El encabezado de la foto anexa, dice: “He sido clavado a la cruz con Cristo”, y es frase del inicio de un canto medieval católico que motiva tanto la estrofa a su pie: “Dulces Clavos pues tenéis/ Crucificado, a mi Amor/ Fixadme en la Cruz con él/ Porque con El muera yo”, como esa asombrosa e impactante imagen que fuera prohibida en México desde 1809, y que forma parte de un proceso contra al autor del texto alusivo al deceso de la abadesa Ignacia, capuchina de la ciudad de Querétaro, muerta en 1792. 

Mística y erotismo, entrelazadas, ha sido una temática que hemos venido escuchando de la voz y presencia encantadora de la extraordinaria literata morelense Alejandra Atala, desde aquél programa de Radio UAEM en que participaba también el escritor Pablo Picasso, como en las novelas que han presentado ayer tarde en el Jardín Borda, epistolares, en las que incluye cartas a un caballero medieval, imaginario, al que la protagonista de sus novelas se dirige, estableciendo con él una relación que llega hasta el amor vivo, presente, con el poder de la imagen: cuerpo y alma, espiritualidad condensada en un encuentro de las radicales componentes humanas.  

Para las monjas de las tantas órdenes religiosas, tomar los hábitos, consagrarse, significaba casarse con Cristo, hacerse sus esposas, y con ello, compartir la pena de su crucifixión “por nuestros pecados”, acto de redención, pacto amoroso, por sí y por los demás seres humanos, pasados, presentes y futuros, que encuentra en la poesía, en la narrativa, y en las artes plásticas, como lo estamos viendo y sintiendo, vehículos de materialización y expresión.  

En las novelas de Alejandra, “La legendaria ciudad amurallada de Skandara o la espada Golondra” y “La espada Golondra o la travesía del desierto” (ambas de la editorial De otro tipo), Eskándara, su protagonista, es una mujer que algo tiene de monja, pues busca el aislamiento, la vida solitaria, la simplicidad y pobreza, como la monja de vestimenta parchada, una pequeña celda como en la imagen, y se convierte en la bibliotecaria del convento local. Como las monjas conventuales, se esposa ésta con un caballero (ellas con Cristo), dialoga con él, como ellas en sus meditaciones y a través de sus cantos. Como ellas, asume el conocimiento de la vida a través de los libros de la biblioteca y lo trasciende inventando una relación amorosa, tan real como que la vive, la escribe, no sólo la imagina, en que entran en juego cada uno de sus sentidos, todo su cuerpo. Así, al final de la Carta 64, dice a su caballero: Entre cuando le plazca, que yo lo espero. Suya, siempre, Skándara.  

Skándara se comunica con su caballero no sólo mediante cartas, también los grabados, las imágenes, forman parte del universo en que se lee, tal como en la edad media, cuando no había imprentas y la imagen era un recursos poderoso, casi único, popularizado, para mover y conmover. Lo menciona ella en sus cartas, el valor que le da a decir lo sustancial a su amante, también con grabados. Lo estamos viendo nosotros en esta imagen poderosa, tanto que fue prohibida, perturbadora para quienes tenían el poder de autorizar o no textos e imágenes a circular no sólo en el ámbito religioso, sino popular.  

Finalmente, además de recomendar místicamente las novelas de Alejandra, sugiero a interesados revisar el texto de Nuria Salazar S, del INAH, sobre El papel del cuerpo en un grabado del siglo XVIII (en línea). Lo van a gozar, ayuda a hacer sentido de las novelas de Skándara.  

Imagen: Cortesía del autor / Archivo General de la Nación

 

Miguel Á. Izquierdo S.