más confuso con sus filias y fobias.

Ni el antisemitismo ni el nazismo son conductas sociales aceptables, pero ambas siguen creciendo como enredaderas en los muros que erige el capitalismo contemporáneo, pues no es sino desde las fronteras de la segregación étnica que los gobiernos de cualquier color pueden erigir vallas que dividen a las personas de acuerdo a su origen. No sé si el camino de Alemania es el de la neutralidad en los actuales conflictos multipolares, pero, en todo caso, si tuviera memoria del horror de la guerra, la suya, más que ninguna otra, debería ser la vocación pacifista con más fuerza en estos momentos, en vez de estar apoyando a tirios o troyanos o permitir que su gobierno, o sus grandes empresas balísticas, sigan enviando armas a Ucrania, Medio Oriente o México.

En cualquier lugar del mundo solo los fascistas lucran o se enriquecen con la guerra y el dolor humano. Mientras, las últimas elecciones estadounidenses les han mostrado, una vez más, a los alemanes, su error al depender tanto de los vaivenes yanquis; aunque, en este aspecto, México también padece por las volubles políticas actuales de las oligarquías al norte de nuestra frontera. Lo más preocupante es que en estos momentos no existe una respuesta organizada de la población alemana, quizá promoviendo una cultura proeuropeísta, pero más que nada pacifista, humana y crítica frente a los fascistas contemporáneos, así como buscadora de la autonomía o independencia frente a los poderes del este o del oeste.

Es posible que el próximo canciller, Friedrich Merz –si atendemos a las encuestas y tendencias–, del partido conservador CDU, agudice su apego a la OTAN y a políticas estadounidenses, a la par que seguirán creciendo las tendencias radicales a izquierdas y derechas si se declara la recesión económica del otrora motor de Europa. Alemania, a punto del suicidio durante el totalitarismo nazi, pareciera no estar aun completamente de regreso de esa pesadilla.

*Maestro en letras alemanas

La Jornada Morelos